/ lunes 17 de febrero de 2020

Labor de la crítica

Para reseñar libros la pasión no basta. Se requiere además oficio, trabajo y vocación. Hay que prepararse. Leer y estudiar sin descanso. Reseñar un libro no implica leerlo y volcarse a escribir sobre él como muchos hacen. Al contrario, la lectura de un libro nos conduce a otros, nos obliga a recordar, a consultar y a tomar notas, aplazando sin piedad la escritura del texto hasta el último día.

“Escribir es un proceso doloroso que requiere un gran esfuerzo y noches sin dormir. Además de la amenaza del bloqueo del escritor, queda siempre una sensación de fracaso inevitable. Nada de lo que escribimos es lo que queríamos. Escribir es una maldición. La peor parte es la angustia que precede al acto de escribir –las horas, días o meses que buscamos en vano la frase que abra el grifo para que el agua fluya—” (Octavio Paz).

Como escritor, el crítico de libros que colabora en periódicos y revistas experimenta la misma angustia, el mismo vacío; sólo que su demora tiene plazos más cortos y debe obligarse a terminar. Esta presión no suele traer buenos resultados. Cuando el crítico, cansado, entrega su artículo y toma un respiro, ya le espera el siguiente libro, muchas veces tan malo como el que reseñó. Y apenas toma con desgano el nuevo ejemplar, el tiempo empieza a correr. “No podemos pensar si no tenemos tiempo para leer, ni sentir si estamos agotados emocionalmente, ni construir con materiales de mala calidad algo que perdure” (Cyril Connolly).

La crítica periódica de libros es una actividad tan agotadora y mal pagada aquí y en todo el mundo que Clarín escribió: “Muchos hombres que tienen gran aptitud para la crítica y vocación verdadera, se abstienen de ejercitar sus fuerzas, porque no hay manera digna y propia de emprender la tarea. Se paga poco al crítico, se lo considera poco, se lo confunde con los envidiosos y los murmuradores y los vagos que se meten a censurar lo que no entienden, y en fin, es tal el menosprecio en que va cayendo la profesión, que dentro de poco no va a haber crítico que sepa ortografía.”

A pesar de todo eso, si no hubiera placer en la crítica, muchos ya la habrían abandonado; habrían dejado de vaciar inútilmente sus energías por el desaguadero, como llamó Orwell a la crítica indiscriminada de libros. Pero la lectura, el placer que se agazapa entre las líneas del texto, suele despertar en el lector el deseo de la escritura. “Cada lectura vale, decía Roland Barthes, por la escritura que engendra”.

Reseñar libros buenos, cuando estos lo son desde la perspectiva del crítico, es ofrecerle al público lo que Edmund Wilson llamó “reconfortantes mundos alternativos”. Universos alternos que nos ofrecen la posibilidad de vivir y de mirar de una manera distinta. Compartir estos mundos es quizás el mayor deleite de quien describe y comenta un libro para los lectores. Por el contrario, censurar una mala obra es advertir a sus potenciales lectores que allí no hay nada: ni imaginación que trastoque nuestro vulgar entorno, ni experiencia humana concreta.

Escribí “público” y “lectores” con cierto dejo de inseguridad. Desde las primeras semanas en que tomaba forma mi colaboración en los diarios y revistas no ha dejado de preocuparme la siguiente cuestión: en un país en el que casi nadie lee libros, como el nuestro, y en el que son pocos los que acuden, más allá de la obligación escolar, a una librería, ¿para quién escribe quien de libros escribe? Si un ínfimo porcentaje de la población lee libros, ¿a cuántos interesará la crítica de los mismos? Un sondeo arrojaría una respuesta deprimente. Después de fatigarse cada semana y trabajar como buey una reseña tras otra, es posible que el crítico se dirija a oídos sordos, que el diálogo en realidad haya sido una ilusión y sea necesario levantar la tienda para ceder espacio al entretenimiento y los espectáculos. ¿Será la hora de retirarse?, se pregunta el crítico.

