/ jueves 31 de agosto de 2023

Ciudadano en la poli | Las tubas fantasmales

El grupo de Sexto Virgilio y de Casio Galo retrocede para encontrarse con el resto de la legión en la que viene Cayo Lucio. Los dos grupos se funden y se ensamblan coordinadamente como piezas de un rompecabezas, en formación de tablero de ajedrez en el que los peones resguardan y luego dan paso a los alfiles y caballos en una partida. Cayo Lucio y la legión de refuerzo chocan directamente con el ejército beduino. El grupo de Casio y Sexto toma su lugar en la retaguardia. No hay descanso, solo un respiro.

En una línea invisible de poco más de trescientos metros, se libra una batalla tan encarnizada como desigual. Por la fiereza y determinación como combaten los legionarios romanos, no pareciera que son la fuerza en desventaja destinada a ser barrida por el ejército beduino ni que su lucha temeraria sea tan solo para alcanzar honor en la muerte o en la derrota.

La caballería romana protege bien los flancos de la legión y a la vez libra su propia batalla contra la caballería nómada. Aquí es donde es más notoria la superioridad numérica del enemigo y por eso, siguen la estrategia ordenada por Cayo Lucio de no ser arrastrados a combatir demasiado lejos de los flancos que protegen. Aelio Prisco y Tito Turino lanzan incursiones en el frente de la caballería beduina, haciendo estragos considerables, para luego retroceder inmediatamente a resguardar los flancos de la legión y desde allí seguir combatiendo.

Aunque las líneas legionarias continúan disciplinadamente con la táctica de escalonarse y turnarse los momentos en que cada una debe combatir, su notoria inferioridad numérica obliga a que príncipes y triarios, lo mismo que los vélites, no tengan casi descanso y combaten prácticamente juntos, codo con codo, escudo con escudo.

Cayo Lucio alza un brazo, grita una orden y esta se transmite a la legión por Décimo Iunio, Manio Sabino, Servio Spurio, Casio Galo, Cneo Rufo y el resto de legionarios promovidos como oficiales por la desgracia en que han caído. Así, con esa seña y gruñidos es como entran en combate las líneas. Cada vez con menos descanso.

El sudor cae profuso en las caras de los legionarios. El calor seca inmediatamente ese sudor y lo convierte en rostros con ríos de arena. Las frentes sudorosas hacen caer en los ojos de los legionarios chorros líquidos que nublan su vista y que beben lo que les llega a sus bocas. No hay cuartel entre los bandos, ni se conceden respiro, pero hay instantes en la refriega que hacen que para los combatientes les parezca que se detiene el tiempo.

-Tanto sudor en nuestros ojos, Décimo –dice Cayo Lucio. Parece que ya lloramos en vida nuestra laudatio funebris (oración por los caídos), pero en realidad este ardor en los ojos nos hace estar más vivos que nunca. ¡Mira cómo estamos peleando!

-Y si fueran lágrimas, amigo –responde Décimo-, serían de orgullo por la bravura con que cada uno de los nuestros está alcanzando la gloria con la muerte. No nos queda mucho.

En eso, como en un sueño, como si estuvieran escuchando voces en su cabeza, se oyen a lo lejos estridentes tubas y cornetas de guerra. Atentos como están al combate, Cayo Lucio y Décimo no alcanzan a ver nada en el horizonte. No les queda más que seguir combatiendo. Otro estruendo de tubas fantasmales llamando a la guerra se logra escuchar. Pese al desconcierto, de no saber si lo que escuchan algunos es real, los legionarios siguen peleando por sus vidas, nadie puede detenerse, tienen la muerte a un lado.

A un kilómetro de ahí, Druso Corvo Petelio ha recibido informes que han encontrado y están por alcanzar a la legión perdida de su amigo Cayo Lucio, que están en extremo peligro luchando con un enorme ejército beduino. Druso Corvo ordena a su optio Plaucio Deciano Flama que toquen las tubas y cornetas de guerra.

-Que sepa Cayo Lucio –dijo Druso Corvo- que la Legio IV Martia ha llegado.

