/ viernes 31 de julio de 2020

Agendas

Definir, proponer e impulsar una agenda es, sin duda, una de las decisiones fundamentales de todo gobierno. Se ha dicho, con sobrada razón, que esta es la “decisión de decisiones”, porque determina en mucho el perfil y la orientación de un gobierno, así como sus éxitos o fracasos.

En la teoría de las políticas públicas, se ha establecido una importante distinción entre agenda pública o ciudadana y agenda institucional o gubernamental. Estas dos agendas pueden ser compatibles o bien ser divergentes, en mayor o menor grado.

Luis F. Aguilar Villanueva, uno de los mayores expertos mexicanos y latinoamericanos en materia de políticas públicas, ha señalado que la naturaleza y dinámica de la agenda pública (ciudadana) y la agenda institucional (gubernamenal) es diversa y puede llegar a ser peligrosamente discrepante.

Esta es la situación que actualmente prevalece en nuestro país, donde cada vez es más claro que por un lado están los problemas, demandas y aspiraciones que preocupan a los ciudadanos, y el por otro lado tenemos los asuntos que interesan al gobierno federal y que ha convertido en objeto de su actuación.

¿Qué es lo que más le duele hoy en día al pueblo de México? En primer lugar, la enfermedad y la muerte. Tenemos 408 mil 449 personas contagiadas de Covid-19, lo que nos ubica en el lugar 6 a nivel mundial en casos confirmados. Y lo más lamentable y triste, es que a causa de la pandemia del coronavirus han fallecido ya 45 mil 361 mexicanos, lo que nos sitúa en el para nada honroso lugar 4 entre todos los países del mundo, y en los próximos días estaremos en el lugar 3, solo por debajo de Estados Unidos y Brasil.

Como sabemos, estos datos oficiales no son del todo precisos. Es evidente que hay un subregistro de enfermos y defunciones. Proyecciones muy serias, elaboradas con datos del propio sector salud, estiman que a la fecha el Covid-19 ha dejado al menos 165 mil muertos, los que representa una verdadera tragedia nacional.

A México, también le duele la crisis económica y sus efectos más perniciosos: el desempleo y la pobreza. La pandemia del coronavirus ha implicado la pérdida de 1.2 millones de empleos formales, 12 millones de personas se ha quedado sin trabajo e ingresos y hay 19 millones más de pobres, según el Programa Universitario de Estudios del Desarrollo de la UNAM.

Algo que sigue lacerando a los mexicanos, es la violencia y la falta de seguridad. Ni el Covid-19 ha frenado la ola de crímenes que llenan de zozobra, irritación y luto a buena parte del territorio nacional. En el primer semestre del 2020, en plena pandemia, se registraron 17 mil 982 asesinatos. Es un nivel de violencia inédito en nuestro país, superando al primer semestre del 2019, que ha sido considerado el año más violento en el último cuarto de siglo.

En la agenda pública de nuestro país, en las preocupaciones más sentidas de los ciudadanos, están el Covid-19, salud, crisis económica, desempleo, pérdida de ingresos, violencia e inseguridad. Eso es lo que mayormente preocupa a los mexicanos, sobre todo a los más desprotegidos.

Pero la administración federal, no quiere ver esta realidad. Su agenda es otra. Mientras miles de mexicanos se contagian de coronavirus, llenan los hospitales, pierden su trabajo e ingresos o mueren, Andrés Manuel López Obrador y su gobierno ubican como máxima prioridad la venta del avión presidencial y el “juicio” mediático a Emilio Lozoya.

No es que estos últimos temas dejen de ser relevantes. Pero es evidente que hay una visible discrepancia entre la agenda ciudadana y la agenda gubernamental. Los problemas y demandas de la mayoría de los mexicanos, no entran en las prioridades de la administración federal.

Hace tiempo que el presidente López Obrador se desatendió de la pandemia del Covid-19. Realmente, nunca tuvo su gobierno una estrategia adecuada para enfrentar la emergencia sanitaria y económica. Si antes declaró domada la pandemia y aplanada la curva, ahora ante el evidente fracaso su administración para frenar los contagios y muertes, prefiere no hablar del tema.

Con una clara intencionalidad política, buscando ocultar el desastre en materia de salud, economía y seguridad, el presidente de la república muestra a la sociedad el avión presidencial, como ejemplo de los excesos y lujos de los gobiernos “neoliberales”, sigue promoviendo la extraña rifa de esa aeronave que finalmente no será rifada, extradita al corrupto de Emilio Lozoya y los exhibe como un trofeo, lo convierte en “testigo colaborador” y aliado de la Cuarta Transformación para que revele e involucre nombres y declara que en este caso no le interesa mucho el proceso jurídico sino “estigmatizar la corrupción”; es decir, lo que se busca no es un juicio apegado a la ley y castigar a los responsables de los delitos que se presumen, sino exhibir y enlodar a quienes a ubicado como sus adversarios.

