/ sábado 15 de agosto de 2020

Crónicas de Ambulancia: Los muertos del panteón de Pericos

Hace 40 años, Adela encontró una visión terrorífica en los límites del camposanto mocoritense

Culiacán, Sin. Una vida para olvidar lo que vio en esa cerca no es suficiente para María Adela, con 20 años pero con gran experiencia, entró a las fauces del huracán Lidia en 1981, suceso que le cambió la percepción de la vida y la muerte para el resto de su vida.

María Adela Torres Morales, paramédico de la vieja escuela; primera generación femenina en subirse a una ambulancia y primera generación de Técnico en Urgencias Médicas. Contemporánea de la generación que entrenó a los mejores socorristas y dio gran identidad a la institución.

La veterana socorrista cuenta que su ingreso a las filas de Cruz Roja fue de imprevisto, un accidente casi. Eran los setentas y en la clínica laboraban monjas en la sanación de los pacientes, además de impartir estudios bíblicos a quien quisiera ir.


Foto: Cortesía | Cruz Roja

Durante una sesión a la que Adela asistía, aún siendo adolecente, una emergencia llegó a bordo de una ambulancia; las hermanas religiosas dejaron sus roles de docencia para ayudar con los heridos, a falta de manos una de ellas invitó a Adela a apoyar, le dio una bata blanca y la puso a hacer curaciones urgentes.

Tan bien se desenvolvió que para la siguiente semana ya estaba tomando cursos de primeros auxilios donde antes leía la biblia. 13 años y comenzaba un viaje de una vida al servicio de los heridos y desvalidos.

VOCACIÓN

Pasaron los años y se graduó como primera generación en TUM y marcó el inicio de mujeres paramédicos. La experiencia adquirida en servicio junto a sus estudios de enfermería la forjaron como un elemento clave en las emergencias, además de su humanidad desbordada que consolaba a quien ya no tenía esperanza.

1981 llegó con una temporada de huracanes brutales; Norma a mediados de septiembre y días después: Lidia. Agresiva tormenta tropical formada en el Pacífico noroeste, un breve y destructivo paso por Cabo San Lucas, y su impacto en costas sinaloenses.


Foto: Cortesía | Cruz Roja

El llamado llegó en la madrugada; en la sindicatura de Pericos, en Mocorito, había llovido mucho, demasiado para esa zona. Reportes de inundaciones que se quedaron cortas a la realidad. Cerca de ahí, en Bachiulato, seis soldados murieron ahogados al intentar rescatar campesinos de la corriente de agua.

HURACÁN

Al amanecer del 8 de octubre, Adela y un equipo de paramédicos y bomberos de Culiacán, arribaron a la zona de desastre. Un helicóptero sobrevolaba el desolado pueblo que no parecía lo que era antes. Animales berreando sobre árboles, una visión de un puerco sobre un techo daba testimonio del caos que dejó Lidia.

Los muertos eran incalculables para esa hora, los vivos; salían de entre el lodo, las ramas y las copas de los álamos que soportaron el embate de la naturaleza. Adela aliviaba el dolor de las heridas, pero imposible tratar la nostalgia de las personas que vieron pasar frente a ellos su patrimonio entre el caudal.

Horas después llegaron al panteón del pueblo, un camino de destrucción que dejaba lápidas regadas y mezcladas en lodo, vacas muertas tenían que ser esquivadas para alcanzar el punto al que iban.


En los límites del cementerio Adela vio con dolor y una impotencia que le apachurraba el corazón, que en el cerco de alambre de púas quedaron decenas de cuerpos atorados. La corriente los llevó hasta allá a morir; tal vez ahogados o por las heridas.

Niños, mujeres y hombres adultos: eran demasiados pero comenzaron a identificarlos junto a los pobladores. Había cuerpos de otros pueblos, cuerpos que nadie identificó por no conocerlos. Las madres confusamente aliviadas por encontrar el cuerpo de sus hijos como mejor noticia después de saberlos muertos.

Familias desconsoladas al no ver el rostro conocido en ese cerco tuvieron que resignarse a darle luto a una caja vacía. Adela de 20 años sentía su estómago estrujarce de nostalgia. Su impotencia era por no poder aliviar ese dolor. Si tan solo fueran heridas, pensaba.

La jornada terminó al crepúsculo, cansados y exhaustos regresaron a Culiacán. No había más que hacer y la lluvia seguía, lenta y burlesca, como si se mofara de los esfuerzos humanos por detenerla.


Los reportes al día siguiente fueron conservadores: 76 muertos y una cifra opaca de desaparecidos. Sin contar los daños al patrimonio de esos pueblos. A la fecha se calcula que se perdieron en ganado, cultivos y vehículos cerca de 80 millones de dólares al tipo de cambio de ese año.

María Adela detiene su relato para reflexionar sobre la experiencia. Aquí estamos todavía, dice. Porque si bien ese servicio la marcó, no la detuvo; como la fuerza de la naturaleza es grande, así es su voluntad y ahora en el cuerpo de veteranos continúa su trabajo de ayudar a sanar las heridas del cuerpo y del corazón.

PERFIL

Con 20 años de edad, María Adela entró a Cruz Roja guiada por un espíritu de servicio a las personas.Sus años mejores los pasó en esta benemérita institución y ahora con orgullo forma parte de los veteranos. Ya han pasado 39 años desde entonces.

