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La combi nacional | Hojas de papel volando

  • Joel Hernández Santiago
  • en Cultura

“¡Súbale súbale, todavía caben! ¡Hágase pa’cá! ¡Hágase pa’llá! ¡Acomódese así o asá!” Y ahí vamos
apretaditos los dos, espumas y terciopelo
; no dos, somos tres, cuatro, cinco, seis ¡siete! ¡ocho! ¡nueve!… y los más que se pueda, aunque no quepan, porque todos tenemos prisa en “hora pico, desde aquí te brinco”.

El chiste es que nos vayamos en la combi sagrada. “Si vamos a caber en el infierno, que no quepamos en una chingada combi”, dice el último pasajero en tono de reto y se lanza al interior como en alberca; y ahí vamos, en calidad de personajes urbanos de la muy querida Familia Burrón:

Por fuera de la combi apenas se ven narices y rostros uno sobre otro, como pasa todos los días en las calles cacarizas y lunáticas de esta México el asiento, hoy conocida como CdMx luego de que el señor Miguel Ángel Mancera le quitara el “Distrito Federal” tan querido, o mejor, para los urbanólogos y transportólogos: Zona Metropolitana.

Y hoy, como en los viejos camiones de a treinta centavos, ocurre lo mismo, aunque el tamaño de la nave, la distinción y la vestimenta parezcan distintas. Todo está en conseguir treparse a la combi verde,
verde como el trigo verde y verde-verde limón
, con copetito blanco, de puerta corrediza y con la súpernovedad tecnológica del mecatito que la cierra desde el lugar del conductor.

Y subir sin hacer cara de fuchi a riesgo de una pamba colectiva y con ganas de llegar sano y salvo a donde el destino nos alcance. Y ya adentro, mientras arranca como si fuera Ferrari, acomodarse como se pueda, en alguna de esas micro bancas en donde
tóquele bien el bai’ao, tóquele bien el bai’ao, tóquele el vaivén, tóquele el vaivén: esta combi estilo cha-cha-chá…”

Aquí nadie se duerme, porque pasajero que se duerme, se lo lleva la corriente.

Así que hay que acomodar cuidadosamente la rabadilla en un espacio infinitesimal, de ahí en adelante la cosa está en empujar hacia atrás, empujar y empujar, hasta tocar el respaldo o que alguno de la orilla caiga o todos se hagan a la idea de que donde caben cuatro, caben cinco… o seis… o siete, portafolios y bolsas no cuentan en estos bólidos, hermanos menores de los microbuses y más menores de los trolebuses –que todavía hay por ahí algunos- y que sirven para transportar a gente que salió en cantidades industriales del vientre de sus señoras mamás y que viven o se acercan a este alto valle metafísico, que dijera don Alfonso Reyes.

Delante, en el asiento principalísimo junto al “conductor” va la mexicana, o el mexicano privilegiado. Es el lugar reservado para los dioses y para Diógenes que transporta la flama que alumbra al mundo y que aquí se ha convertido en volante de vehículo blindado contra mentadas de madre. En ese lugar distinguido hay lugar “para dos”; es el lugar en donde nadie molesta al pasajero VIP quien, además, tiene el privilegio de tener a la mano el peluche azul con el que Diógenes ha cubierto el tablero de su nave del olvido.

Y tiene a la mano el zapatito de bebé que cuelga del espejo retrovisor o, en su lugar, el Ce-De, regalo de la novia-esposa-amante; tiene a la mano la imagen del santo patrón de Diógenes y tiene a la mano el montón de Ce-De’s con música vibrante y vibradora, a tono con los tiempos: Margarita,
la diosa de la cumbia
, Los Tigres del Norte, el mal-averiguado Julión Álvarez, Lupillo Rivera… y hasta el difunto Valentín Elizalde con “
Cómo me duele, cómo me duele; como me duele que te saquen a bailar…
” y, acaso, alguna vez un chofer escuchará la radio en “Las noticias, señor” o si están muy pesadas –como es que es- entonces podrá cambiar a “La más perrooona”, y así se musicaliza la vida, el dolor y el transporte del pasajero que todo lo ve y todo lo perdona.

“Sonría, puede ser la última vez”.

De tiempo en tiempo pasajeros bajan, otros suben, otros miran de soslayo, otros hacen como que piensan la redondez de la tierra o quienes miran con desprecio a la plebe porque “yo me subí a esto porque se me descompuso el carro y necesito traer a un mecánico”.