Lo pienso y retrocedo. Significaría aceptar una derrota frente a la banalidad, la incultura y la pereza. Quiero creer que hay lectores cultos que más allá de su profesión, su trabajo y su vocación, poseen una formación literaria general o buscan hacerse de ella; ciudadanos interesados en el ejercicio de la razón y la imaginación poética. Por eso vale la pena persistir en el combate que es la crítica, en la conversación literaria que nos coloca a escritores, lectores y ciudadanos en el umbral de la inteligencia y de la “imaginación educada” (Northrop Frye). Mientras existan personas ávidas de imaginar y ver una realidad diferente a la que se nos vende en aparadores y carteles, la crítica tendrá sus lectores. Escasos, quizás, pero valiosos.

Contrario a lo que suelen pensar algunos directores de periódicos y revistas que desdeñan la crítica de libros porque “nadie la lee y no genera ganancias”, me parece que en un contexto de inseguridad generalizada y de incertidumbre, de un preocupante analfabetismo funcional, donde los valores de empatía y solidaridad social están permanentemente en cuestión, habría que insistir en reconstruir el arte de la lectura; la capacidad literaria humana que hace posible que un gran poema, un gran drama o una novela sin parangón penetren, con su belleza y su sabiduría, en lo más hondo de nuestra conciencia… hasta estremecernos. La literatura como una forma de “acceder a una experiencia sensible”, la única que a través de la belleza del lenguaje, sus trampas, tropiezos y comparaciones, nos sitúa en el lugar del Otro, como si un lente nos acercara a lo más singular de la vida humana: los temores, las pasiones, los sueños, la culpa, el poder, la ambición, el amor, el crimen… “La literatura”, escribe Antoine Compagnon, “desconcierta, molesta, despista, desorienta más que los discursos filosóficos, sociológicos o psicológicos, porque se dirige a las emociones y a la empatía. De este modo recorre regiones de la experiencia que los otros discursos desdeñan, pero que la ficción reconoce en los menores detalles”.

En ese sentido, “la labor de la crítica literaria es ayudarnos a leer como seres humanos íntegros, mediante el ejemplo de la precisión, del pavor y del deleite” (George Steiner). Por eso no se debe bajar la guardia.

elacantilado@yahoo.com.mx

Para reseñar libros la pasión no basta. Se requiere además oficio, trabajo y vocación. Hay que prepararse. Leer y estudiar sin descanso. Reseñar un libro no implica leerlo y volcarse a escribir sobre él como muchos hacen. Al contrario, la lectura de un libro nos conduce a otros, nos obliga a recordar, a consultar y a tomar notas, aplazando sin piedad la escritura del texto hasta el último día.

“Escribir es un proceso doloroso que requiere un gran esfuerzo y noches sin dormir. Además de la amenaza del bloqueo del escritor, queda siempre una sensación de fracaso inevitable. Nada de lo que escribimos es lo que queríamos. Escribir es una maldición. La peor parte es la angustia que precede al acto de escribir –las horas, días o meses que buscamos en vano la frase que abra el grifo para que el agua fluya—” (Octavio Paz).

Como escritor, el crítico de libros que colabora en periódicos y revistas experimenta la misma angustia, el mismo vacío; sólo que su demora tiene plazos más cortos y debe obligarse a terminar. Esta presión no suele traer buenos resultados. Cuando el crítico, cansado, entrega su artículo y toma un respiro, ya le espera el siguiente libro, muchas veces tan malo como el que reseñó. Y apenas toma con desgano el nuevo ejemplar, el tiempo empieza a correr. “No podemos pensar si no tenemos tiempo para leer, ni sentir si estamos agotados emocionalmente, ni construir con materiales de mala calidad algo que perdure” (Cyril Connolly).

La crítica periódica de libros es una actividad tan agotadora y mal pagada aquí y en todo el mundo que Clarín escribió: “Muchos hombres que tienen gran aptitud para la crítica y vocación verdadera, se abstienen de ejercitar sus fuerzas, porque no hay manera digna y propia de emprender la tarea. Se paga poco al crítico, se lo considera poco, se lo confunde con los envidiosos y los murmuradores y los vagos que se meten a censurar lo que no entienden, y en fin, es tal el menosprecio en que va cayendo la profesión, que dentro de poco no va a haber crítico que sepa ortografía.”

