/ sábado 25 de enero de 2020

Dámaso Montaño le ‘saca’ lo mejor al mar

Desde hace 30 años el mazatleco tiene su puesto en el embarcadero de la Isla de la Piedra, donde vende pescado de la mejor calidad

Mazatlán, Sin.- Hace 30 años decidió probar suerte en el comercio de mariscos, una actividad que le ha permitido sacar adelante a su familia. Dámaso Montaño Rojas es uno de los 20 locatarios que forman parte de la Unión de Vendedores de Pescado del embarcadero de la Isla de la Piedra, donde expende especies marinas recién salidas del mar y listas para irse a la sartén.

En su establecimiento se puede encontrar todo tipo de pescado recién salido de la bahía mazatleca. Y es que el producto que ofrece a locales y turistas es traído de las aguas cercanas a la isla del medio, la sindicatura de Mármol e inclusive de la Isla de la Piedra.

La pesca ha formado parte de toda su vida. Foto: Jesús Guzmán │El Sol de Mazatlán

De casi 60 años de edad, el vendedor de pescado reconoce que 20 años antes laboraba para las embarcaciones que se encuentran en el área de atracadero del ParqueBonfil.

Ahí trabajó en el área de carga y descarga de las especies marinas, que por temporadas eran trasladadas al puerto, donde inmediatamente se distribuían entre los comerciantes para su rápida venta.

Durante esas dos décadas, reconoce, le hizo al pescador, tiempo en el que se dio cuenta del sufrimiento que pasan los hombres del mar alejados de sus familias para poder llevarles el sustento.


Es muy dura la pesca, dejas a tus seres queridos, pero así es ese trabajo, es por un tiempo, pero ya con ellos disfrutas todo lo ganado a través de este bonito oficio Dámaso Montaño Rojas


La década de los 80’s, señala, quedó marcada en su vida, pues fue un tiempo en el que la abundancia siempre estuvo presente entre quienes laboraban para el sector pesquero de ese entonces.

Recuerda al embarcadero del Parque Bonfil como un lugar en el que parecía que siempre había fiesta, pues era mucho el júbilo de los pescadores por las capturas que realizaban.

Entre 1 y 2 horas, asegura, los trabajadores del mar atrapaban hasta 100 kilos de mojarra, que rápidamente era llevada a su comercialización, principalmente por las calles de terracerías del puerto.

El producto en ese entonces era llevado hasta las casas, ya sea a pie o en camionetas, donde a través de un alta voz, se daba a conocer la oferta, el precio del pescado.

Por un tiempo, alrededor de tres años, el pescador decidió combinar la captura de peces con su comercialización, pues veía cómo el producto ‘volaba’ al llegar a los puestos del embarcadero.

En una ocasión, comenta, pidió permiso para instalar un pequeño puesto, a escasos tres metros del acceso que comunica al área donde se encuentran las lanchas que trasladan a la gente al ejido de la Isla de la Piedra.

Tras colocar alrededor de 50 pescados de todo tipo, que hacía un par de horas había capturado, comenzaron a ser adquiridos por las marchantas, que a temprana hora acuden a ese recinto comercial que se halla frente a la colonia Gabriel Leyva.

Recuerda que el producto se acabó en cuestión de minutos, pues su costo era barato, alrededor de 10 o 15 pesos el kilo, además que en ese entonces había mucho circulante, así como compradores.

Desde entonces, Dámaso comenzó a ocupar más su tiempo en la venta de pescado, que precisamente con el pasar de los años y sus conocimientos en las capturas, le han permitido identificar cada una de las especies que vende.

Entre las especies que vende, muchas son similares, como la curvina rayada, el burro roncacho, la curvina, la paleta y el constantino, que sólo él sabe reconocer.


A mí no me dan gato por liebre, conozco bien cada uno de los pescados que vendo, y lo que vendo es lo que se lleva la gente, a nadie engañamos con lo que compran Dámaso Montaño Rojas


Asegura que la mayoría de las especies marinas que vende se parecen porque son familiares, pero tienen algunos detalles en sus cuerpos que los hace diferentes uno de otro.

Pescador honesto

Pese a la similitud que tienen al menos 5 especies marinas, indica que habla con la verdad a sus clientes, a quienes les hace ver lo que compran, para que no los engañen.

Comenta que hay casos lamentables en los que a los compradores les dan un producto distinto al que pidieron, y todo por no saber diferenciar uno del otro.

Uno de los pescados que puede confundir, señala, es la especie conocida como “berrugata” que ha habido situaciones de clientes a los que se les ha vendido como si fuera curvina.

El primer pescado, precisa, es chato de su cabeza y eso hace que sea diferente al otro, el cual su color amarillento también es un dato que deben tomar en cuenta los compradores al momento de adquirirlo.

Hasta donde pueda

Para Dámaso los años no pasan en balde, por lo que no duda que en 1 o 3 años deje la labor, lo cual es una mera suposición, ya que no puede mantenerse quieto en su hogar.

Tras pisar casi los 60 años de edad, señala, su condición le ha permitido que tenga que levantarse a las 4:00 de la mañana para continuar hasta las 12:00 de la tarde.

Durante esas 8 horas, menciona, permanece en el embarcadero, donde se distrae y a la vez obtiene una ganancia, que no es la misma a la de hace 30 años, pero le ha permitido salir adelante.

Tras llegar el medio día, el comerciante recolecta el producto que no pudo vender, pero que guarda para ofrecerlo al siguiente día, porque sabe que no se debe desperdiciar lo que el mar le ha dado desde hace 3 décadas.

