/ domingo 8 de septiembre de 2019

Unas gotitas de lectura


quienes leen lo saben; los lectores se hacen lenta y pacientemente, con esmero y con la consciencia de participar en una afición gozosa y constructiva (para ellos mismos) que los lleva a entregarse, felizmente, en los amorosos brazos de la lectura.


Juan Domingo Argüelles

Una llamada telefónica me avisó sobre el interés del gobernador del Estado, Quirino Ordaz, de ofrecer un desayuno para algunos sinaloenses que hemos ganado algún premio nacional en materia de arte y cultura a las nueve de la mañana el miércoles del 14 de agosto. Entre la lista de los seis invitados estaba mi nombre junto con: Petra Leyva, Sara Espinoza, ganadoras en premios nacionales en cerámica; César Cañedo, ganador del Premio Aguascalientes de Poesía; José Daniel Lemus, con el Premio Leamos la Ciencia para todos; Juan Carlos Aguirre, Premio Nacional de Fomento a la Lectura y Escritura 2018 y una servidora, con el mismo premio otorgado el año anterior. Las diversas hipótesis desde ese momento se empezaron a formular en mi cabecita.

Al principio, imaginé que la invitación a Palacio de Gobierno era para un acto político masivo, donde habría sinaloenses premiados de diferentes ámbitos. Hasta pensé que tendría oportunidad de tomarme una fotografía con Briseida Acosta; quién ganó oro en panamericanos o que quizás era que estábamos invitados para una fotografía, vislumbré el menú, la divulgación en la prensa, me veía en mesas de trabajo planteando iniciativas para fomentar la lectura o algo por el estilo. Afortunadamente, para sorpresa de los convocados, la reunión se otorgó en un ambiente: íntimo, cálido y hospitalario, éramos menos de diez personas en ese salón. La más interesada en el mecanismo o inspiración que nos hizo ganadores de esos premios nacionales era la primera dama: Rosy Fuentes. Así que charlamos en un ambiente ameno, nos preguntaron sobre nuestros proyectos y necesidades para seguir impulsando nuestra labor. Así que pedimos. En el caso de Juan Carlos y una servidora, nos atrevimos a pedir: Juan Carlos un Encuentro de Mediadores y en mi caso capacitación para los todos los mediadores y acervos. Todos son voluntarios y este grupo que ofrecen su tiempo de manera gratuita en pro de la lectura y los libros. Ese día ganamos un aliado: Daniel Lemus consideró muy importante se le permitiera vincular su trabajo de divulgación científica con el trabajo de salas de lectura.

El encuentro con el gobernador me trasladó al 2017. Es un año que he abrazado con singular alegría. Marcó mi trayecto como mediadora de lectura y en el voluntariado. Rompí algunos temores que como buenos fantasmas suelen acecharnos. El marro necesitaba la fuerza de una pequeña búsqueda entre mis propias miserias y fortalezas para entender quién he sido, quién soy y a dónde deseo proyectarme, partiendo del encuentro con la literatura. La lectura no sólo me ha ayudado a reforzar el conocimiento sobre el tipo de ser que habita en este cuerpo, sino a entender la diversidad con la que convivimos en el día a día, a la otredad.

Ser mediador del Programa Nacional Salas de Lecturas ha sido una bendita aventura, hemos navegado junto a las lecturas en plazuelas como la Isla de la Piedra, bajo cuatros paredes de oficinas con mis compañeros de trabajo, regalar “Unas gotitas de lecturas a los chicos del centro de rehabilitación”, empoderar a los niños y niñas que visitan el centro comercial por medio de la sala de lectura: pasillo lector. El Programa Salas de Lectura me ha heredado amistades, empatía, estrategias, amores literarios, viajes y conocimiento.

En ese año que gané. Ni me lo creía, nunca había escrito para un concurso, sólo para la soledad de mi ordenador y el desfogue de mis demonios. Esperé con ansias la apertura de espacios para socializar el trabajo galardonado, y no por el ego de expresar “Mi trabajo se presentó en X recinto”. El propósito fue y es; sembrar más cómplices o promotores de lectura. Un día decidí sembrar semillas en un valle accidentado, en un terreno que resume el dolor y la incertidumbre para una familia, sembrar semillas lectoras en un centro de rehabilitación, así que empezamos a esparcir gotitas lectoras para atenuar el dolor, tomar sombrero de artesano y luchar contra la deshumanización, la indiferencia ante el hoyo gigantesco heredado por la violencia. La primera ocasión que asistí a una FILIJ en el 2013, el ganador de aquel entonces del premio “México lee” al conocer su trabajo y sentir la pasión por hacer algo por su gente, por su comunidad, me inspiró a buscar espacios para difundir la lectura en población vulnerable, me marcó escuchar un proyecto cultural comunitario, créanme, me falta mucho, pero mucho camino por recorrer para generar un impacto social, porque ese es el verdadero interés de formar comunidades lectoras para incidir en una cultura de paz.