Encontramos aquí, no solo esa discrepancia entre la agenda pública-ciudadana y la agenda institucional-gubernamental. Junto con ello, lo que se observa es una indiferencia de la administración federal respecto al dolor y sufrimiento de millones de mexicanos.

Tal y como lo dice Federico Reyes Heroles: México está invadido actualmente de un inmenso dolor que se esparce por la geografía nacional y no se desvanece. Y en lugar de asumir a cabalidad la tragedia, la autoridad ofrece circo a los ciudadanos.

El circo podrá entretener al público por unos meses y generará seguramente algunos dividendos electorales. Pero la persecución política, el escarnio, la exhibición de las miserias de nuestra vida pública, no alcanzará para aminorar el dolor generado por el desempleo, la pobreza, el hambre, la violencia, la enfermedad y la muerte.

México es el único país del mundo, donde por la mañana o la tarde se dan cifras de enfermos y fallecidos, en medio de chistes y risas. Recordemos que en una de las mañaneras, al salir en defensa del subsecretario Hugo López-Gatell, el propio presidente de la república bromeó lanzando la consigna “Hugo, aguanta, el pueblo se levanta”.

Ofende la indiferencia y frivolidad con que se aborda un asunto tan delicado y sentido para muchas familias mexicanas. Lo que ocurre es que el gobierno federal no ve la realidad. La sociedad manifiesta una preocupación por la salud, empleo, ingresos y seguridad, pero el presidente y su gobierno están pensando en la próxima elección.

El ostensible divorcio que existe entre la agenda ciudadana y la agenda gubernamental, constituye un alto riesgo para la llamada Cuarta Transformación. Esta discrepancia entre lo que demanda la sociedad y lo que prioriza y hace el gobierno, puede tener un costo político. No olvidemos que, en parte, el voto es emocional. Ya veremos si el dolor se expresa en las urnas, como castigo a la irresponsabilidad y la indiferencia.



Definir, proponer e impulsar una agenda es, sin duda, una de las decisiones fundamentales de todo gobierno. Se ha dicho, con sobrada razón, que esta es la “decisión de decisiones”, porque determina en mucho el perfil y la orientación de un gobierno, así como sus éxitos o fracasos.

En la teoría de las políticas públicas, se ha establecido una importante distinción entre agenda pública o ciudadana y agenda institucional o gubernamental. Estas dos agendas pueden ser compatibles o bien ser divergentes, en mayor o menor grado.

Luis F. Aguilar Villanueva, uno de los mayores expertos mexicanos y latinoamericanos en materia de políticas públicas, ha señalado que la naturaleza y dinámica de la agenda pública (ciudadana) y la agenda institucional (gubernamenal) es diversa y puede llegar a ser peligrosamente discrepante.

Esta es la situación que actualmente prevalece en nuestro país, donde cada vez es más claro que por un lado están los problemas, demandas y aspiraciones que preocupan a los ciudadanos, y el por otro lado tenemos los asuntos que interesan al gobierno federal y que ha convertido en objeto de su actuación.

¿Qué es lo que más le duele hoy en día al pueblo de México? En primer lugar, la enfermedad y la muerte. Tenemos 408 mil 449 personas contagiadas de Covid-19, lo que nos ubica en el lugar 6 a nivel mundial en casos confirmados. Y lo más lamentable y triste, es que a causa de la pandemia del coronavirus han fallecido ya 45 mil 361 mexicanos, lo que nos sitúa en el para nada honroso lugar 4 entre todos los países del mundo, y en los próximos días estaremos en el lugar 3, solo por debajo de Estados Unidos y Brasil.

Como sabemos, estos datos oficiales no son del todo precisos. Es evidente que hay un subregistro de enfermos y defunciones. Proyecciones muy serias, elaboradas con datos del propio sector salud, estiman que a la fecha el Covid-19 ha dejado al menos 165 mil muertos, los que representa una verdadera tragedia nacional.

A México, también le duele la crisis económica y sus efectos más perniciosos: el desempleo y la pobreza. La pandemia del coronavirus ha implicado la pérdida de 1.2 millones de empleos formales, 12 millones de personas se ha quedado sin trabajo e ingresos y hay 19 millones más de pobres, según el Programa Universitario de Estudios del Desarrollo de la UNAM.