Como quiera que sea, todos los que están ahí, todos los que estamos ahí, vamos a cumplir la encomienda de “tendrás que ganar el pan con el sudor de tu frente”, aunque ahí lo que suda es cosa diferente. Todos en la combi, o casi todos, somos gente productiva que nacemos, crecemos y nos reproducimos, más tarde, si de eso quedan ganas luego.

Pero hay diferencias. Por las mañanas predomina la gente joven que “estudian o trabajan”; gente de trabajo o quienes llevan a sus hijitos preciosos tan bonitos y refulgentes –y que sin que se dé cuenta la mamá preciosa, me hace caracolitos con la mano-. Van a la escuelita que está al otro lado del mundo porque “no me lo recibieron aunque tenía muy buenas calificaciones, pero ya sabe cómo es eso y, pues le tocó hasta acá en donde están puros reprobados”.

Los aromas van de lo seductor a lo primaveral, del jabón del baño reciente a la loción con olor a jazmines y
rosas en la cara
, que venden en una tienda cuca con tecolotitos, de un señor muy cuco que nunca-jamás-en la vida viajará en una combi nacional de a cinco pesos la dejada nada cuca.

Por las mañanas todavía es un privilegio eso de los aromas que, como ya se ha dicho aquí apropiadamente, van de tal a cual olorcillo, todavía confesable, a lo agrio y campirano por las tardes, después de las seis aquello transforma sus esencias a lo metro de París o de Madrid, con el agregado del perejil y la cebollita cambray, de la que todavía se percibe el rechinido.

Y ahí vamos llenos de color en nuestras ropitas de trabajo o de escuela o de ganas de tener trabajo, envueltos en nuestras soledades, pues para andar con nosotros, “nos bastan nuestros cinco pesos”.

Y ahí van nuestras almas en pena, metidas en una de las 40 mil combis con 106 rutas en toda la Ciudad de México y con mil 163 recorridos, que abarcan vías primarias y secundarias: la mayoría de los “operadores” son jóvenes que no encontraron chamba y pues eso: al desquite social.

Es la combi nacional, sagrada y bendecida, porque solo así se entiende que sus llantas a las que ya se les ve el aire, rueden a una velocidad vertiginosa, que pase semáforos en alto, que agreda a otros vehículos cuyos conductores sacan la mano para hacer un corte familiar, o quienes guardan la compostura y mascullan en los labios un “chinga a tu madre” o aquellos que prefieren pensar que así es esta vida que Dios le dio.

El “conductor” y la combi van ahí. Solos contra el mundo. Odiando al mundo “¡porque el mundo no me entiende y habré de desaparecerlo, comenzando por los que manejan a ochenta por hora y siguen la línea recta o los que esperan a que el semáforo se ponga en verde!”

El conductor joven, con el cabello en puntas, a lo erizo, con gel de gorila, pantalones de mezclilla con agujeros previamente fabricados, con tenis de marca comprados en la San Felipe y con una sonrisa diabólica en sus labios de cuyos colmillos, se ha dicho por ahí, salen gotas de sangre y con una mirada de color escarlata a lo Germán Robles en
El Vampiro
y, mientras aprieta el volante como a un rifle, da los cambios de velocidad a una velocidad solo comparable a la de los corredores de Fórmula Uno. Ahí los tenéis, cual les permitís.

Y desde arriba, desde el cielito lindo, se verá aquella combi que serpentea entre vehículos, que brinca, que empuja, que arremete, que frena y rechina y que nos traslada, que nos favorece, pero que nos arriesga y nos hace sentir el desahogo de la adrenalina nuestra de cada día.

Al final, todo esto tiene sus ventajas, porque no hay nada comparable con la llegada al destino y bajar-descender-tocar el piso aún con vida, porque sí, “aunque usted no lo crea”, se está vivito y coleando en esa parte de la tierra de la que llevamos la esencia en la sangre, porque estamos ahí, sobrevivimos y sobreviviremos hoy, mañana, pasado, todos los días a esa combi verde con copetito blanco y al ritmo de: “…
tóquele bien el bai’ao, tóquele bien el bai'ao: tóquele el vaivén, tóquele el vaivén: es la combi estilo cha-cha-chá
…”

jhsantiago@prodigy.net.mx

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