/ sábado 14 de septiembre de 2019

Carlos Gutiérrez: "La Estatua Dorada"

Durante 20 años Carlos Gutiérrez se ha pintado y parado inerte frente a los peatones de Culiacán

Culiacán,Sin.- Carlos Gutiérrez vive en el limbo de la vida sin hogar en México, entre sus múltiples trabajos y oficios que ha desarrollado a lo largo de 20 años, el de estatua humana ha sido el que mayor satisfacción le ha dejado.

"Los niños tristes sonríen cuando me ven, los jóvenes paran a tomarse fotos y aunque no me dejen una moneda, saber que le alegré el día a alguien me deja tranquilo" comenta, Carlos, desde su pedestal en la esquina de las calles Hidalgo y Carrasco en el Centro de Culiacán.

Originario de Sonora, Carlos cuenta que su historia es menos brillante que sus personajes. A los 10 años fue llevado a un orfanato por sus padres pues no podían o querían mantenerlo. Por dos años lo visitaban a menudo, a los 13 dejaron de ir y los maltratos del lugar lo empujaban a irse lejos. 14 años y su primer escape del dolor se consumó; tomó sus poquísimas cosas y se montó en el tren de carga rumbo a Sinaloa. Las historias que oía de Culiacán le fascinaron: Malverde, Jared Borgetti, los mariscos, las mujeres... era un paraíso mediático y gastronómico para él.

Su primera morada fue en las vías cerca del palacio de gobierno, acogido por sus nuevos amigos y alimentado por los peatones o trabajadores sociales que de vez en cuando lo llevaban a algún albergue del que pronto se fugaba. Sin estudios pero con mucha ilusión comenzó a aprender el oficio del noble mendigo; manualidades, destrezas y shows callejeros. Siempre alejado de las malas prácticas o problemas, pues como él dice entre risas nerviosas: "hay de problemas a problemas, pero yo solo tenía los normales, los que se pueden solucionar".

Pasaban los años y descubrió que el arte y la expresión se le facilitaban, perfeccionó su show de estatua humana rápidamente y fue su principal fuente de ingresos. 56 pesos de inversión para la brillantina y el gel y podía ganar hasta 600 pesos en tres horas, cubría sus tres comidas y si le alcanzaba hasta pagarse un hotel de precio módico para pasar la noche. La gente empezó a conocerlo y su hambre de conocer más lo llevó a seguir viajando a estados donde las ferias grandes se asentaban, buscaba empleo allí y seguía aprendiendo y dándose a conocer.

La tragedia nunca dejó de seguirle el paso, y como un golpe de una mezcla extraña entre amargura y felicidad cuenta su experiencia en aquella feria de Torreón, cuando unos sujetos armados lo subieron a una cajuela y lo amarraron en un cuarto oscuro lejos de la ciudad. Presuntamente lo habían confundido, Carlos estaba terminando de trabajar y la feria de Torreón ya cerraba sus puertas hasta el día siguiente. No debía nada, ni lo buscaba nadie, pero esa noche terminó amarrado de manos a una silla y su muerte era inminente. Él, resignado comenzó a rezar al único Dios que conocía y ya sea por casualidad o milagro, pero escuchó una respuesta y cuenta como sus ataduras cedieron y pudo salir a tientas del cuarto oscuro rumbo al monte. Una noche caminando entre ramas espinosas y una oscuridad brutal hasta que dio con un retén del ejército nacional y pidió auxilio: el segundo escape se había consumado.

Carlos tomó esa señal como un aviso y se acercó a la religión, su agradecimiento fue tanto que dejó atrás a la iglesia en cuestión y comenzó a hacer el bien a como él lo comprendía. Volvió a Culiacán y siguió con su oficio de estatua humana, en sus horas libres vendía helados afuera de las escuelas, se acercaba a las casas aledañas al Centro y hacia trabajos de jardinería. Todo esto con el fin de conseguir más recurso y repartirlo con los niños desamparados que encontraba en su camino.

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"Yo veo a los niños chiquitos vagando y me da sentimiento, yo era así y poca gente me ayudó, y si Jesús era tan bueno y ayudaba a todos, yo quiero seguir ese camino" menciona, Carlos, como si estas palabras fueran su mantra.

Carlos no predica con palabras u oraciones, él sabe que hacerle el día feliz a un niño, a un joven o a cualquier persona es suficiente. Su piel dorada por la brillantina irradia llamativamente bajo el duro sol de Culiacán, pero su sonrisa cuando mira a un niño acercarse a darle un abrazo o simplemente saludarlo opaca ese brillo notablemente y deja atrás toda la tragedia de aquellos años en que comenzaba su camino. Siempre se puede ver a Carlos Gutiérrez Domínguez estoico bajo su disfraz de minero algunos días en el Centro de Culiacán, a veces rompe su porte de estatua para brindar una sonrisa o regalar un saludo a quien se le acerque, a quien lo necesite.