Algo que sigue lacerando a los mexicanos, es la violencia y la falta de seguridad. Ni el Covid-19 ha frenado la ola de crímenes que llenan de zozobra, irritación y luto a buena parte del territorio nacional. En el primer semestre del 2020, en plena pandemia, se registraron 17 mil 982 asesinatos. Es un nivel de violencia inédito en nuestro país, superando al primer semestre del 2019, que ha sido considerado el año más violento en el último cuarto de siglo.

En la agenda pública de nuestro país, en las preocupaciones más sentidas de los ciudadanos, están el Covid-19, salud, crisis económica, desempleo, pérdida de ingresos, violencia e inseguridad. Eso es lo que mayormente preocupa a los mexicanos, sobre todo a los más desprotegidos.

Pero la administración federal, no quiere ver esta realidad. Su agenda es otra. Mientras miles de mexicanos se contagian de coronavirus, llenan los hospitales, pierden su trabajo e ingresos o mueren, Andrés Manuel López Obrador y su gobierno ubican como máxima prioridad la venta del avión presidencial y el “juicio” mediático a Emilio Lozoya.

No es que estos últimos temas dejen de ser relevantes. Pero es evidente que hay una visible discrepancia entre la agenda ciudadana y la agenda gubernamental. Los problemas y demandas de la mayoría de los mexicanos, no entran en las prioridades de la administración federal.

Hace tiempo que el presidente López Obrador se desatendió de la pandemia del Covid-19. Realmente, nunca tuvo su gobierno una estrategia adecuada para enfrentar la emergencia sanitaria y económica. Si antes declaró domada la pandemia y aplanada la curva, ahora ante el evidente fracaso su administración para frenar los contagios y muertes, prefiere no hablar del tema.

Con una clara intencionalidad política, buscando ocultar el desastre en materia de salud, economía y seguridad, el presidente de la república muestra a la sociedad el avión presidencial, como ejemplo de los excesos y lujos de los gobiernos “neoliberales”, sigue promoviendo la extraña rifa de esa aeronave que finalmente no será rifada, extradita al corrupto de Emilio Lozoya y los exhibe como un trofeo, lo convierte en “testigo colaborador” y aliado de la Cuarta Transformación para que revele e involucre nombres y declara que en este caso no le interesa mucho el proceso jurídico sino “estigmatizar la corrupción”; es decir, lo que se busca no es un juicio apegado a la ley y castigar a los responsables de los delitos que se presumen, sino exhibir y enlodar a quienes a ubicado como sus adversarios.

Encontramos aquí, no solo esa discrepancia entre la agenda pública-ciudadana y la agenda institucional-gubernamental. Junto con ello, lo que se observa es una indiferencia de la administración federal respecto al dolor y sufrimiento de millones de mexicanos.

Tal y como lo dice Federico Reyes Heroles: México está invadido actualmente de un inmenso dolor que se esparce por la geografía nacional y no se desvanece. Y en lugar de asumir a cabalidad la tragedia, la autoridad ofrece circo a los ciudadanos.

El circo podrá entretener al público por unos meses y generará seguramente algunos dividendos electorales. Pero la persecución política, el escarnio, la exhibición de las miserias de nuestra vida pública, no alcanzará para aminorar el dolor generado por el desempleo, la pobreza, el hambre, la violencia, la enfermedad y la muerte.

México es el único país del mundo, donde por la mañana o la tarde se dan cifras de enfermos y fallecidos, en medio de chistes y risas. Recordemos que en una de las mañaneras, al salir en defensa del subsecretario Hugo López-Gatell, el propio presidente de la república bromeó lanzando la consigna “Hugo, aguanta, el pueblo se levanta”.

Ofende la indiferencia y frivolidad con que se aborda un asunto tan delicado y sentido para muchas familias mexicanas. Lo que ocurre es que el gobierno federal no ve la realidad. La sociedad manifiesta una preocupación por la salud, empleo, ingresos y seguridad, pero el presidente y su gobierno están pensando en la próxima elección.

El ostensible divorcio que existe entre la agenda ciudadana y la agenda gubernamental, constituye un alto riesgo para la llamada Cuarta Transformación. Esta discrepancia entre lo que demanda la sociedad y lo que prioriza y hace el gobierno, puede tener un costo político. No olvidemos que, en parte, el voto es emocional. Ya veremos si el dolor se expresa en las urnas, como castigo a la irresponsabilidad y la indiferencia.



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