/ sábado 18 de julio de 2020

Leer es una metáfora del viaje

Ahora que nos encontramos resguardados en casa, desde hace poco mas de tres meses (quienes aún podemos), siempre pensando en evitar el contagio y la propagación del coronavirus, sin una certeza sobre cuándo podremos salir a la calle sin temor, la lectura literaria se torna indispensable para emprender innumerables viajes sin apenas movernos de nuestro casa. Los libros abren puertas que conducen a otra realidad y difuminan fronteras a la imaginación, ensanchándola, trasladándola a lugares ignotos mientras dura la travesía de los ojos sobre las páginas. Incluso después de cerrar el libro. La buena literatura tiene el poder de grabar en nuestra memoria los destellos infinitos del lenguaje que nos alumbrarán en la vida. Cuando se termina un libro, el lector nunca está en el mismo lugar en el que comenzó, aun cuando no haya movido sus piernas. Viajó de otra manera. Su yo es otro: se desplazó su imaginación, despertó su cuerpo, cambiaron sus percepciones, vibró todo su ser. “Vivir es viajar a través del libro del mundo, y leer es abrirse camino por un libro, es vivir, viajar por el mundo mismo (Alberto Manguel). De principio a fin, leer es estar en movimiento, visitar mundos alternos, andar y encontrar espacios distintos.

“La razón por la que me enamoré de los libros es porque fungían como un pasaporte a otros lugares y a otras vidas. Los libros imitaban el viaje. En un libro podía ir a cualquier parte y ser cualquiera”, escribió Jordan Kisner en The New York Times (https://nyti.ms/2UEXwcL). Los libros, su lectura propiamente, son una metáfora del viaje en soledad. Salvoconductos que nos permiten entrar en otros territorios, expandir el horizonte y las posibilidades de la experiencia desde la mesa de lectura. Como le ocurre a José Arcadio Buendía, el patriarca fundador de Macondo en Cien años de soledad, quien no era lector pero me recuerda a uno en el siguiente fragmento: “Cuando se hizo experto en el uso y manejo de sus instrumentos, tuvo una noción del espacio que le permitió navegar por mares incógnitos, visitar territorios deshabitados y trabar relación con seres espléndidos, sin necesidad de abandonar su gabinete.” Eso es un lector. O aquel otro personaje de la misma novela, Aureliano, este sí lector implacable, que llegó a conocer tanto de la Europa medieval sin haber puesto los pies en ella y sin dejar su cuarto; incluso aprendió varios idiomas. Seres de ficción que gracias a la lectura, como podría hacerlo cualquiera en la vida real, viajaron a través de sus sueños y de los conocimientos que iban adquiriendo. A su manera, ampliaron el mundo que los sitiaba y habitaron otros espacios allende las fronteras de Macondo. También entraron en la piel de los otros. “Solo la literatura”, escribe la antropóloga francesa Michèle Petit, “da un acceso semejante a lo que han sentido, soñado, temido, elaborado [los otros], aunque vivan en ambientes que difieren en todo del nuestro.”

Gracias a la pluma ingeniosa de Cervantes, acompañé por varios días a Don Quijote de la Mancha, ese “entreverado loco, lleno de lúcidos intervalos”, y a su escudero Sancho Panza, en las más disparatadas aventuras. Visitamos castillos, peleamos contra gigantes, nos enamoramos de la belleza sin par de Dulcinea, deshicimos agravios, recibimos las más inverosímiles palizas y combatimos contra rufianes y ganapanes. De la primera a la última página, siempre estuvimos en movimiento, viajando como caballeros andantes. Porque, aseguraba Don Quijote, “el que lee mucho y anda mucho, ve mucho y sabe mucho.” Por eso había que ir en busca de aventuras, las cuales no solo estaban afuera sino, con extremada vivacidad, en los libros de caballerías. El viaje es inherente a la literatura. “Viajo por el viaje en sí mismo. Lo grande es moverse”, apuntó ese gran escritor viajero que fue Stevenson. De igual forma, el lector habitual de literatura lee por la lectura, por la felicidad que procura y por la insólita sensación de estar en otra parte.

Pero si la lectura es movimiento, también, paradójicamente, es un refugio, un resguardo. En su libro Leer el mundo (FCE, 2015), Michèle Petit cuenta que al escuchar relatos sobre los recuerdos lectores de muchas personas, entre ellas hijos de inmigrantes, le sorprendió que esos recuerdos solían estar relacionados con metáforas espaciales. Los libros les habían dado un lugar: “los libros eran una tierra de asilo”, “tenía un lugar propio, mis libros”, “los libros eran mi casa, siempre estaban ahí para recibirme.” Porque los libros, la buena literatura, la mejor filosofía, sirven para ir al encuentro de uno mismo. Un buen libro es como una hoguera que nos enciende por dentro. Además de casa, hogar es el sitio donde se prende la lumbre en las cocinas o chimeneas, nos dice el diccionario. Hogar es morada, compañía y calor de los cuerpos; un lugar para entrar y estar ahí alrededor del fuego. Como sucede con los libros. Lo dice con claridad Jeanette Winterson, citada por Petit:

Para mí, los libros son un hogar. Los libros no hacen un hogar; lo son, en el sentido en que así como los abres del mismo modo en que abres una puerta, entras adentro. En el interior, descubres un tiempo y un espacio diferentes. También se desprende calor de ahí, como de una chimenea. Me siento con un libro y ya no tengo frío. Lo sé desde las noches heladas que pasé a la intemperie.


Leer es otra forma de viajar, la mejor garantía de sentirse en casa. No apresures el viaje: acomódate en él y aprovecha los obsequios del recorrido. “Cuando emprendas el viaje hacia Ítaca,/ ruega que tu camino sea largo/ y rico en aventuras y descubrimientos (Constantino Cavafis).