Ingenuamente pensé que quizás en su momento me llamarían de la UAS, de la Facultad de Ciencias Sociales como egresada de la carrera de Ciencias de la Comunicación, para motivar la participación de los estudiantes en este tipo de actividades de impacto en la comunidad; o de cultura municipal para presentar el trabajo ganador en mi tierra salada, en mi Mazatlán. Lo extraño es que nunca sucedió. Nunca se me ofreció un espacio para hacerlo. Todo mundo me felicita por un premio que desafortunadamente desconoce. Desde el centro, en Culiacán, desde la oficina del Instituto Sinaloense de Cultura me han abierto espacios, ellos conocen más de qué trata aquel escrito agraciado; conocen las salas que tenemos una servidora y la profesora Julia Viera. El ISIC me ofreció presentar el proyecto ganador en el stand de Sinaloa en la pasada Feria Internacional de Libro Infantil y Juvenil en la ciudad de México, antes de ese escenario lo presenté en Ciudad Sabinas, Coahuila. Lo relevante del proyecto, no es el premio; es del cómo los jóvenes y adultos se dejaron acariciar por unas gotitas de lectura, cómo la literatura fue un bálsamo para su encierro. Y cómo motivar para que mediadores o voluntarios no tengan temor de establecer proyectos con población en reclusión.

Intento ser discreta con las cosas que me hacen feliz, entre ellas el fomentar la lectura, me entra un poco la melancolía, de esa nostalgia de la buena. Un día antes del encuentro con el gobernador, los recuerdos de mi infancia, del viejo barrio Urías, de la hermosa vista que hay de Mazatlán emanada del cerro que resguarda al basurón municipal, el olor a guano, el humo de la termoeléctrica, los mangles, la marisma, los carros a alta velocidad pasando indiferentes frente a mi casa, las carencias, las risas, mi familia hicieron presencia y acariciaron el corazón. La única riqueza que ha rodeado mi vida es la imagen más poderosa y brillante, una que se apoderó de mis memorias de infancia: fue ver a mis padres sostener entre sus manos un libro, perdiendo la vista en universo de palabras. Fue ahí, en casa, donde descubrí la alfombra de Aladino, que me ha permitido volar. Hasta que un día pensé: es importante compartir espacio buscando jóvenes, adultos, niños y niñas valientes que se suban a este mágico viaje llamado lectura.


quienes leen lo saben; los lectores se hacen lenta y pacientemente, con esmero y con la consciencia de participar en una afición gozosa y constructiva (para ellos mismos) que los lleva a entregarse, felizmente, en los amorosos brazos de la lectura.


Juan Domingo Argüelles

Una llamada telefónica me avisó sobre el interés del gobernador del Estado, Quirino Ordaz, de ofrecer un desayuno para algunos sinaloenses que hemos ganado algún premio nacional en materia de arte y cultura a las nueve de la mañana el miércoles del 14 de agosto. Entre la lista de los seis invitados estaba mi nombre junto con: Petra Leyva, Sara Espinoza, ganadoras en premios nacionales en cerámica; César Cañedo, ganador del Premio Aguascalientes de Poesía; José Daniel Lemus, con el Premio Leamos la Ciencia para todos; Juan Carlos Aguirre, Premio Nacional de Fomento a la Lectura y Escritura 2018 y una servidora, con el mismo premio otorgado el año anterior. Las diversas hipótesis desde ese momento se empezaron a formular en mi cabecita.

Al principio, imaginé que la invitación a Palacio de Gobierno era para un acto político masivo, donde habría sinaloenses premiados de diferentes ámbitos. Hasta pensé que tendría oportunidad de tomarme una fotografía con Briseida Acosta; quién ganó oro en panamericanos o que quizás era que estábamos invitados para una fotografía, vislumbré el menú, la divulgación en la prensa, me veía en mesas de trabajo planteando iniciativas para fomentar la lectura o algo por el estilo. Afortunadamente, para sorpresa de los convocados, la reunión se otorgó en un ambiente: íntimo, cálido y hospitalario, éramos menos de diez personas en ese salón. La más interesada en el mecanismo o inspiración que nos hizo ganadores de esos premios nacionales era la primera dama: Rosy Fuentes. Así que charlamos en un ambiente ameno, nos preguntaron sobre nuestros proyectos y necesidades para seguir impulsando nuestra labor. Así que pedimos. En el caso de Juan Carlos y una servidora, nos atrevimos a pedir: Juan Carlos un Encuentro de Mediadores y en mi caso capacitación para los todos los mediadores y acervos. Todos son voluntarios y este grupo que ofrecen su tiempo de manera gratuita en pro de la lectura y los libros. Ese día ganamos un aliado: Daniel Lemus consideró muy importante se le permitiera vincular su trabajo de divulgación científica con el trabajo de salas de lectura.

