/ sábado 29 de agosto de 2020

Crónicas de Ambulancia: El encerrón de Pipio con la muerte

En el tiempo donde sus uniformes eran monocromáticos, los socorristas tenían que aprender rápido

Culiacán, Sin.- César Fernando Franco, socorrista mejor conocido como Pipio, cuenta con décadas de servicio sobre sus hombros. Hoy a sus 68 años, sirve al cuerpo de veteranos de Cruz Roja, donde su experiencia y humanidad continúan inundando los pasillos de la institución.

Al día de hoy, Pipio es un respetable socorrista que compartió servicio con grandes leyendas de la institución, pero todavía recuerda su primer rescate, aquel que sucedió entre mangles y lodo. Que además de dejarle una extraña, pero hoy, graciosa experiencia, contrasta lo que significaba ser paramédico durante el siglo pasado.

Era 1976 y un joven César Franco comenzaba su carrera de socorrista en una vieja ambulancia de la década pasada que iba rumbo al estero de los algodones. Junto a él iban: Tomás Rosas, Juan Flores y un tal Tiburonero, Gildardo Ríos. Todo iba relativamente bien, César apenas había terminado su curso de rescate acuático, no había estado en un escenario real aún.

Con todo el nerviosismo llegó a la orilla de un estero. Se preparó con el equipo de buceo y con el calor de una sinaloense mañana calurosa sentía el sudor frío escurriendo su espalda. El muchacho era visto desde la ambulancia por sus experimentados compañeros que analizaban su primer servicio.


LO IMPREVISTO

El reporte había llegado temprano, un joven de veintitantos salió de su casa rumbo al estero de los algodones a recolectar ostiones y patas de mula. Al no tener noticias de él, llamaron a los rescatistas por temor a que se haya perdido.

César Franco se adentró en el lodoso paraje, sin durar mucho tiempo bajo el agua, encontró al joven atorado entre los manglares. Un costal repleto de conchas lo había sumergido al fondo del estero y ese mismo costal se atoró entre las raíces; murió ahogado.

Foto: Cortesía | Cruz Roja

El inexperto socorrista salió a flote gritando pueblo había encontrado, que sí que hacía, les preguntó. "Pues sácalo, cabron" le dijeron entre risas.

Pipio no quería tocarlo, nunca había visto un cadáver, mucho menos tocar uno, y más alejado de eso, tener que cargarlo. Se armó de valor repitiéndose su obligación como rescatista y regresó al fondo del estero.

Cortó las líneas del costal que lo ataban al mangle y salió a flote junto al cadáver, dejando kilos de ostiones atrás, mismos que le costaron la vida a aquel joven. En la orilla ya lo esperaban sus compañeros que lo ayudaron a sacar del agua al finado.


TRASLADO

Ahora tenía otra tarea; llevar el muerto al Panteón civil, donde las autoridades se encargarían del resto del proceso. Acercaron la ambulancia lo más cerca de la orilla y Pipio jaló al cuerpo inerte dentro de ella.

"Acomodalo bien al fondo" le dijo, el Tiburonero.

La unidad rechinaba cada paso que Cesar daba dentro junto al cadáver, cuando lo soltó dentro; Gildardo Ríos cerró la puerta de la ambulancia, que solo habría desde afuera. Pipio entró en pánico al sentirse encerrado con un muerto. Se le alteró la respiración y solo escuchaba su corazón que parecía querer salir antes que él de la ambulancia.

Afuera, un coro de carcajadas hacía desesperar más al joven socorrista que no pensó mucho que hacer y de una patada abrió las puertas de la ambulancia. Salió disparado y miró a sus compañeros desgañitarse de risa mientras recogían todo para irse.

Foto: Cortesía | Cruz Roja

El camino de regreso fue pura risa y gritos, ahora sí, ya era parte de ese grupo de socorristas que miraron la muerte a los ojos, que pueden enfrentar cualquier cosa que se ponga frente a ellos.

Lee también: Crónicas de Ambulancia: El alumbramiento

44 años después, un veterano Pipio se ríe sinceramente. Entendió su "novatada" y lo diferente de la vida de paramédico en esos tiempos. "Esos cabrones", dice, Cesar, mientras nombra por sus apodos a esos compañeros que le iniciaron en el duro camino del socorrismo y se convirtieron en amigos para toda la vida.

