/ viernes 8 de noviembre de 2019

Malecón: De la Tertulia

El saber es una actitud, una pasión. Básicamente una actitud no permitida, pues como el alcoholismo, la lujuria y la violencia, así el impulso de conocer forma un carácter que no está en equilibrio. No es cierto que el investigador persiga la verdad, es ella la que lo persigue. Thomas Mann.

Todos hablan mucho pero, nadie sabe nada…

“El aceitoso” Miranda cruzó la avenida del mar en su Mustang anaranjado, con las ventanas abiertas y la mano izquierda de fuera como cogiendo el aire, y la derecha bien agarrada a la rueda del volante. Era todavía la tarde del viernes y el pintor de paisajes había decidido despacharse unos “chorombones” bien fríos en la barra de La Tertulia. Cruzó la Belisario, dio vuelta en la Sixto y se parqueó frente a la casa del “Pito” Pérez pintor de colores. Ese noviembre el frío se había adelantado mucho, igual que los cazadores de cabezas que ya doblaban la colección del año pasado, solo les faltaba la del Presidente Cal De Ron, que casi se le caía de vergüenza a solo un mes de irse a la chingada. Al menos dos docenas de gringos viejos en pantalón corto y con las piernas llenas de varices, lo miraron apearse del caballo anaranjado desde sus cómodas sillas de ratán en la banqueta del Bar de los Traficca, entre todos sumaban como dos mil años y veinte mil arrugas.

Todos lo vieron desde sus ojos bizcos bien azules, sin entender por qué este tipo sí dejaba su carro con los vidrios abajo y sin poner seguro.

“Buenas tardes putitos,” les dijo “El aceitoso” cuando pasó cerquita de su vaho y subió la banqueta saludando sonriente a tres tristes mugrosos parados como en fila, en espera de algo, con franela en mano y bote con agua color de cocacola, listos para trapear los carros que ahí sí se parqueaban.

Todos eran muchachos más bien entrando en años que bajaban del cerro y de las colonias gachas que rodeaban El Charco, que a veces dormitaban en la tibia arena sucia de la Bahía de San Félix, o en las bancas nocturnas de la Plaza Manchada. Pocos de ellos muy cabrones y bajadores, pero la mayoría teporochillos y fumadores de cagada como gis molido y veneno de rata, que compraban con las monedas que gente como “El aceitoso” les obsequiaba por franelear sus carros y a veces no robarlos.

“¿No te sobran dos varos?,” le dijo un plebe sucio con el pelo pintado de amarillo.

“Nada sale sobrando en estos días culeros,” le dijo el pintor vespertino mientras le daba un billete nuevecito de veinte pesos. “Pero quiero encontrar mi Mustang chillón tal y como lo dejo cuando salga del Bar de los forcados.”

“Estése tranquilo viejón,” dijo el joven sonriente guardando el billetito en la bolsa trasera del calzón a la rodilla. “Nadie tocará su cuaco ni le hará pelitos mientras usted festeja.”

Miranda se sumió en La Tertulia y se sentó a la barra mirando a cuatro “jotos” sentados de espaldas a la puerta mientras decía en voz baja, “Parecen arqueólogos, escarbando profundo y apestando a viejo, si son chilangos, de seguro aquí tienen sus cubiculitos,” luego sacudió la cabeza sin poder aguantar la risa.

Todavía era temprano, el sabía que como a las once el lugar estaría hasta el segundo piso, lleno de jóvenes escandalosos con la cartera llena y el coco vacío.

“Buenas tardes Picasso,” le dijo un joven alto con cuerpo de torero y delantal negro, “¿te sirvo una Corona con limoncito o te piensas poner hasta la cachucha?”

“Eso lo serás tu, torito, me traes un “chorombón” bien cargado pero antes lavas bien el vaso.”

“Las coronitas están al dos por uno,” dijo el forcado insistiendo y sonriente.

“Me traes lo que te pedí o me voy al Traficca’s, al dos por uno ni las viejas, no me gusta lo mucho sino lo mejor,”luego le dio un billete.

