/ viernes 4 de octubre de 2019

Crear es vivir dos veces

Algunas veces, estando en la veranda bajo la terraza abierta al paisaje marino del DM48, Pilpil se sienta junto a kim Chong y Gonzales Torres234, platican y discuten mientras arriban MrRabbit, MrNaya y Captain Rooster.

Según la lluvia, el sol y el tiempo libre, llego antes o después del tema tratado pero, nunca pierdo el tiempo, pues siempre se habla de cosas importantes, sobre todo en estos días llenos de vacío irreverente y furia virtual, desde el anonimato de unas redes que no tejen nada más que nudos que, para seguir conscientes, tenemos que deshacer, destramar, y otras veces volver a trenzar para seguir viviendo.

Es así como todos los días, la gente sigue señales que apuntan a algún sitio que no es su hogar, sino a un destino elegido. Señales carreteras, de embarque en algún puerto, en algún aeropuerto, avisos en las cuatro estaciones de la vida. Mientras unos hacen sus viajes por placer otros los realizan por negocio, muchos motivados por la pérdida o la desesperación. Al llegar, terminan por darse cuenta de que no están en el sitio indicado por las señales que siguieron. Donde se encuentran tiene latitud y longitud, el tiempo local y, no obstante, no tiene la gravedad concreta del destino escogido.

Se hallan junto al lugar al que escogieron llegar. La distancia que los separa de éste es incalculable. Puede ser únicamente la anchura de una vía pública, puede estar a un mundo de distancia. El sitio ha perdido lo que lo convertía en un destino. Ha perdido su territorio de experiencia.

Algunas veces algunos cuántos de estos viajeros emprenden un viaje privado y hallan el lugar que anhelaban alcanzar, que a veces es más rudo de lo que imaginaban, aunque lo descubren con alivio sin límites. Muchos nunca lo logran. Aceptan los signos que siguieron y es como si no viajaran, como si se quedaran siempre donde ya estaban.

Este día, hoy septiembre, se platica sobre las diferentes razas autóctonas de América y los colonizadores que llegaron a cambiarles las vidas y los sueños, las costumbres.

En occidente, sus mercenarios y misioneros, ya cansados, surgieron en el corazón de la selva, y los futuros chamanes y los futuros chantajistas, los futuros oradores, los futuros guardianes de la coca y los futuros jefes de las aldeas seducidas perdieron no sólo su educación sino también su saber, sus grandes casas y sus familias, que fueron a dar en cierto modo con coacción, a los internados de las misiones católicas.

Es sus textos nos cuenta Robert Jaulin que…“cuando ya no somos libres de dormir en una gran casa colectiva, muy confortable, hecha con hojas, y en nombre del progreso tenemos que vivir en una casa pequeña, solitaria, hecha de cemento, resulta claro que hay destrucción de toda la estructura social asociada con esa casa colectiva”. El etnocidio es la destrucción progresiva e insidiosa de los tipos de relaciones de residencia, consumo y producción en nombre de una cultura del progreso sostenida por una religión única que inició, entre los indígenas de las américas y en otros lugares donde hay una presencia blanca, un proceso de descivilización y de aculturación cuyas consecuencias hoy podemos apreciar.

Los daños son tales que de la producción solo diremos que el tiempo pasado en los campos en provecho de los colonos impedía que los indígenas trabajaran sus propios campos; el reemplazo de las hermosas casas comunitarias por barracas nefastas con piso de cemento y techumbre de hojalata ondulada es, seguramente, una de las perturbaciones más graves. El etnólogo francés demostró de un modo cabal como la civilización de los pueblos americanos puede encontrarse destruida por la sedentarización que ha implicado la construcción de casas con materiales duros, por la rotura del juego que especifica por completo, en una casa colectiva, un apartamento para cada familia mediante la supresión de funciones otorgadas a los habitantes de una cabaña cuando la construyen, desempeños que en gran parte son simbólicos y que tienden a vincular a estos habitantes entre sí, así como los árboles “se trenzan y forman un cañamazo de la techumbre”.

En realidad, las casas levantadas las más de las veces en un terreno labrado en medio de un césped a la europea con su techo de hojalata y sus grandes aberturas, para que pudiera entrar “la luz de Dios” y vigilar la promiscuidad de los salvajes” que había que convertir, son exactamente lo contrario de la casa-sombrilla, oscura y liberalmente techada, que permitía a sus habitantes soportar los días tórridos, descansar en una relativa frescura y, en especial, dedicarse a sus negocios con la mayor discreción.

Los misioneros capuchinos, contra los cuales no emitimos juicio como representantes de una religión y vehículos de una civilización, con frecuencia cometieron actos aberrantes, en nombre del “progreso”, tales como introducir la electricidad en casas con ventanas amplias y abiertas de par en par a la selva tropical.