HURACÁN

El huracán Lidia pegó entre el 6 y 8 de octubre de 1981 en Sinaloa, y se convirtió en tormenta tropical cuando pasó por el municipio de Mocorito, internándose en Badiraguato, hasta donde llegó sus terribles efectos.



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Culiacán, Sin. Una vida para olvidar lo que vio en esa cerca no es suficiente para María Adela, con 20 años pero con gran experiencia, entró a las fauces del huracán Lidia en 1981, suceso que le cambió la percepción de la vida y la muerte para el resto de su vida.

María Adela Torres Morales, paramédico de la vieja escuela; primera generación femenina en subirse a una ambulancia y primera generación de Técnico en Urgencias Médicas. Contemporánea de la generación que entrenó a los mejores socorristas y dio gran identidad a la institución.

La veterana socorrista cuenta que su ingreso a las filas de Cruz Roja fue de imprevisto, un accidente casi. Eran los setentas y en la clínica laboraban monjas en la sanación de los pacientes, además de impartir estudios bíblicos a quien quisiera ir.


Foto: Cortesía | Cruz Roja

Durante una sesión a la que Adela asistía, aún siendo adolecente, una emergencia llegó a bordo de una ambulancia; las hermanas religiosas dejaron sus roles de docencia para ayudar con los heridos, a falta de manos una de ellas invitó a Adela a apoyar, le dio una bata blanca y la puso a hacer curaciones urgentes.

Tan bien se desenvolvió que para la siguiente semana ya estaba tomando cursos de primeros auxilios donde antes leía la biblia. 13 años y comenzaba un viaje de una vida al servicio de los heridos y desvalidos.

VOCACIÓN

Pasaron los años y se graduó como primera generación en TUM y marcó el inicio de mujeres paramédicos. La experiencia adquirida en servicio junto a sus estudios de enfermería la forjaron como un elemento clave en las emergencias, además de su humanidad desbordada que consolaba a quien ya no tenía esperanza.

1981 llegó con una temporada de huracanes brutales; Norma a mediados de septiembre y días después: Lidia. Agresiva tormenta tropical formada en el Pacífico noroeste, un breve y destructivo paso por Cabo San Lucas, y su impacto en costas sinaloenses.


Foto: Cortesía | Cruz Roja

El llamado llegó en la madrugada; en la sindicatura de Pericos, en Mocorito, había llovido mucho, demasiado para esa zona. Reportes de inundaciones que se quedaron cortas a la realidad. Cerca de ahí, en Bachiulato, seis soldados murieron ahogados al intentar rescatar campesinos de la corriente de agua.

HURACÁN

Al amanecer del 8 de octubre, Adela y un equipo de paramédicos y bomberos de Culiacán, arribaron a la zona de desastre. Un helicóptero sobrevolaba el desolado pueblo que no parecía lo que era antes. Animales berreando sobre árboles, una visión de un puerco sobre un techo daba testimonio del caos que dejó Lidia.

Los muertos eran incalculables para esa hora, los vivos; salían de entre el lodo, las ramas y las copas de los álamos que soportaron el embate de la naturaleza. Adela aliviaba el dolor de las heridas, pero imposible tratar la nostalgia de las personas que vieron pasar frente a ellos su patrimonio entre el caudal.

Horas después llegaron al panteón del pueblo, un camino de destrucción que dejaba lápidas regadas y mezcladas en lodo, vacas muertas tenían que ser esquivadas para alcanzar el punto al que iban.


En los límites del cementerio Adela vio con dolor y una impotencia que le apachurraba el corazón, que en el cerco de alambre de púas quedaron decenas de cuerpos atorados. La corriente los llevó hasta allá a morir; tal vez ahogados o por las heridas.

Niños, mujeres y hombres adultos: eran demasiados pero comenzaron a identificarlos junto a los pobladores. Había cuerpos de otros pueblos, cuerpos que nadie identificó por no conocerlos. Las madres confusamente aliviadas por encontrar el cuerpo de sus hijos como mejor noticia después de saberlos muertos.

Familias desconsoladas al no ver el rostro conocido en ese cerco tuvieron que resignarse a darle luto a una caja vacía. Adela de 20 años sentía su estómago estrujarce de nostalgia. Su impotencia era por no poder aliviar ese dolor. Si tan solo fueran heridas, pensaba.

La jornada terminó al crepúsculo, cansados y exhaustos regresaron a Culiacán. No había más que hacer y la lluvia seguía, lenta y burlesca, como si se mofara de los esfuerzos humanos por detenerla.


Los reportes al día siguiente fueron conservadores: 76 muertos y una cifra opaca de desaparecidos. Sin contar los daños al patrimonio de esos pueblos. A la fecha se calcula que se perdieron en ganado, cultivos y vehículos cerca de 80 millones de dólares al tipo de cambio de ese año.

María Adela detiene su relato para reflexionar sobre la experiencia. Aquí estamos todavía, dice. Porque si bien ese servicio la marcó, no la detuvo; como la fuerza de la naturaleza es grande, así es su voluntad y ahora en el cuerpo de veteranos continúa su trabajo de ayudar a sanar las heridas del cuerpo y del corazón.

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