/ jueves 10 de enero de 2019

¿Son las escuelas y la familia la solución frente a la crisis de valores que tenemos en México?

Partamos de lo siguiente: La realidad social en México está demasiado enrarecida y afecta de forma sustantiva el tejido social. Y desde distintos frentes –organizaciones civiles, líderes empresariales, autoridades educativas- se escucha decir que padecemos una crisis de valores. Y en razón de ese diagnóstico, se apela a dos agencias socializadoras para recuperar las condiciones de civilidad y de armonía social. Esas agencias socializadoras son la familia y las escuelas. Y son referencia recurrente cada vez que se presenta un hecho que indigna a la sociedad. ¿La familia y las escuelas son la respuesta a nuestra crisis de valores? Difícil afirmarlo, luego de que ambas instituciones contienen problemas sustantivos que las hacen ver como en un estado de crisis interna.

Me explico por qué. En el caso de la familia, es claro que el modelo tradicional de mamá, papá e hijos, es un modelo que se mantiene, pero ya no es el único. Hoy se tiene como familia a otros modelos como el caso de Mujer-Mujer-hijos, Hombre-Hombre.[1] Se dirá que no están debidamente aceptados estos modelos y es correcto; y por ello se genera toda una discusión al respecto que incluso se ha trasladado al plano del Derecho Civil. Y en varios estados de la República esta discusión se mantiene como parte de la agenda legislativa de los congresos locales. Así pues, más que generar respuestas como agencia socializadora ante la crisis de valores que enfrentamos, la propia familia está en un proceso de presión interna donde lo nuevo no termina por aceptarse y genera discusión y conflicto.

Además, el modelo tradicional es minado desde la esfera económica. De acuerdo al Centro de Análisis Multidisciplinario de la UNAM (2014), hoy se tienen que trabajar 14 horas-hombre para consumir la Canasta Alimenticia Recomendable que se consumía con el salario mínimo de 1987. Y ello se debe a la depreciación que ha sufrido el salario mínimo; que a decir de esta instancia académica, de diciembre de 1987 hasta agosto de 2014, ha sido del 78.66%. Ello significa pues, que el ingreso del padre de familia no es suficiente para sostener los gastos en el hogar, y se ha tenido que recurrir a la actividad laboral de la mamá para completar el ingreso requerido. Resultado: la socialización que antes pasaba por la madre, hoy ya no es así al cien por ciento. Y han surgido otros elementos como el caso de los aparatos electrónicos, que no socializan, pero sí entretienen a los chicos mientras que los padres trabajan.

Por el lado de la escuela, también se tienen problemas sustantivos, pero de otro orden. La responsabilidad de la escuela en el plano de la educación, además de la formación académica, tiene que ver con la educación cívica. Porque la responsabilidad de la escuela es la de formar individuos con capacidad de vivir en sociedad; esto es, a individuos con capacidad de convivir a partir de valores cívicos con el “otro” en espacios donde el orden público depende de la civilidad de los individuos. Y para ello se vale tanto de textos especializados en la materia, como de docentes y actividades extracurriculares que vengan a fomentar –y en su defecto a cimentar- el aprender a vivir en democracia.

No obstante, tal encomienda tropieza con algunos obstáculos, tanto externos como internos, que dificultan sobremanera el propósito final. En el caso del primero, el contenido de materias como Ética y Valores en el Bachillerato no se corresponde con la realidad que el alumno observa en su entorno o a través de su aparato celular con tan solo un clic. En ambos planos, hay una asimetría que deslegitima cualquier esfuerzo del profesor si dirige su clase a partir del contenido que tiene a la mano en el libro de texto de la materia.

Me explico con un ejemplo: en un libro de Ética y Valores I que se imparte en Bachillerato, se lee lo siguiente:

“La actual democracia representa grandes ventajas: garantiza una gran cantidad de derechos fundamentales; evita crisis económicas graves como las ocurridas en el pasado; tenemos ámbitos de libertad; hay programas sociales que buscan la seguridad alimentaria y económica; abre caminos para la igualdad política y de participación ciudadana, entre otras” (Puerto Góngora, 2015, p. 110).