El encuentro con el gobernador me trasladó al 2017. Es un año que he abrazado con singular alegría. Marcó mi trayecto como mediadora de lectura y en el voluntariado. Rompí algunos temores que como buenos fantasmas suelen acecharnos. El marro necesitaba la fuerza de una pequeña búsqueda entre mis propias miserias y fortalezas para entender quién he sido, quién soy y a dónde deseo proyectarme, partiendo del encuentro con la literatura. La lectura no sólo me ha ayudado a reforzar el conocimiento sobre el tipo de ser que habita en este cuerpo, sino a entender la diversidad con la que convivimos en el día a día, a la otredad.

Ser mediador del Programa Nacional Salas de Lecturas ha sido una bendita aventura, hemos navegado junto a las lecturas en plazuelas como la Isla de la Piedra, bajo cuatros paredes de oficinas con mis compañeros de trabajo, regalar “Unas gotitas de lecturas a los chicos del centro de rehabilitación”, empoderar a los niños y niñas que visitan el centro comercial por medio de la sala de lectura: pasillo lector. El Programa Salas de Lectura me ha heredado amistades, empatía, estrategias, amores literarios, viajes y conocimiento.

En ese año que gané. Ni me lo creía, nunca había escrito para un concurso, sólo para la soledad de mi ordenador y el desfogue de mis demonios. Esperé con ansias la apertura de espacios para socializar el trabajo galardonado, y no por el ego de expresar “Mi trabajo se presentó en X recinto”. El propósito fue y es; sembrar más cómplices o promotores de lectura. Un día decidí sembrar semillas en un valle accidentado, en un terreno que resume el dolor y la incertidumbre para una familia, sembrar semillas lectoras en un centro de rehabilitación, así que empezamos a esparcir gotitas lectoras para atenuar el dolor, tomar sombrero de artesano y luchar contra la deshumanización, la indiferencia ante el hoyo gigantesco heredado por la violencia. La primera ocasión que asistí a una FILIJ en el 2013, el ganador de aquel entonces del premio “México lee” al conocer su trabajo y sentir la pasión por hacer algo por su gente, por su comunidad, me inspiró a buscar espacios para difundir la lectura en población vulnerable, me marcó escuchar un proyecto cultural comunitario, créanme, me falta mucho, pero mucho camino por recorrer para generar un impacto social, porque ese es el verdadero interés de formar comunidades lectoras para incidir en una cultura de paz.

Ingenuamente pensé que quizás en su momento me llamarían de la UAS, de la Facultad de Ciencias Sociales como egresada de la carrera de Ciencias de la Comunicación, para motivar la participación de los estudiantes en este tipo de actividades de impacto en la comunidad; o de cultura municipal para presentar el trabajo ganador en mi tierra salada, en mi Mazatlán. Lo extraño es que nunca sucedió. Nunca se me ofreció un espacio para hacerlo. Todo mundo me felicita por un premio que desafortunadamente desconoce. Desde el centro, en Culiacán, desde la oficina del Instituto Sinaloense de Cultura me han abierto espacios, ellos conocen más de qué trata aquel escrito agraciado; conocen las salas que tenemos una servidora y la profesora Julia Viera. El ISIC me ofreció presentar el proyecto ganador en el stand de Sinaloa en la pasada Feria Internacional de Libro Infantil y Juvenil en la ciudad de México, antes de ese escenario lo presenté en Ciudad Sabinas, Coahuila. Lo relevante del proyecto, no es el premio; es del cómo los jóvenes y adultos se dejaron acariciar por unas gotitas de lectura, cómo la literatura fue un bálsamo para su encierro. Y cómo motivar para que mediadores o voluntarios no tengan temor de establecer proyectos con población en reclusión.

Intento ser discreta con las cosas que me hacen feliz, entre ellas el fomentar la lectura, me entra un poco la melancolía, de esa nostalgia de la buena. Un día antes del encuentro con el gobernador, los recuerdos de mi infancia, del viejo barrio Urías, de la hermosa vista que hay de Mazatlán emanada del cerro que resguarda al basurón municipal, el olor a guano, el humo de la termoeléctrica, los mangles, la marisma, los carros a alta velocidad pasando indiferentes frente a mi casa, las carencias, las risas, mi familia hicieron presencia y acariciaron el corazón. La única riqueza que ha rodeado mi vida es la imagen más poderosa y brillante, una que se apoderó de mis memorias de infancia: fue ver a mis padres sostener entre sus manos un libro, perdiendo la vista en universo de palabras. Fue ahí, en casa, donde descubrí la alfombra de Aladino, que me ha permitido volar. Hasta que un día pensé: es importante compartir espacio buscando jóvenes, adultos, niños y niñas valientes que se suban a este mágico viaje llamado lectura.