Podemos imaginar que por las noches, al calor húmedo, a los olores inscritos en el hormigón y a la evidente incomodidad de un suelo duro se suman las nubes de insectos, de los cuales los aborígenes habían sabido defenderse levantando los techos con palmas trenzadas que tenían la propiedad de apartar a ciertas especies. La limpieza del lugar se mantenía con barridos sucesivos e intervenciones constantes de uno u otro miembro del grupo, para quitar algún desperdicio raspando el suelo blando con el machete, meterlo en una hoja y echarlo al lindero de la selva.

Otro atentado contra la cohesión familiar es el suelo de cemento que hace desaparecer el tejido tradicional, y la ropa dada a los aborígenes, en las misiones, no suplen en nada su desaparición sino que aceleran su estado de mendicidad, dado que nuestras vestiduras occidentales no están hechas para resistir el clima, el entorno selvático o sus trabajos. Sería larga la lista de inconvenientes catastróficos que nuestra tecnología ha introducido entre “los demás”; para volver a nuestros dormitorios agregamos…siempre según el insidioso progreso del etnocidio… el lento avance de la cama en el país de las hamacas, relegadas bajo el armazón de las casas de tipo occidental, con el techo más alto que largo, situación que en absoluto fastidia a los jóvenes pero que parece intimidar a las parejas de más edad.

Mientras, nosotros, mazatlecos en ese espacio abierto bajo las vigas de preciosas maderas tropicales y luz inclinada, sombreado por los colores del trópico domesticado, El Sol, único cuerpo que brilla sin piedad y hace cerrar los ojos por momentos, impone su respeto sobre y entre las mesas de venadillo y teca que el que esto escribe ha recorrido con su libreta de apuntes, su pluma y su memoria, escribiendo con lentes y sin ellos, bajo el sombrero fresco y tibio, con letras grandes y flotantes, mitad lenguaje y mitad señales de algún pensamiento. Allí, casi dos de tres mañanas, este aprendiz de Confucio teje y desteje, da vuelta y busca rutas sin quedar atrapado en esa hermosa ausencia de penumbra.

Robert Jaulin: La Paix blanche, introduction á l’ethnocide, Paris, 1970

Robert Jaulin: La décivilization, Bruselas, 1974.

“Como cualquier arqueólogo que busca hacer etnología, sólo cuando regreso a la superficie iluminada de la aldea, dejando atrás el inframundo, mi vida sale del peligro, atado a la redonda rueda de la vida.” Johnny Fumo.

Mail: malecon@live.com.mx

Algunas veces, estando en la veranda bajo la terraza abierta al paisaje marino del DM48, Pilpil se sienta junto a kim Chong y Gonzales Torres234, platican y discuten mientras arriban MrRabbit, MrNaya y Captain Rooster.

Según la lluvia, el sol y el tiempo libre, llego antes o después del tema tratado pero, nunca pierdo el tiempo, pues siempre se habla de cosas importantes, sobre todo en estos días llenos de vacío irreverente y furia virtual, desde el anonimato de unas redes que no tejen nada más que nudos que, para seguir conscientes, tenemos que deshacer, destramar, y otras veces volver a trenzar para seguir viviendo.

Es así como todos los días, la gente sigue señales que apuntan a algún sitio que no es su hogar, sino a un destino elegido. Señales carreteras, de embarque en algún puerto, en algún aeropuerto, avisos en las cuatro estaciones de la vida. Mientras unos hacen sus viajes por placer otros los realizan por negocio, muchos motivados por la pérdida o la desesperación. Al llegar, terminan por darse cuenta de que no están en el sitio indicado por las señales que siguieron. Donde se encuentran tiene latitud y longitud, el tiempo local y, no obstante, no tiene la gravedad concreta del destino escogido.

Se hallan junto al lugar al que escogieron llegar. La distancia que los separa de éste es incalculable. Puede ser únicamente la anchura de una vía pública, puede estar a un mundo de distancia. El sitio ha perdido lo que lo convertía en un destino. Ha perdido su territorio de experiencia.

Algunas veces algunos cuántos de estos viajeros emprenden un viaje privado y hallan el lugar que anhelaban alcanzar, que a veces es más rudo de lo que imaginaban, aunque lo descubren con alivio sin límites. Muchos nunca lo logran. Aceptan los signos que siguieron y es como si no viajaran, como si se quedaran siempre donde ya estaban.

Este día, hoy septiembre, se platica sobre las diferentes razas autóctonas de América y los colonizadores que llegaron a cambiarles las vidas y los sueños, las costumbres.

En occidente, sus mercenarios y misioneros, ya cansados, surgieron en el corazón de la selva, y los futuros chamanes y los futuros chantajistas, los futuros oradores, los futuros guardianes de la coca y los futuros jefes de las aldeas seducidas perdieron no sólo su educación sino también su saber, sus grandes casas y sus familias, que fueron a dar en cierto modo con coacción, a los internados de las misiones católicas.