A pesar de todo eso, si no hubiera placer en la crítica, muchos ya la habrían abandonado; habrían dejado de vaciar inútilmente sus energías por el desaguadero, como llamó Orwell a la crítica indiscriminada de libros. Pero la lectura, el placer que se agazapa entre las líneas del texto, suele despertar en el lector el deseo de la escritura. “Cada lectura vale, decía Roland Barthes, por la escritura que engendra”.

Reseñar libros buenos, cuando estos lo son desde la perspectiva del crítico, es ofrecerle al público lo que Edmund Wilson llamó “reconfortantes mundos alternativos”. Universos alternos que nos ofrecen la posibilidad de vivir y de mirar de una manera distinta. Compartir estos mundos es quizás el mayor deleite de quien describe y comenta un libro para los lectores. Por el contrario, censurar una mala obra es advertir a sus potenciales lectores que allí no hay nada: ni imaginación que trastoque nuestro vulgar entorno, ni experiencia humana concreta.

Escribí “público” y “lectores” con cierto dejo de inseguridad. Desde las primeras semanas en que tomaba forma mi colaboración en los diarios y revistas no ha dejado de preocuparme la siguiente cuestión: en un país en el que casi nadie lee libros, como el nuestro, y en el que son pocos los que acuden, más allá de la obligación escolar, a una librería, ¿para quién escribe quien de libros escribe? Si un ínfimo porcentaje de la población lee libros, ¿a cuántos interesará la crítica de los mismos? Un sondeo arrojaría una respuesta deprimente. Después de fatigarse cada semana y trabajar como buey una reseña tras otra, es posible que el crítico se dirija a oídos sordos, que el diálogo en realidad haya sido una ilusión y sea necesario levantar la tienda para ceder espacio al entretenimiento y los espectáculos. ¿Será la hora de retirarse?, se pregunta el crítico.

Lo pienso y retrocedo. Significaría aceptar una derrota frente a la banalidad, la incultura y la pereza. Quiero creer que hay lectores cultos que más allá de su profesión, su trabajo y su vocación, poseen una formación literaria general o buscan hacerse de ella; ciudadanos interesados en el ejercicio de la razón y la imaginación poética. Por eso vale la pena persistir en el combate que es la crítica, en la conversación literaria que nos coloca a escritores, lectores y ciudadanos en el umbral de la inteligencia y de la “imaginación educada” (Northrop Frye). Mientras existan personas ávidas de imaginar y ver una realidad diferente a la que se nos vende en aparadores y carteles, la crítica tendrá sus lectores. Escasos, quizás, pero valiosos.

Contrario a lo que suelen pensar algunos directores de periódicos y revistas que desdeñan la crítica de libros porque “nadie la lee y no genera ganancias”, me parece que en un contexto de inseguridad generalizada y de incertidumbre, de un preocupante analfabetismo funcional, donde los valores de empatía y solidaridad social están permanentemente en cuestión, habría que insistir en reconstruir el arte de la lectura; la capacidad literaria humana que hace posible que un gran poema, un gran drama o una novela sin parangón penetren, con su belleza y su sabiduría, en lo más hondo de nuestra conciencia… hasta estremecernos. La literatura como una forma de “acceder a una experiencia sensible”, la única que a través de la belleza del lenguaje, sus trampas, tropiezos y comparaciones, nos sitúa en el lugar del Otro, como si un lente nos acercara a lo más singular de la vida humana: los temores, las pasiones, los sueños, la culpa, el poder, la ambición, el amor, el crimen… “La literatura”, escribe Antoine Compagnon, “desconcierta, molesta, despista, desorienta más que los discursos filosóficos, sociológicos o psicológicos, porque se dirige a las emociones y a la empatía. De este modo recorre regiones de la experiencia que los otros discursos desdeñan, pero que la ficción reconoce en los menores detalles”.

En ese sentido, “la labor de la crítica literaria es ayudarnos a leer como seres humanos íntegros, mediante el ejemplo de la precisión, del pavor y del deleite” (George Steiner). Por eso no se debe bajar la guardia.

elacantilado@yahoo.com.mx

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