“Pues yo si acepto doble propina, es mejor que nada en estos días piojosos,” dijo el del mandil dejando la barra para preparar el soberbio menjurje.

Pronto regresó con el vaso escarchado, lo colocó en la barra sobre un mantelito y tres servilletas junto, le entregó la feria -que Miranda le regresó sin verlo- para luego arrojarla en una copa grande que estaba al fin de la barra de madera brillante, luego, se fue con los arqueólogos para servir cervezas.

“El aceitoso” sorbió la bebida despacito, degustando su frescura y escuchando la música bajita que ocupaba el espacio, escaso de los ruidos acostumbrados que no tardaban en manifestarse.

Después del tercer “chorombón,” un bulto oscuro tapó la puerta de la Constitución, mientras dos hombres jóvenes de pelo a rape como de soldado y barbita de candado entraban por las dos restantes sacando las pistolas y gritando “saquen todos la lana los celulares y las tarjetas que se acabó la fiesta vergas, ahora nos toca bai…”

De repente una cubeta de agua sucia envolvió la cabeza del primero y que estaba justo al lado de Miranda, se quejó, dejó caer el arma sobre la barra y de pronto se oyeron tres descargas…

Todo sucedió tan de repente que ya nadie se acuerda de la mera neta pero… dicen, que “el aceitoso” tomó la escuadra que cayó sobre la barra, cogiendo al cabeza de cubeta como escudo disparó cuatro veces contra los dos que entraban por las otras puertas, uno cayó sobre un arqueólogo que gritó como sirena loca perdida en la oscuridad y se desmayó sobre la mesa, el otro descargó su revolver apuntando al Miranda, pero el cuerpo del encubetado protegió al aceitoso que vació el cargador en el asaltante sacándolo de espaldas hasta la banqueta, dejó caer al cabeza de cubeta y cuerpo de escudo, que se dobló como cartulina mojada en un charco de sangre y agua sucia… después los gritos, los aullidos y los llantos, los quejidos y las agonías de los tres cuerpos rotos sobre su propio charco y …el cielo se llenó de luces blancas, de colores, de imágenes como cuadros pintados al aceite que cubrieron todo…

El Miranda no supo como llegó a su Mustang anaranjado, salió a las Olas Altas, dobló por Alemán y subió al Moravito en donde se estacionó perfectamente frente a la puerta de su estudio, la mano derecha le dolía, la sentía caliente, un delgado hilo de sangre se descolgaba desde un rozón en la oreja izquierda, la pistola descansaba en el asiento derecho. Pensativo, se bajó del coche preocupado por la humedad que sentía en el pecho, se tocó el cuerpo, mojó la mano en el liquido que lo empapaba y… liberó una carcajada de felicidad cuando se dio color que estaba bañado en “chorombón” y que ni siquiera tenia el color de la sangre, que tanto se derramaba en estos días piojosos vacíos de sentido y llenos de furia.

Abrió la puerta y leyó un aforismo enmarcado que había comprado en la plazuela y colgado al pie de la escalera: Creo en el Dios de Spinoza, que nos revela una armonía de todos los seres vivos. No creo en un Dios que se ocupe del destino y las acciones de los seres humanos.Albert Einstein. Subió al taller en el segundo piso, acostó un lienzo que había estado esperando pues no tenia idea de que pintar…sonriendo por el gusto de ya tener un tema despanzurró tres tubos de colores primarios y dio el primer brochazo… En La Tertulia, llegaban como siempre a levantar la basura los policías y las ambulancias, solo desmayos, dos heridos leves por esquirlas y vidrio rotos y tres muertos en su propio jugo, todos menores de veinte años, bien vestidos, bien armados pero bien muertos. Cuatro jóvenes con sus libretitas hacían muchas preguntas mientras la gente hablaba sin parar…el más joven de todos dice para si mismo sin querer molestar a nadie… “Todos hablan mucho, pero nadie sabe nada.”

malecon@live.com.mx


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El saber es una actitud, una pasión. Básicamente una actitud no permitida, pues como el alcoholismo, la lujuria y la violencia, así el impulso de conocer forma un carácter que no está en equilibrio. No es cierto que el investigador persiga la verdad, es ella la que lo persigue. Thomas Mann.

