/ martes 4 de febrero de 2020

Sylvia Plath: el no ser perfecta, me hiere.

Hace años leí sin parar, en apenas una mañana, la emocionante y a veces triste biografía de Sylvia Plath (Boston, 1932-Londres, 1963) escrita por Linda W. Wagner-Martin (Circe, 1997). A pesar de los éxitos en vida y de la admiración que muchos sentían por ella, la vida de Plath estuvo signada por la tragedia y por esa extraña soledad a que se condenan personas sensibles e inteligentes en exceso. Artista de la palabra, Plath fue una poetisa que transformaba la experiencia, la vitalidad de lo mundano, en arte, forma, ritmo. Trabajó desde adolescente con ese claro objetivo. Siempre quiso ser escritora, de las mejores; también deseó la fama. Logró ambas cosas. No obstante, la biografía enseña que su lucha por encontrar una identidad como escritora fue durísima. Topó con obstáculos y adversidades. Perfeccionista en casi todo, la devastaba el fracaso más leve: el rechazo de alguna revista a uno de sus poemas, la indiferencia de los hombres, la negativa de una beca, escribir poemas mediocres, etcétera.

Sylvia Plath vivió escindida por exigencias contradictorias. Quería ser una chica “buena” pero también experimentar con las relaciones sexuales (algo escandaloso en su época); quería casarse con el marido perfecto, tener un hogar de sueños, ser la esposa y madre ejemplares, pero simultáneamente deseaba tiempo para leer y escribir, para ser ella y ser libre.

Gracias a una beca viajó a Inglaterra. Allí conoció al poeta Ted Hughes, a quien besó violentamente desde el primer encuentro (“Me he enamorado irremediablemente, lo cual sólo puede acarrearme un gran dolor. He conocido al hombre más fuerte del mundo, exalumno de Cambridge, brillante poeta cuya obra estimaba antes de conocerlo, un Adán alto, desmañado, saludable, con voz de trueno, cantante, narrador de historias, león y trotamundos, un vagabundo que jamás se detendrá.”). Se casó con él. Con el matrimonio comenzaron las insatisfacciones de Sylvia y se disparó su depresión (en años anteriores había intentado suicidarse). Tuvo dos hijos con Ted, pero éste nunca ayudó en casa, al parecer ni en lo económico, prácticamente la tenía abandonada en su propio hogar. Ted se dedicaba a escribir buenos poemas y a publicarlos, mientras la talentosa Sylvia era absorbida por la vida matrimonial, por la “jaula de la costumbre y la rutina”. Antes que por la poesía, se preocupaba por los pañales, los gastos de la casa y por apoyar a Ted en su carrera como escritor. Al mismo tiempo, la situación la estaba asfixiando.

La vida de Plath, ante un Ted indiferente e infiel, se secaba. Circunstancias que la sumían en una intensa y profunda depresión que “se alternaba con un aspecto maniaco: su energía ilimitada, el insomnio, sus decisiones a veces volubles…”. Sin embargo, paradójicamente, esos momentos de melancolía y conflicto la impulsaban a escribir sus mejores poemas, alimentados por las pasiones del amor y del odio. Sus temas: Ted, la opresión de las mujeres, la vida matrimonial, los hijos… El 16 de octubre de 1962 escribió a su madre: “Soy escritora… soy una escritora genial: es algo que poseo. Estoy escribiendo los mejores poemas de mi vida; me harán famosa… Estoy librando ahora una difícil lucha y estoy sola.”

Armada de valor, Sylvia se separó de Ted. Intentó mantener su integridad psicológica, asimilarse como una madre sola con sus dos hijos, pero el conflicto interno que padeció fue atroz. No tuvo el matrimonio perfecto que “debían” tener las muchachas buenas estadounidenses de los años cincuenta. No soportó el peso de toda la carga perfeccionista: ser la mejor mamá, tener buenos ingresos para vivir cómodamente con sus hijos, ser una escritora profesional, excelente, la mejor. Estaba profundamente agobiada y enferma. “El no ser perfecta, me hiere”, escribió; también: “La perfección es terrible, ella no puede tener niños”.

Así, el 11 de febrero de 1963, a primera hora de la mañana, luego de colocar dos vasos de leche en el cuarto de los niños y tapar con toallas alrededor y debajo de las puertas, luego también de haber tomado somníferos, Sylvia Plath se arrodilló junto al horno y abrió la llave del gas. A las nueve y media de la mañana la encontraron muerta. Contaba con 31 años de edad. Terminó aquí una lucha implacable por compaginar de manera total vida y literatura. A Plath la vida le hizo la vida imposible. “No quiero una caja cualquiera, quiero un sarcófago / con rayas de tigre, y una cara redonda / como la luna para poder contemplar. / Quiero estar mirándolos cuando vengan / juntando los minerales estúpidos, las raíces…”

Ted Hughes, a propósito del suicidio de su ex esposa y de la llamada telefónica que recibió cuando le avisaron, escribió el poema Last Letter, el cual, en una de sus estrofas, dice: “Una voz como un arma elegida / o una inyección medida con cuidado / transportó fríamente cuatro palabras hasta el fondo de mi oído: / su esposa ha muerto”.