10 son los años de edad cuando Carlos es llevado a un orfanato por sus padres pues no podían o querían mantenerlo

PARA QUEDARSE

Las historias que oía de Culiacán le fascinaron: Malverde, Jared Borgetti, los mariscos, las mujeres...


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Culiacán,Sin.- Carlos Gutiérrez vive en el limbo de la vida sin hogar en México, entre sus múltiples trabajos y oficios que ha desarrollado a lo largo de 20 años, el de estatua humana ha sido el que mayor satisfacción le ha dejado.

"Los niños tristes sonríen cuando me ven, los jóvenes paran a tomarse fotos y aunque no me dejen una moneda, saber que le alegré el día a alguien me deja tranquilo" comenta, Carlos, desde su pedestal en la esquina de las calles Hidalgo y Carrasco en el Centro de Culiacán.

Originario de Sonora, Carlos cuenta que su historia es menos brillante que sus personajes. A los 10 años fue llevado a un orfanato por sus padres pues no podían o querían mantenerlo. Por dos años lo visitaban a menudo, a los 13 dejaron de ir y los maltratos del lugar lo empujaban a irse lejos. 14 años y su primer escape del dolor se consumó; tomó sus poquísimas cosas y se montó en el tren de carga rumbo a Sinaloa. Las historias que oía de Culiacán le fascinaron: Malverde, Jared Borgetti, los mariscos, las mujeres... era un paraíso mediático y gastronómico para él.

Su primera morada fue en las vías cerca del palacio de gobierno, acogido por sus nuevos amigos y alimentado por los peatones o trabajadores sociales que de vez en cuando lo llevaban a algún albergue del que pronto se fugaba. Sin estudios pero con mucha ilusión comenzó a aprender el oficio del noble mendigo; manualidades, destrezas y shows callejeros. Siempre alejado de las malas prácticas o problemas, pues como él dice entre risas nerviosas: "hay de problemas a problemas, pero yo solo tenía los normales, los que se pueden solucionar".

Pasaban los años y descubrió que el arte y la expresión se le facilitaban, perfeccionó su show de estatua humana rápidamente y fue su principal fuente de ingresos. 56 pesos de inversión para la brillantina y el gel y podía ganar hasta 600 pesos en tres horas, cubría sus tres comidas y si le alcanzaba hasta pagarse un hotel de precio módico para pasar la noche. La gente empezó a conocerlo y su hambre de conocer más lo llevó a seguir viajando a estados donde las ferias grandes se asentaban, buscaba empleo allí y seguía aprendiendo y dándose a conocer.

La tragedia nunca dejó de seguirle el paso, y como un golpe de una mezcla extraña entre amargura y felicidad cuenta su experiencia en aquella feria de Torreón, cuando unos sujetos armados lo subieron a una cajuela y lo amarraron en un cuarto oscuro lejos de la ciudad. Presuntamente lo habían confundido, Carlos estaba terminando de trabajar y la feria de Torreón ya cerraba sus puertas hasta el día siguiente. No debía nada, ni lo buscaba nadie, pero esa noche terminó amarrado de manos a una silla y su muerte era inminente. Él, resignado comenzó a rezar al único Dios que conocía y ya sea por casualidad o milagro, pero escuchó una respuesta y cuenta como sus ataduras cedieron y pudo salir a tientas del cuarto oscuro rumbo al monte. Una noche caminando entre ramas espinosas y una oscuridad brutal hasta que dio con un retén del ejército nacional y pidió auxilio: el segundo escape se había consumado.

Carlos tomó esa señal como un aviso y se acercó a la religión, su agradecimiento fue tanto que dejó atrás a la iglesia en cuestión y comenzó a hacer el bien a como él lo comprendía. Volvió a Culiacán y siguió con su oficio de estatua humana, en sus horas libres vendía helados afuera de las escuelas, se acercaba a las casas aledañas al Centro y hacia trabajos de jardinería. Todo esto con el fin de conseguir más recurso y repartirlo con los niños desamparados que encontraba en su camino.

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Carlos no predica con palabras u oraciones, él sabe que hacerle el día feliz a un niño, a un joven o a cualquier persona es suficiente. Su piel dorada por la brillantina irradia llamativamente bajo el duro sol de Culiacán, pero su sonrisa cuando mira a un niño acercarse a darle un abrazo o simplemente saludarlo opaca ese brillo notablemente y deja atrás toda la tragedia de aquellos años en que comenzaba su camino. Siempre se puede ver a Carlos Gutiérrez Domínguez estoico bajo su disfraz de minero algunos días en el Centro de Culiacán, a veces rompe su porte de estatua para brindar una sonrisa o regalar un saludo a quien se le acerque, a quien lo necesite.

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