/ sábado 28 de marzo de 2020

Dolor y angustia que formaron el carácter de un joven

Ante la contingencia por el coronavirus, el restaurante se solidariza, pese a las bajas ventas

Culiacán, Sin.- -¡Diego...! , su mamá gritó el nombre del padrastro de Alfonso que era un niño y todavía los ayudaba en el negocio de la venta de verduras, tenían un tráiler que cargaban en Culiacán y se iban a vender a Hermosillo.

Como era costumbre al llegar en la madrugada a la central de abastos de Hermosillo, su madre preparaba un guacamole con los aguacates que ya llegaban maduros y ese era el desayuno rápido antes de comenzar a descargar.

Alfonso estaba acostado en la hamaca que colgaba del remolque del tráiler, cuando escuchó los gritos de su madre se levantó para ver a su padrastro tendido en el suelo y a su madre intentando dar respiración boca a boca. A su corta edad no sabía qué hacer, se quedó estático viendo al hombre que lo había criado desvanecerse bajo la luz azulada de la madrugada y un olor a guacamole quedaría impregnado en él para siempre.

Foto: Jesús Verdugo │El Sol de Sinaloa

Durante el funeral y entre lapsos sin llanto ni dolor se reprochaba no saber qué hacer, unas vecinas que acudieron a dar el pésame a la familia le comentaron que en Cruz Roja estaban dando cursos, que podía entrar en "Juventud" un apartado para los jóvenes y pretensos socorristas.

Su primer servicio a bordo de una ambulancia le mostró el lado más duro de ser paramédico. Le reportaron un choque para el rumbo de San Pedro, Navolato. Al llegar encontró una camioneta calcinada con sus pasajeros dentro; quemándose irreconocibles. Alfonso dice que por varios días tuvo presente el olor a carne quemada, no podía comer ni beber... bienvenido a Cruz Roja.

Una mujer solitaria

Años y servicios después en una visita al asilo de ancianos, se tomó el tiempo de platicar con una octogenaria viejecita que reposaba en una apolillada mecedora que rechinaba con el ritmo nostálgico del olvido.

-¿Cómo está? -le preguntó.

-Pues triste, nadie me visita...

Era la hora de comer y cuando le llevaron el plato de verduras blandas y fruta, la vieja le ofreció a Alfonso, quien aceptó la invitación compartiendo así el plato. La mujer sorprendida le preguntó que si no le daba asco, por vieja. El socorrista sonrió y entablaron una plática que pudo ser eterna.

Pasaron semanas y Alfonso volvió al asilo, busco a la vieja en el lugar donde la dejó antes. La mira triste, cabizbaja y solo respondía con pujidos negativos: estoy enojada, le dijo. Porque no me volviste a visitar. En unos minutos ya eran amigos otra vez y el paramédico prometió ir más seguido, cosa que realmente cumpliría a cabalidad pues el cariño hacia ella era verdadero.

Llegó una tercera visita, que se demoró unas semanas por cuestiones de agenda, pero lo tenía a la puerta del asilo listo para una tarde de historias lejanas que dejan un sabor dulzón por la nostalgia inocente que derramaba esa vieja. Fue a buscar la mecedora que ahora estaba sola y limpia, rechinando con menos fuerza. Una enfermera lo vio y se le acercó: ya no está la Chencha, se nos fue.

Foto: Jesús Verdugo │El Sol de Sinaloa

OTRO GOLPE MÁS

Un golpe más en la corta carrera de Alfonso Esparza quien también vio morir al famoso Cadete; mítico elemento de la benemérita institución quien ha sido padrino de tantas leyendas de la ambulancia. Dice que ver apagarse a una persona como el cadete pudo ser de lo más doloroso que recuerde, aquel hombre recio y valiente sucumbiendo a la insuficiencia pulmonar lo hizo recordar la fragilidad de la vida.

Durante su carrera, Alfonso fue maestro de incontables generaciones de Juventudes, niños y adolescentes que formaron su carácter en docentes manos experimentadas de Esparza. Hacia visitas a secundarias para difundir la labor de la institución y así acercar a todos al servicio humanitario más noble.

La vida a veces se torna como una trágica comedia: el cáncer apareció en su vida. Diezmado anímicamente decidió dejar por un tiempo a Cruz Roja, su lucha fue dura y larga. Alfonso cuenta que el amor y fortaleza de su pareja lo ayudó a levantar la cabeza y volver a servicio.

En esa lucha lejana a Cruz Roja, aquellos que fueron sus alumnos de tantos años le organizaron un homenaje, un agradecimiento por la paciencia y conocimiento. En el salón había médicos, ingenieros, maestros y demás profesionistas que si bien Alfonso no recordaba, ellos a él sí.

Durante el homenaje se realizó una colecta de dinero para solventar los fuertes gastos que el cáncer ocasiona. El veterano socorrista suelta ligeras lágrimas cuando dice que el dinero no le importó en ese momento, sino ver a esos adultos, que alguna vez fueron sus alumnos, regalarle ese momento de gratitud franca. Cosechas lo que siembras, le dijo, su esposa.