Todos hablan mucho pero, nadie sabe nada…

“El aceitoso” Miranda cruzó la avenida del mar en su Mustang anaranjado, con las ventanas abiertas y la mano izquierda de fuera como cogiendo el aire, y la derecha bien agarrada a la rueda del volante. Era todavía la tarde del viernes y el pintor de paisajes había decidido despacharse unos “chorombones” bien fríos en la barra de La Tertulia. Cruzó la Belisario, dio vuelta en la Sixto y se parqueó frente a la casa del “Pito” Pérez pintor de colores. Ese noviembre el frío se había adelantado mucho, igual que los cazadores de cabezas que ya doblaban la colección del año pasado, solo les faltaba la del Presidente Cal De Ron, que casi se le caía de vergüenza a solo un mes de irse a la chingada. Al menos dos docenas de gringos viejos en pantalón corto y con las piernas llenas de varices, lo miraron apearse del caballo anaranjado desde sus cómodas sillas de ratán en la banqueta del Bar de los Traficca, entre todos sumaban como dos mil años y veinte mil arrugas.

Todos lo vieron desde sus ojos bizcos bien azules, sin entender por qué este tipo sí dejaba su carro con los vidrios abajo y sin poner seguro.

“Buenas tardes putitos,” les dijo “El aceitoso” cuando pasó cerquita de su vaho y subió la banqueta saludando sonriente a tres tristes mugrosos parados como en fila, en espera de algo, con franela en mano y bote con agua color de cocacola, listos para trapear los carros que ahí sí se parqueaban.

Todos eran muchachos más bien entrando en años que bajaban del cerro y de las colonias gachas que rodeaban El Charco, que a veces dormitaban en la tibia arena sucia de la Bahía de San Félix, o en las bancas nocturnas de la Plaza Manchada. Pocos de ellos muy cabrones y bajadores, pero la mayoría teporochillos y fumadores de cagada como gis molido y veneno de rata, que compraban con las monedas que gente como “El aceitoso” les obsequiaba por franelear sus carros y a veces no robarlos.

“¿No te sobran dos varos?,” le dijo un plebe sucio con el pelo pintado de amarillo.

“Nada sale sobrando en estos días culeros,” le dijo el pintor vespertino mientras le daba un billete nuevecito de veinte pesos. “Pero quiero encontrar mi Mustang chillón tal y como lo dejo cuando salga del Bar de los forcados.”

“Estése tranquilo viejón,” dijo el joven sonriente guardando el billetito en la bolsa trasera del calzón a la rodilla. “Nadie tocará su cuaco ni le hará pelitos mientras usted festeja.”

Miranda se sumió en La Tertulia y se sentó a la barra mirando a cuatro “jotos” sentados de espaldas a la puerta mientras decía en voz baja, “Parecen arqueólogos, escarbando profundo y apestando a viejo, si son chilangos, de seguro aquí tienen sus cubiculitos,” luego sacudió la cabeza sin poder aguantar la risa.

Todavía era temprano, el sabía que como a las once el lugar estaría hasta el segundo piso, lleno de jóvenes escandalosos con la cartera llena y el coco vacío.

“Buenas tardes Picasso,” le dijo un joven alto con cuerpo de torero y delantal negro, “¿te sirvo una Corona con limoncito o te piensas poner hasta la cachucha?”

“Eso lo serás tu, torito, me traes un “chorombón” bien cargado pero antes lavas bien el vaso.”

“Las coronitas están al dos por uno,” dijo el forcado insistiendo y sonriente.

“Me traes lo que te pedí o me voy al Traficca’s, al dos por uno ni las viejas, no me gusta lo mucho sino lo mejor,”luego le dio un billete.