Es sus textos nos cuenta Robert Jaulin que…“cuando ya no somos libres de dormir en una gran casa colectiva, muy confortable, hecha con hojas, y en nombre del progreso tenemos que vivir en una casa pequeña, solitaria, hecha de cemento, resulta claro que hay destrucción de toda la estructura social asociada con esa casa colectiva”. El etnocidio es la destrucción progresiva e insidiosa de los tipos de relaciones de residencia, consumo y producción en nombre de una cultura del progreso sostenida por una religión única que inició, entre los indígenas de las américas y en otros lugares donde hay una presencia blanca, un proceso de descivilización y de aculturación cuyas consecuencias hoy podemos apreciar.

Los daños son tales que de la producción solo diremos que el tiempo pasado en los campos en provecho de los colonos impedía que los indígenas trabajaran sus propios campos; el reemplazo de las hermosas casas comunitarias por barracas nefastas con piso de cemento y techumbre de hojalata ondulada es, seguramente, una de las perturbaciones más graves. El etnólogo francés demostró de un modo cabal como la civilización de los pueblos americanos puede encontrarse destruida por la sedentarización que ha implicado la construcción de casas con materiales duros, por la rotura del juego que especifica por completo, en una casa colectiva, un apartamento para cada familia mediante la supresión de funciones otorgadas a los habitantes de una cabaña cuando la construyen, desempeños que en gran parte son simbólicos y que tienden a vincular a estos habitantes entre sí, así como los árboles “se trenzan y forman un cañamazo de la techumbre”.

En realidad, las casas levantadas las más de las veces en un terreno labrado en medio de un césped a la europea con su techo de hojalata y sus grandes aberturas, para que pudiera entrar “la luz de Dios” y vigilar la promiscuidad de los salvajes” que había que convertir, son exactamente lo contrario de la casa-sombrilla, oscura y liberalmente techada, que permitía a sus habitantes soportar los días tórridos, descansar en una relativa frescura y, en especial, dedicarse a sus negocios con la mayor discreción.

Los misioneros capuchinos, contra los cuales no emitimos juicio como representantes de una religión y vehículos de una civilización, con frecuencia cometieron actos aberrantes, en nombre del “progreso”, tales como introducir la electricidad en casas con ventanas amplias y abiertas de par en par a la selva tropical.

Podemos imaginar que por las noches, al calor húmedo, a los olores inscritos en el hormigón y a la evidente incomodidad de un suelo duro se suman las nubes de insectos, de los cuales los aborígenes habían sabido defenderse levantando los techos con palmas trenzadas que tenían la propiedad de apartar a ciertas especies. La limpieza del lugar se mantenía con barridos sucesivos e intervenciones constantes de uno u otro miembro del grupo, para quitar algún desperdicio raspando el suelo blando con el machete, meterlo en una hoja y echarlo al lindero de la selva.

Otro atentado contra la cohesión familiar es el suelo de cemento que hace desaparecer el tejido tradicional, y la ropa dada a los aborígenes, en las misiones, no suplen en nada su desaparición sino que aceleran su estado de mendicidad, dado que nuestras vestiduras occidentales no están hechas para resistir el clima, el entorno selvático o sus trabajos. Sería larga la lista de inconvenientes catastróficos que nuestra tecnología ha introducido entre “los demás”; para volver a nuestros dormitorios agregamos…siempre según el insidioso progreso del etnocidio… el lento avance de la cama en el país de las hamacas, relegadas bajo el armazón de las casas de tipo occidental, con el techo más alto que largo, situación que en absoluto fastidia a los jóvenes pero que parece intimidar a las parejas de más edad.

Mientras, nosotros, mazatlecos en ese espacio abierto bajo las vigas de preciosas maderas tropicales y luz inclinada, sombreado por los colores del trópico domesticado, El Sol, único cuerpo que brilla sin piedad y hace cerrar los ojos por momentos, impone su respeto sobre y entre las mesas de venadillo y teca que el que esto escribe ha recorrido con su libreta de apuntes, su pluma y su memoria, escribiendo con lentes y sin ellos, bajo el sombrero fresco y tibio, con letras grandes y flotantes, mitad lenguaje y mitad señales de algún pensamiento. Allí, casi dos de tres mañanas, este aprendiz de Confucio teje y desteje, da vuelta y busca rutas sin quedar atrapado en esa hermosa ausencia de penumbra.

Robert Jaulin: La Paix blanche, introduction á l’ethnocide, Paris, 1970

Robert Jaulin: La décivilization, Bruselas, 1974.

“Como cualquier arqueólogo que busca hacer etnología, sólo cuando regreso a la superficie iluminada de la aldea, dejando atrás el inframundo, mi vida sale del peligro, atado a la redonda rueda de la vida.” Johnny Fumo.

Mail: malecon@live.com.mx