Te puede interesar: Señuelos de mar: artesanías que pescan elaboradas por el mazatleco Erick Rodelo

DATOS

30 años tiene Dámaso en el comercio de mariscos.

20 locatarios forman parte de la Unión de Vendedores de Pescado del embarcadero de la Isla de la Piedra.

60 años de edad tiene Dámaso.

3 años trabajó como pescador.


Lee mas aquí:





Mazatlán, Sin.- Hace 30 años decidió probar suerte en el comercio de mariscos, una actividad que le ha permitido sacar adelante a su familia. Dámaso Montaño Rojas es uno de los 20 locatarios que forman parte de la Unión de Vendedores de Pescado del embarcadero de la Isla de la Piedra, donde expende especies marinas recién salidas del mar y listas para irse a la sartén.

En su establecimiento se puede encontrar todo tipo de pescado recién salido de la bahía mazatleca. Y es que el producto que ofrece a locales y turistas es traído de las aguas cercanas a la isla del medio, la sindicatura de Mármol e inclusive de la Isla de la Piedra.

La pesca ha formado parte de toda su vida. Foto: Jesús Guzmán │El Sol de Mazatlán

De casi 60 años de edad, el vendedor de pescado reconoce que 20 años antes laboraba para las embarcaciones que se encuentran en el área de atracadero del ParqueBonfil.

Ahí trabajó en el área de carga y descarga de las especies marinas, que por temporadas eran trasladadas al puerto, donde inmediatamente se distribuían entre los comerciantes para su rápida venta.

Durante esas dos décadas, reconoce, le hizo al pescador, tiempo en el que se dio cuenta del sufrimiento que pasan los hombres del mar alejados de sus familias para poder llevarles el sustento.


Es muy dura la pesca, dejas a tus seres queridos, pero así es ese trabajo, es por un tiempo, pero ya con ellos disfrutas todo lo ganado a través de este bonito oficio Dámaso Montaño Rojas


La década de los 80’s, señala, quedó marcada en su vida, pues fue un tiempo en el que la abundancia siempre estuvo presente entre quienes laboraban para el sector pesquero de ese entonces.

Recuerda al embarcadero del Parque Bonfil como un lugar en el que parecía que siempre había fiesta, pues era mucho el júbilo de los pescadores por las capturas que realizaban.

Entre 1 y 2 horas, asegura, los trabajadores del mar atrapaban hasta 100 kilos de mojarra, que rápidamente era llevada a su comercialización, principalmente por las calles de terracerías del puerto.

El producto en ese entonces era llevado hasta las casas, ya sea a pie o en camionetas, donde a través de un alta voz, se daba a conocer la oferta, el precio del pescado.

Por un tiempo, alrededor de tres años, el pescador decidió combinar la captura de peces con su comercialización, pues veía cómo el producto ‘volaba’ al llegar a los puestos del embarcadero.

En una ocasión, comenta, pidió permiso para instalar un pequeño puesto, a escasos tres metros del acceso que comunica al área donde se encuentran las lanchas que trasladan a la gente al ejido de la Isla de la Piedra.

Tras colocar alrededor de 50 pescados de todo tipo, que hacía un par de horas había capturado, comenzaron a ser adquiridos por las marchantas, que a temprana hora acuden a ese recinto comercial que se halla frente a la colonia Gabriel Leyva.

Recuerda que el producto se acabó en cuestión de minutos, pues su costo era barato, alrededor de 10 o 15 pesos el kilo, además que en ese entonces había mucho circulante, así como compradores.

Desde entonces, Dámaso comenzó a ocupar más su tiempo en la venta de pescado, que precisamente con el pasar de los años y sus conocimientos en las capturas, le han permitido identificar cada una de las especies que vende.

Entre las especies que vende, muchas son similares, como la curvina rayada, el burro roncacho, la curvina, la paleta y el constantino, que sólo él sabe reconocer.


A mí no me dan gato por liebre, conozco bien cada uno de los pescados que vendo, y lo que vendo es lo que se lleva la gente, a nadie engañamos con lo que compran Dámaso Montaño Rojas


Asegura que la mayoría de las especies marinas que vende se parecen porque son familiares, pero tienen algunos detalles en sus cuerpos que los hace diferentes uno de otro.

Pescador honesto

Pese a la similitud que tienen al menos 5 especies marinas, indica que habla con la verdad a sus clientes, a quienes les hace ver lo que compran, para que no los engañen.

Comenta que hay casos lamentables en los que a los compradores les dan un producto distinto al que pidieron, y todo por no saber diferenciar uno del otro.

Uno de los pescados que puede confundir, señala, es la especie conocida como “berrugata” que ha habido situaciones de clientes a los que se les ha vendido como si fuera curvina.

El primer pescado, precisa, es chato de su cabeza y eso hace que sea diferente al otro, el cual su color amarillento también es un dato que deben tomar en cuenta los compradores al momento de adquirirlo.

Hasta donde pueda

Para Dámaso los años no pasan en balde, por lo que no duda que en 1 o 3 años deje la labor, lo cual es una mera suposición, ya que no puede mantenerse quieto en su hogar.

Tras pisar casi los 60 años de edad, señala, su condición le ha permitido que tenga que levantarse a las 4:00 de la mañana para continuar hasta las 12:00 de la tarde.

Durante esas 8 horas, menciona, permanece en el embarcadero, donde se distrae y a la vez obtiene una ganancia, que no es la misma a la de hace 30 años, pero le ha permitido salir adelante.

Tras llegar el medio día, el comerciante recolecta el producto que no pudo vender, pero que guarda para ofrecerlo al siguiente día, porque sabe que no se debe desperdiciar lo que el mar le ha dado desde hace 3 décadas.

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