PERFIL

César Franco contaba con poco más de 20 años cuando ingresó a las filas de Cruz Roja, y fue en el año 76 cuando le tocó vivir la experiencia que marcó su vida y su trayectoria como socorrista. Hoy tiene 68 años y es parte del grupo de veteranos.





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Culiacán, Sin.- César Fernando Franco, socorrista mejor conocido como Pipio, cuenta con décadas de servicio sobre sus hombros. Hoy a sus 68 años, sirve al cuerpo de veteranos de Cruz Roja, donde su experiencia y humanidad continúan inundando los pasillos de la institución.

Al día de hoy, Pipio es un respetable socorrista que compartió servicio con grandes leyendas de la institución, pero todavía recuerda su primer rescate, aquel que sucedió entre mangles y lodo. Que además de dejarle una extraña, pero hoy, graciosa experiencia, contrasta lo que significaba ser paramédico durante el siglo pasado.

Era 1976 y un joven César Franco comenzaba su carrera de socorrista en una vieja ambulancia de la década pasada que iba rumbo al estero de los algodones. Junto a él iban: Tomás Rosas, Juan Flores y un tal Tiburonero, Gildardo Ríos. Todo iba relativamente bien, César apenas había terminado su curso de rescate acuático, no había estado en un escenario real aún.

Con todo el nerviosismo llegó a la orilla de un estero. Se preparó con el equipo de buceo y con el calor de una sinaloense mañana calurosa sentía el sudor frío escurriendo su espalda. El muchacho era visto desde la ambulancia por sus experimentados compañeros que analizaban su primer servicio.


LO IMPREVISTO

El reporte había llegado temprano, un joven de veintitantos salió de su casa rumbo al estero de los algodones a recolectar ostiones y patas de mula. Al no tener noticias de él, llamaron a los rescatistas por temor a que se haya perdido.

César Franco se adentró en el lodoso paraje, sin durar mucho tiempo bajo el agua, encontró al joven atorado entre los manglares. Un costal repleto de conchas lo había sumergido al fondo del estero y ese mismo costal se atoró entre las raíces; murió ahogado.

Foto: Cortesía | Cruz Roja

El inexperto socorrista salió a flote gritando pueblo había encontrado, que sí que hacía, les preguntó. "Pues sácalo, cabron" le dijeron entre risas.

Pipio no quería tocarlo, nunca había visto un cadáver, mucho menos tocar uno, y más alejado de eso, tener que cargarlo. Se armó de valor repitiéndose su obligación como rescatista y regresó al fondo del estero.

Cortó las líneas del costal que lo ataban al mangle y salió a flote junto al cadáver, dejando kilos de ostiones atrás, mismos que le costaron la vida a aquel joven. En la orilla ya lo esperaban sus compañeros que lo ayudaron a sacar del agua al finado.


TRASLADO

Ahora tenía otra tarea; llevar el muerto al Panteón civil, donde las autoridades se encargarían del resto del proceso. Acercaron la ambulancia lo más cerca de la orilla y Pipio jaló al cuerpo inerte dentro de ella.

"Acomodalo bien al fondo" le dijo, el Tiburonero.

La unidad rechinaba cada paso que Cesar daba dentro junto al cadáver, cuando lo soltó dentro; Gildardo Ríos cerró la puerta de la ambulancia, que solo habría desde afuera. Pipio entró en pánico al sentirse encerrado con un muerto. Se le alteró la respiración y solo escuchaba su corazón que parecía querer salir antes que él de la ambulancia.

Afuera, un coro de carcajadas hacía desesperar más al joven socorrista que no pensó mucho que hacer y de una patada abrió las puertas de la ambulancia. Salió disparado y miró a sus compañeros desgañitarse de risa mientras recogían todo para irse.

Foto: Cortesía | Cruz Roja

El camino de regreso fue pura risa y gritos, ahora sí, ya era parte de ese grupo de socorristas que miraron la muerte a los ojos, que pueden enfrentar cualquier cosa que se ponga frente a ellos.

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