El grupo de Sexto Virgilio y de Casio Galo retrocede para encontrarse con el resto de la legión en la que viene Cayo Lucio. Los dos grupos se funden y se ensamblan coordinadamente como piezas de un rompecabezas, en formación de tablero de ajedrez en el que los peones resguardan y luego dan paso a los alfiles y caballos en una partida. Cayo Lucio y la legión de refuerzo chocan directamente con el ejército beduino. El grupo de Casio y Sexto toma su lugar en la retaguardia. No hay descanso, solo un respiro.

En una línea invisible de poco más de trescientos metros, se libra una batalla tan encarnizada como desigual. Por la fiereza y determinación como combaten los legionarios romanos, no pareciera que son la fuerza en desventaja destinada a ser barrida por el ejército beduino ni que su lucha temeraria sea tan solo para alcanzar honor en la muerte o en la derrota.

La caballería romana protege bien los flancos de la legión y a la vez libra su propia batalla contra la caballería nómada. Aquí es donde es más notoria la superioridad numérica del enemigo y por eso, siguen la estrategia ordenada por Cayo Lucio de no ser arrastrados a combatir demasiado lejos de los flancos que protegen. Aelio Prisco y Tito Turino lanzan incursiones en el frente de la caballería beduina, haciendo estragos considerables, para luego retroceder inmediatamente a resguardar los flancos de la legión y desde allí seguir combatiendo.

Aunque las líneas legionarias continúan disciplinadamente con la táctica de escalonarse y turnarse los momentos en que cada una debe combatir, su notoria inferioridad numérica obliga a que príncipes y triarios, lo mismo que los vélites, no tengan casi descanso y combaten prácticamente juntos, codo con codo, escudo con escudo.

Cayo Lucio alza un brazo, grita una orden y esta se transmite a la legión por Décimo Iunio, Manio Sabino, Servio Spurio, Casio Galo, Cneo Rufo y el resto de legionarios promovidos como oficiales por la desgracia en que han caído. Así, con esa seña y gruñidos es como entran en combate las líneas. Cada vez con menos descanso.

El sudor cae profuso en las caras de los legionarios. El calor seca inmediatamente ese sudor y lo convierte en rostros con ríos de arena. Las frentes sudorosas hacen caer en los ojos de los legionarios chorros líquidos que nublan su vista y que beben lo que les llega a sus bocas. No hay cuartel entre los bandos, ni se conceden respiro, pero hay instantes en la refriega que hacen que para los combatientes les parezca que se detiene el tiempo.

-Tanto sudor en nuestros ojos, Décimo –dice Cayo Lucio. Parece que ya lloramos en vida nuestra laudatio funebris (oración por los caídos), pero en realidad este ardor en los ojos nos hace estar más vivos que nunca. ¡Mira cómo estamos peleando!

-Y si fueran lágrimas, amigo –responde Décimo-, serían de orgullo por la bravura con que cada uno de los nuestros está alcanzando la gloria con la muerte. No nos queda mucho.

En eso, como en un sueño, como si estuvieran escuchando voces en su cabeza, se oyen a lo lejos estridentes tubas y cornetas de guerra. Atentos como están al combate, Cayo Lucio y Décimo no alcanzan a ver nada en el horizonte. No les queda más que seguir combatiendo. Otro estruendo de tubas fantasmales llamando a la guerra se logra escuchar. Pese al desconcierto, de no saber si lo que escuchan algunos es real, los legionarios siguen peleando por sus vidas, nadie puede detenerse, tienen la muerte a un lado.

A un kilómetro de ahí, Druso Corvo Petelio ha recibido informes que han encontrado y están por alcanzar a la legión perdida de su amigo Cayo Lucio, que están en extremo peligro luchando con un enorme ejército beduino. Druso Corvo ordena a su optio Plaucio Deciano Flama que toquen las tubas y cornetas de guerra.

-Que sepa Cayo Lucio –dijo Druso Corvo- que la Legio IV Martia ha llegado.