Si se revisa a la luz de la realidad social y política que se tiene en el país, cualquiera de las ventajas de la democracia, que señala el párrafo anterior, no se corresponden con la realidad. Al párrafo citado se le suman las siguientes afirmaciones: “En una democracia no caben: 1) Los individuos que se sirven de la política para favorecer a un grupo; 2) Las actividades políticas que propician la explotación y las injusticias sociales; 3) Las acciones violatorias de los derechos humanos; y 4) Todo lo que obstaculiza las prácticas de democracia: crimen organizado, represión, etc.”. (p. 112). La simple hojeada de un periódico, demuestra que la vida pública en nuestro país se nutre de todo esto que se dice que no cabe en una democracia. Resultado: el alumno asume como contenido lo que aquí se presenta, pero nada más. En la práctica, asume actitudes propias de su entorno porque así son las reglas del juego. Y con base en ellas se conduce.

Hace ya algunos años, cuando recién se estrenó el documental “Presunto Culpable”, impulsamos en la Universidad donde en ese momento laboraba, la exhibición del material en el auditorio de la escuela y posteriormente llevamos a cabo una mesa redonda con especialistas en la materia. Resultó ser un ejercicio muy interesante por el nivel de discusión que se generó. Posteriormente hicimos el mismo ejercicio con los alumnos directamente en las aulas y ahí el resultado fue extraordinario: cuando correspondió hablar a los alumnos de Derecho, por ejemplo, quedaron al descubierto los intereses reales del alumno. Argumentaron –si se les puede llamar así-, que el documental contenía una experiencia importante en el plano de la ética –por la intervención que tiene el equipo de abogados para que el presunto culpable obtenga su libertad-, pero que en la realidad el sistema funciona así. Y que tenían que comportarse de la misma forma si pretendían acceder a un trabajo en el Sistema Judicial de este país, o ascender dentro del sistema si ya se pertenecía a él.

Y entonces, pregunté, ¿ustedes no mostrarían compromiso alguno con la justicia, la honestidad y la transparencia? Una chica me contestó de forma inmediata. Yo no profe, así no se avanza en este país.

Hay una asimetría respecto al entorno y los contenidos que se observan en la escuela. Y la respuesta del alumno siempre cae en la siguiente oración: “Allá afuera es diferente profe. La realidad es muy diferente respecto a lo que se tiene aquí en la escuela”. Y esa diferencia mina cualquier esfuerzo que se haga al interior de las escuelas.

Hay otro aspecto y tiene que ver con la condición interna de las escuelas. Las escuelas –públicas o privadas- forman parte del Sistema Educativo de este país. Y en ese sentido, orbitan bajo la lógica del poder. Son instancias –diría Foucault- donde se reproducen acciones de control. Y en ese sentido, las propias autoridades educadoras bien pueden reproducir instrumentos que se observan en la realidad social para mantener la gobernanza al interior de los centros educativos. En ese sentido, no se privilegia la participación democrática de los actores participantes en los centros escolares, sino el control de los mismos.

Así pues, cuando se escucha decir que hay que apostarle a la educación o a la familia para reconfigurar la situación en materia de valores en México, yo guardo mis dudas de que eso sea la solución. Y no es que considere que sea inadecuado –puesto que son las únicas instancias, en términos reales, con las que contamos para enfrentar esta situación-; sino que, en las condiciones en las que se encuentran, no creo que puedan generar una solución de fondo.

Pero entonces, ¿qué hacer…? No es fácil contestar una pregunta de este tipo, dado el contexto que tenemos. Pero creo haríamos bien como sociedad en reconocer el problema y posteriormente articular soluciones. Pero no reconocerlo con base en una lamentación institucional, y posteriormente recurrir al sambenito de la educación y la familia; sino en admitir que transitamos por una crisis profunda de valores y que ha llegado el momento de articular una estrategia de fondo.

*Investigador Titular del Centro de Investigación e Innovación Educativa del Sistema Educativo Valladolid (Ciinsev).

[1]Se puede integrar incluso otros modelos de familia, como el caso de Hombre-gatos o perros; o Mujer-gatos o perros. Son modelos donde las personas no se ubican en un plano tradicional de familia. Ni siquiera para la vida en unión libre con personas del sexo opuesto o del mismo sexo.