Algunos paramédicos alaban la tenacidad de Esparza al seguir en servicio con la lucha del cáncer a cuestas. El negro Inzunza expresa con admiración que la fuerza de ese paramédico es impresionante: "Ese vato sí es cabrón, así como andaba no dejaba de ir a Cruz Roja, ayudaba en todo lo que podía", dice.

Por todas las canicas

Frase sencilla pero poderosa, su filosofía de vida al verse en esa etapa donde no tienes nada más que perder que la vida. La carga de muerte desaparece cuando la conoces de cerca y todos los días la saludas a la distancia. Alfonso le platica a sus hijos que si van a hacer algo, háganlo con toda la intensidad, con todo el amor.

En un acto de amor de padre traslado esa analogía a la realidad, regalándole una bolsa de canicas a cada uno. Y con un ejemplo práctico les pasó esa manera de ver la vida y la muerte.

Vamos por todo, hasta la raya.

Te puede interesar: Un amor de otros tiempos entre Yolanda y Tomás

VETERANOS

En este grupo Alfonso cumple un rol más en su vida, con una recuperación que va lenta.

ENTEREZA

Su fuerza ya no es la misma, pero su voluntad sÍ. Cada día es único para él, cada momento tiene su matiz específico.





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Culiacán, Sin.- -¡Diego...! , su mamá gritó el nombre del padrastro de Alfonso que era un niño y todavía los ayudaba en el negocio de la venta de verduras, tenían un tráiler que cargaban en Culiacán y se iban a vender a Hermosillo.

Como era costumbre al llegar en la madrugada a la central de abastos de Hermosillo, su madre preparaba un guacamole con los aguacates que ya llegaban maduros y ese era el desayuno rápido antes de comenzar a descargar.

Alfonso estaba acostado en la hamaca que colgaba del remolque del tráiler, cuando escuchó los gritos de su madre se levantó para ver a su padrastro tendido en el suelo y a su madre intentando dar respiración boca a boca. A su corta edad no sabía qué hacer, se quedó estático viendo al hombre que lo había criado desvanecerse bajo la luz azulada de la madrugada y un olor a guacamole quedaría impregnado en él para siempre.

Foto: Jesús Verdugo │El Sol de Sinaloa

Durante el funeral y entre lapsos sin llanto ni dolor se reprochaba no saber qué hacer, unas vecinas que acudieron a dar el pésame a la familia le comentaron que en Cruz Roja estaban dando cursos, que podía entrar en "Juventud" un apartado para los jóvenes y pretensos socorristas.

Su primer servicio a bordo de una ambulancia le mostró el lado más duro de ser paramédico. Le reportaron un choque para el rumbo de San Pedro, Navolato. Al llegar encontró una camioneta calcinada con sus pasajeros dentro; quemándose irreconocibles. Alfonso dice que por varios días tuvo presente el olor a carne quemada, no podía comer ni beber... bienvenido a Cruz Roja.

Una mujer solitaria

Años y servicios después en una visita al asilo de ancianos, se tomó el tiempo de platicar con una octogenaria viejecita que reposaba en una apolillada mecedora que rechinaba con el ritmo nostálgico del olvido.

-¿Cómo está? -le preguntó.

-Pues triste, nadie me visita...

Era la hora de comer y cuando le llevaron el plato de verduras blandas y fruta, la vieja le ofreció a Alfonso, quien aceptó la invitación compartiendo así el plato. La mujer sorprendida le preguntó que si no le daba asco, por vieja. El socorrista sonrió y entablaron una plática que pudo ser eterna.

Pasaron semanas y Alfonso volvió al asilo, busco a la vieja en el lugar donde la dejó antes. La mira triste, cabizbaja y solo respondía con pujidos negativos: estoy enojada, le dijo. Porque no me volviste a visitar. En unos minutos ya eran amigos otra vez y el paramédico prometió ir más seguido, cosa que realmente cumpliría a cabalidad pues el cariño hacia ella era verdadero.

Llegó una tercera visita, que se demoró unas semanas por cuestiones de agenda, pero lo tenía a la puerta del asilo listo para una tarde de historias lejanas que dejan un sabor dulzón por la nostalgia inocente que derramaba esa vieja. Fue a buscar la mecedora que ahora estaba sola y limpia, rechinando con menos fuerza. Una enfermera lo vio y se le acercó: ya no está la Chencha, se nos fue.

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La vida a veces se torna como una trágica comedia: el cáncer apareció en su vida. Diezmado anímicamente decidió dejar por un tiempo a Cruz Roja, su lucha fue dura y larga. Alfonso cuenta que el amor y fortaleza de su pareja lo ayudó a levantar la cabeza y volver a servicio.

En esa lucha lejana a Cruz Roja, aquellos que fueron sus alumnos de tantos años le organizaron un homenaje, un agradecimiento por la paciencia y conocimiento. En el salón había médicos, ingenieros, maestros y demás profesionistas que si bien Alfonso no recordaba, ellos a él sí.

Durante el homenaje se realizó una colecta de dinero para solventar los fuertes gastos que el cáncer ocasiona. El veterano socorrista suelta ligeras lágrimas cuando dice que el dinero no le importó en ese momento, sino ver a esos adultos, que alguna vez fueron sus alumnos, regalarle ese momento de gratitud franca. Cosechas lo que siembras, le dijo, su esposa.

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