Hace años leí sin parar, en apenas una mañana, la emocionante y a veces triste biografía de Sylvia Plath (Boston, 1932-Londres, 1963) escrita por Linda W. Wagner-Martin (Circe, 1997). A pesar de los éxitos en vida y de la admiración que muchos sentían por ella, la vida de Plath estuvo signada por la tragedia y por esa extraña soledad a que se condenan personas sensibles e inteligentes en exceso. Artista de la palabra, Plath fue una poetisa que transformaba la experiencia, la vitalidad de lo mundano, en arte, forma, ritmo. Trabajó desde adolescente con ese claro objetivo. Siempre quiso ser escritora, de las mejores; también deseó la fama. Logró ambas cosas. No obstante, la biografía enseña que su lucha por encontrar una identidad como escritora fue durísima. Topó con obstáculos y adversidades. Perfeccionista en casi todo, la devastaba el fracaso más leve: el rechazo de alguna revista a uno de sus poemas, la indiferencia de los hombres, la negativa de una beca, escribir poemas mediocres, etcétera.

Sylvia Plath vivió escindida por exigencias contradictorias. Quería ser una chica “buena” pero también experimentar con las relaciones sexuales (algo escandaloso en su época); quería casarse con el marido perfecto, tener un hogar de sueños, ser la esposa y madre ejemplares, pero simultáneamente deseaba tiempo para leer y escribir, para ser ella y ser libre.

Gracias a una beca viajó a Inglaterra. Allí conoció al poeta Ted Hughes, a quien besó violentamente desde el primer encuentro (“Me he enamorado irremediablemente, lo cual sólo puede acarrearme un gran dolor. He conocido al hombre más fuerte del mundo, exalumno de Cambridge, brillante poeta cuya obra estimaba antes de conocerlo, un Adán alto, desmañado, saludable, con voz de trueno, cantante, narrador de historias, león y trotamundos, un vagabundo que jamás se detendrá.”). Se casó con él. Con el matrimonio comenzaron las insatisfacciones de Sylvia y se disparó su depresión (en años anteriores había intentado suicidarse). Tuvo dos hijos con Ted, pero éste nunca ayudó en casa, al parecer ni en lo económico, prácticamente la tenía abandonada en su propio hogar. Ted se dedicaba a escribir buenos poemas y a publicarlos, mientras la talentosa Sylvia era absorbida por la vida matrimonial, por la “jaula de la costumbre y la rutina”. Antes que por la poesía, se preocupaba por los pañales, los gastos de la casa y por apoyar a Ted en su carrera como escritor. Al mismo tiempo, la situación la estaba asfixiando.

La vida de Plath, ante un Ted indiferente e infiel, se secaba. Circunstancias que la sumían en una intensa y profunda depresión que “se alternaba con un aspecto maniaco: su energía ilimitada, el insomnio, sus decisiones a veces volubles…”. Sin embargo, paradójicamente, esos momentos de melancolía y conflicto la impulsaban a escribir sus mejores poemas, alimentados por las pasiones del amor y del odio. Sus temas: Ted, la opresión de las mujeres, la vida matrimonial, los hijos… El 16 de octubre de 1962 escribió a su madre: “Soy escritora… soy una escritora genial: es algo que poseo. Estoy escribiendo los mejores poemas de mi vida; me harán famosa… Estoy librando ahora una difícil lucha y estoy sola.”

Armada de valor, Sylvia se separó de Ted. Intentó mantener su integridad psicológica, asimilarse como una madre sola con sus dos hijos, pero el conflicto interno que padeció fue atroz. No tuvo el matrimonio perfecto que “debían” tener las muchachas buenas estadounidenses de los años cincuenta. No soportó el peso de toda la carga perfeccionista: ser la mejor mamá, tener buenos ingresos para vivir cómodamente con sus hijos, ser una escritora profesional, excelente, la mejor. Estaba profundamente agobiada y enferma. “El no ser perfecta, me hiere”, escribió; también: “La perfección es terrible, ella no puede tener niños”.

Así, el 11 de febrero de 1963, a primera hora de la mañana, luego de colocar dos vasos de leche en el cuarto de los niños y tapar con toallas alrededor y debajo de las puertas, luego también de haber tomado somníferos, Sylvia Plath se arrodilló junto al horno y abrió la llave del gas. A las nueve y media de la mañana la encontraron muerta. Contaba con 31 años de edad. Terminó aquí una lucha implacable por compaginar de manera total vida y literatura. A Plath la vida le hizo la vida imposible. “No quiero una caja cualquiera, quiero un sarcófago / con rayas de tigre, y una cara redonda / como la luna para poder contemplar. / Quiero estar mirándolos cuando vengan / juntando los minerales estúpidos, las raíces…”

Ted Hughes, a propósito del suicidio de su ex esposa y de la llamada telefónica que recibió cuando le avisaron, escribió el poema Last Letter, el cual, en una de sus estrofas, dice: “Una voz como un arma elegida / o una inyección medida con cuidado / transportó fríamente cuatro palabras hasta el fondo de mi oído: / su esposa ha muerto”.

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