Ahora que nos encontramos resguardados en casa, desde hace poco mas de tres meses (quienes aún podemos), siempre pensando en evitar el contagio y la propagación del coronavirus, sin una certeza sobre cuándo podremos salir a la calle sin temor, la lectura literaria se torna indispensable para emprender innumerables viajes sin apenas movernos de nuestro casa. Los libros abren puertas que conducen a otra realidad y difuminan fronteras a la imaginación, ensanchándola, trasladándola a lugares ignotos mientras dura la travesía de los ojos sobre las páginas. Incluso después de cerrar el libro. La buena literatura tiene el poder de grabar en nuestra memoria los destellos infinitos del lenguaje que nos alumbrarán en la vida. Cuando se termina un libro, el lector nunca está en el mismo lugar en el que comenzó, aun cuando no haya movido sus piernas. Viajó de otra manera. Su yo es otro: se desplazó su imaginación, despertó su cuerpo, cambiaron sus percepciones, vibró todo su ser. “Vivir es viajar a través del libro del mundo, y leer es abrirse camino por un libro, es vivir, viajar por el mundo mismo (Alberto Manguel). De principio a fin, leer es estar en movimiento, visitar mundos alternos, andar y encontrar espacios distintos.

“La razón por la que me enamoré de los libros es porque fungían como un pasaporte a otros lugares y a otras vidas. Los libros imitaban el viaje. En un libro podía ir a cualquier parte y ser cualquiera”, escribió Jordan Kisner en The New York Times (https://nyti.ms/2UEXwcL). Los libros, su lectura propiamente, son una metáfora del viaje en soledad. Salvoconductos que nos permiten entrar en otros territorios, expandir el horizonte y las posibilidades de la experiencia desde la mesa de lectura. Como le ocurre a José Arcadio Buendía, el patriarca fundador de Macondo en Cien años de soledad, quien no era lector pero me recuerda a uno en el siguiente fragmento: “Cuando se hizo experto en el uso y manejo de sus instrumentos, tuvo una noción del espacio que le permitió navegar por mares incógnitos, visitar territorios deshabitados y trabar relación con seres espléndidos, sin necesidad de abandonar su gabinete.” Eso es un lector. O aquel otro personaje de la misma novela, Aureliano, este sí lector implacable, que llegó a conocer tanto de la Europa medieval sin haber puesto los pies en ella y sin dejar su cuarto; incluso aprendió varios idiomas. Seres de ficción que gracias a la lectura, como podría hacerlo cualquiera en la vida real, viajaron a través de sus sueños y de los conocimientos que iban adquiriendo. A su manera, ampliaron el mundo que los sitiaba y habitaron otros espacios allende las fronteras de Macondo. También entraron en la piel de los otros. “Solo la literatura”, escribe la antropóloga francesa Michèle Petit, “da un acceso semejante a lo que han sentido, soñado, temido, elaborado [los otros], aunque vivan en ambientes que difieren en todo del nuestro.”

Gracias a la pluma ingeniosa de Cervantes, acompañé por varios días a Don Quijote de la Mancha, ese “entreverado loco, lleno de lúcidos intervalos”, y a su escudero Sancho Panza, en las más disparatadas aventuras. Visitamos castillos, peleamos contra gigantes, nos enamoramos de la belleza sin par de Dulcinea, deshicimos agravios, recibimos las más inverosímiles palizas y combatimos contra rufianes y ganapanes. De la primera a la última página, siempre estuvimos en movimiento, viajando como caballeros andantes. Porque, aseguraba Don Quijote, “el que lee mucho y anda mucho, ve mucho y sabe mucho.” Por eso había que ir en busca de aventuras, las cuales no solo estaban afuera sino, con extremada vivacidad, en los libros de caballerías. El viaje es inherente a la literatura. “Viajo por el viaje en sí mismo. Lo grande es moverse”, apuntó ese gran escritor viajero que fue Stevenson. De igual forma, el lector habitual de literatura lee por la lectura, por la felicidad que procura y por la insólita sensación de estar en otra parte.

Pero si la lectura es movimiento, también, paradójicamente, es un refugio, un resguardo. En su libro Leer el mundo (FCE, 2015), Michèle Petit cuenta que al escuchar relatos sobre los recuerdos lectores de muchas personas, entre ellas hijos de inmigrantes, le sorprendió que esos recuerdos solían estar relacionados con metáforas espaciales. Los libros les habían dado un lugar: “los libros eran una tierra de asilo”, “tenía un lugar propio, mis libros”, “los libros eran mi casa, siempre estaban ahí para recibirme.” Porque los libros, la buena literatura, la mejor filosofía, sirven para ir al encuentro de uno mismo. Un buen libro es como una hoguera que nos enciende por dentro. Además de casa, hogar es el sitio donde se prende la lumbre en las cocinas o chimeneas, nos dice el diccionario. Hogar es morada, compañía y calor de los cuerpos; un lugar para entrar y estar ahí alrededor del fuego. Como sucede con los libros. Lo dice con claridad Jeanette Winterson, citada por Petit:

Para mí, los libros son un hogar. Los libros no hacen un hogar; lo son, en el sentido en que así como los abres del mismo modo en que abres una puerta, entras adentro. En el interior, descubres un tiempo y un espacio diferentes. También se desprende calor de ahí, como de una chimenea. Me siento con un libro y ya no tengo frío. Lo sé desde las noches heladas que pasé a la intemperie.


Leer es otra forma de viajar, la mejor garantía de sentirse en casa. No apresures el viaje: acomódate en él y aprovecha los obsequios del recorrido. “Cuando emprendas el viaje hacia Ítaca,/ ruega que tu camino sea largo/ y rico en aventuras y descubrimientos (Constantino Cavafis).

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