“Pues yo si acepto doble propina, es mejor que nada en estos días piojosos,” dijo el del mandil dejando la barra para preparar el soberbio menjurje.

Pronto regresó con el vaso escarchado, lo colocó en la barra sobre un mantelito y tres servilletas junto, le entregó la feria -que Miranda le regresó sin verlo- para luego arrojarla en una copa grande que estaba al fin de la barra de madera brillante, luego, se fue con los arqueólogos para servir cervezas.

“El aceitoso” sorbió la bebida despacito, degustando su frescura y escuchando la música bajita que ocupaba el espacio, escaso de los ruidos acostumbrados que no tardaban en manifestarse.

Después del tercer “chorombón,” un bulto oscuro tapó la puerta de la Constitución, mientras dos hombres jóvenes de pelo a rape como de soldado y barbita de candado entraban por las dos restantes sacando las pistolas y gritando “saquen todos la lana los celulares y las tarjetas que se acabó la fiesta vergas, ahora nos toca bai…”

De repente una cubeta de agua sucia envolvió la cabeza del primero y que estaba justo al lado de Miranda, se quejó, dejó caer el arma sobre la barra y de pronto se oyeron tres descargas…

Todo sucedió tan de repente que ya nadie se acuerda de la mera neta pero… dicen, que “el aceitoso” tomó la escuadra que cayó sobre la barra, cogiendo al cabeza de cubeta como escudo disparó cuatro veces contra los dos que entraban por las otras puertas, uno cayó sobre un arqueólogo que gritó como sirena loca perdida en la oscuridad y se desmayó sobre la mesa, el otro descargó su revolver apuntando al Miranda, pero el cuerpo del encubetado protegió al aceitoso que vació el cargador en el asaltante sacándolo de espaldas hasta la banqueta, dejó caer al cabeza de cubeta y cuerpo de escudo, que se dobló como cartulina mojada en un charco de sangre y agua sucia… después los gritos, los aullidos y los llantos, los quejidos y las agonías de los tres cuerpos rotos sobre su propio charco y …el cielo se llenó de luces blancas, de colores, de imágenes como cuadros pintados al aceite que cubrieron todo…

El Miranda no supo como llegó a su Mustang anaranjado, salió a las Olas Altas, dobló por Alemán y subió al Moravito en donde se estacionó perfectamente frente a la puerta de su estudio, la mano derecha le dolía, la sentía caliente, un delgado hilo de sangre se descolgaba desde un rozón en la oreja izquierda, la pistola descansaba en el asiento derecho. Pensativo, se bajó del coche preocupado por la humedad que sentía en el pecho, se tocó el cuerpo, mojó la mano en el liquido que lo empapaba y… liberó una carcajada de felicidad cuando se dio color que estaba bañado en “chorombón” y que ni siquiera tenia el color de la sangre, que tanto se derramaba en estos días piojosos vacíos de sentido y llenos de furia.

Abrió la puerta y leyó un aforismo enmarcado que había comprado en la plazuela y colgado al pie de la escalera: Creo en el Dios de Spinoza, que nos revela una armonía de todos los seres vivos. No creo en un Dios que se ocupe del destino y las acciones de los seres humanos.Albert Einstein. Subió al taller en el segundo piso, acostó un lienzo que había estado esperando pues no tenia idea de que pintar…sonriendo por el gusto de ya tener un tema despanzurró tres tubos de colores primarios y dio el primer brochazo… En La Tertulia, llegaban como siempre a levantar la basura los policías y las ambulancias, solo desmayos, dos heridos leves por esquirlas y vidrio rotos y tres muertos en su propio jugo, todos menores de veinte años, bien vestidos, bien armados pero bien muertos. Cuatro jóvenes con sus libretitas hacían muchas preguntas mientras la gente hablaba sin parar…el más joven de todos dice para si mismo sin querer molestar a nadie… “Todos hablan mucho, pero nadie sabe nada.”

malecon@live.com.mx


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