Partamos de lo siguiente: La realidad social en México está demasiado enrarecida y afecta de forma sustantiva el tejido social. Y desde distintos frentes –organizaciones civiles, líderes empresariales, autoridades educativas- se escucha decir que padecemos una crisis de valores. Y en razón de ese diagnóstico, se apela a dos agencias socializadoras para recuperar las condiciones de civilidad y de armonía social. Esas agencias socializadoras son la familia y las escuelas. Y son referencia recurrente cada vez que se presenta un hecho que indigna a la sociedad. ¿La familia y las escuelas son la respuesta a nuestra crisis de valores? Difícil afirmarlo, luego de que ambas instituciones contienen problemas sustantivos que las hacen ver como en un estado de crisis interna.

Me explico por qué. En el caso de la familia, es claro que el modelo tradicional de mamá, papá e hijos, es un modelo que se mantiene, pero ya no es el único. Hoy se tiene como familia a otros modelos como el caso de Mujer-Mujer-hijos, Hombre-Hombre.[1] Se dirá que no están debidamente aceptados estos modelos y es correcto; y por ello se genera toda una discusión al respecto que incluso se ha trasladado al plano del Derecho Civil. Y en varios estados de la República esta discusión se mantiene como parte de la agenda legislativa de los congresos locales. Así pues, más que generar respuestas como agencia socializadora ante la crisis de valores que enfrentamos, la propia familia está en un proceso de presión interna donde lo nuevo no termina por aceptarse y genera discusión y conflicto.

Además, el modelo tradicional es minado desde la esfera económica. De acuerdo al Centro de Análisis Multidisciplinario de la UNAM (2014), hoy se tienen que trabajar 14 horas-hombre para consumir la Canasta Alimenticia Recomendable que se consumía con el salario mínimo de 1987. Y ello se debe a la depreciación que ha sufrido el salario mínimo; que a decir de esta instancia académica, de diciembre de 1987 hasta agosto de 2014, ha sido del 78.66%. Ello significa pues, que el ingreso del padre de familia no es suficiente para sostener los gastos en el hogar, y se ha tenido que recurrir a la actividad laboral de la mamá para completar el ingreso requerido. Resultado: la socialización que antes pasaba por la madre, hoy ya no es así al cien por ciento. Y han surgido otros elementos como el caso de los aparatos electrónicos, que no socializan, pero sí entretienen a los chicos mientras que los padres trabajan.

Por el lado de la escuela, también se tienen problemas sustantivos, pero de otro orden. La responsabilidad de la escuela en el plano de la educación, además de la formación académica, tiene que ver con la educación cívica. Porque la responsabilidad de la escuela es la de formar individuos con capacidad de vivir en sociedad; esto es, a individuos con capacidad de convivir a partir de valores cívicos con el “otro” en espacios donde el orden público depende de la civilidad de los individuos. Y para ello se vale tanto de textos especializados en la materia, como de docentes y actividades extracurriculares que vengan a fomentar –y en su defecto a cimentar- el aprender a vivir en democracia.

No obstante, tal encomienda tropieza con algunos obstáculos, tanto externos como internos, que dificultan sobremanera el propósito final. En el caso del primero, el contenido de materias como Ética y Valores en el Bachillerato no se corresponde con la realidad que el alumno observa en su entorno o a través de su aparato celular con tan solo un clic. En ambos planos, hay una asimetría que deslegitima cualquier esfuerzo del profesor si dirige su clase a partir del contenido que tiene a la mano en el libro de texto de la materia.

Me explico con un ejemplo: en un libro de Ética y Valores I que se imparte en Bachillerato, se lee lo siguiente:

“La actual democracia representa grandes ventajas: garantiza una gran cantidad de derechos fundamentales; evita crisis económicas graves como las ocurridas en el pasado; tenemos ámbitos de libertad; hay programas sociales que buscan la seguridad alimentaria y económica; abre caminos para la igualdad política y de participación ciudadana, entre otras” (Puerto Góngora, 2015, p. 110).

Si se revisa a la luz de la realidad social y política que se tiene en el país, cualquiera de las ventajas de la democracia, que señala el párrafo anterior, no se corresponden con la realidad. Al párrafo citado se le suman las siguientes afirmaciones: “En una democracia no caben: 1) Los individuos que se sirven de la política para favorecer a un grupo; 2) Las actividades políticas que propician la explotación y las injusticias sociales; 3) Las acciones violatorias de los derechos humanos; y 4) Todo lo que obstaculiza las prácticas de democracia: crimen organizado, represión, etc.”. (p. 112). La simple hojeada de un periódico, demuestra que la vida pública en nuestro país se nutre de todo esto que se dice que no cabe en una democracia. Resultado: el alumno asume como contenido lo que aquí se presenta, pero nada más. En la práctica, asume actitudes propias de su entorno porque así son las reglas del juego. Y con base en ellas se conduce.

Hace ya algunos años, cuando recién se estrenó el documental “Presunto Culpable”, impulsamos en la Universidad donde en ese momento laboraba, la exhibición del material en el auditorio de la escuela y posteriormente llevamos a cabo una mesa redonda con especialistas en la materia. Resultó ser un ejercicio muy interesante por el nivel de discusión que se generó. Posteriormente hicimos el mismo ejercicio con los alumnos directamente en las aulas y ahí el resultado fue extraordinario: cuando correspondió hablar a los alumnos de Derecho, por ejemplo, quedaron al descubierto los intereses reales del alumno. Argumentaron –si se les puede llamar así-, que el documental contenía una experiencia importante en el plano de la ética –por la intervención que tiene el equipo de abogados para que el presunto culpable obtenga su libertad-, pero que en la realidad el sistema funciona así. Y que tenían que comportarse de la misma forma si pretendían acceder a un trabajo en el Sistema Judicial de este país, o ascender dentro del sistema si ya se pertenecía a él.

Y entonces, pregunté, ¿ustedes no mostrarían compromiso alguno con la justicia, la honestidad y la transparencia? Una chica me contestó de forma inmediata. Yo no profe, así no se avanza en este país.

Hay una asimetría respecto al entorno y los contenidos que se observan en la escuela. Y la respuesta del alumno siempre cae en la siguiente oración: “Allá afuera es diferente profe. La realidad es muy diferente respecto a lo que se tiene aquí en la escuela”. Y esa diferencia mina cualquier esfuerzo que se haga al interior de las escuelas.

Hay otro aspecto y tiene que ver con la condición interna de las escuelas. Las escuelas –públicas o privadas- forman parte del Sistema Educativo de este país. Y en ese sentido, orbitan bajo la lógica del poder. Son instancias –diría Foucault- donde se reproducen acciones de control. Y en ese sentido, las propias autoridades educadoras bien pueden reproducir instrumentos que se observan en la realidad social para mantener la gobernanza al interior de los centros educativos. En ese sentido, no se privilegia la participación democrática de los actores participantes en los centros escolares, sino el control de los mismos.

Así pues, cuando se escucha decir que hay que apostarle a la educación o a la familia para reconfigurar la situación en materia de valores en México, yo guardo mis dudas de que eso sea la solución. Y no es que considere que sea inadecuado –puesto que son las únicas instancias, en términos reales, con las que contamos para enfrentar esta situación-; sino que, en las condiciones en las que se encuentran, no creo que puedan generar una solución de fondo.

Pero entonces, ¿qué hacer…? No es fácil contestar una pregunta de este tipo, dado el contexto que tenemos. Pero creo haríamos bien como sociedad en reconocer el problema y posteriormente articular soluciones. Pero no reconocerlo con base en una lamentación institucional, y posteriormente recurrir al sambenito de la educación y la familia; sino en admitir que transitamos por una crisis profunda de valores y que ha llegado el momento de articular una estrategia de fondo.

*Investigador Titular del Centro de Investigación e Innovación Educativa del Sistema Educativo Valladolid (Ciinsev).

[1]Se puede integrar incluso otros modelos de familia, como el caso de Hombre-gatos o perros; o Mujer-gatos o perros. Son modelos donde las personas no se ubican en un plano tradicional de familia. Ni siquiera para la vida en unión libre con personas del sexo opuesto o del mismo sexo.