/ lunes 22 de abril de 2019

Malecón

“Me preocupa el futuro, es donde voy a pasar el resto de mi vida.” Woody Allen.

Mario canta bajito mientras afina la guitarra, el sol cae en el paisaje, brillando en la boca de la cerveza oculta en la bolsa de papel estraza, mientras Mazatlán pasa, una vez más, por un importante momento entre los creadores y los destructores...el otro Mario dice que el patrimonio cultural tiembla con los hombres y sus obras artísticas...los dos Marios saben que un mal poema por fuerza implica un mal poeta...un relato, una novela defectuosa nos hace suponer un escritor incompetente...un cuadro estúpido nos lleva a no olvidar al bobo autor...pero una ciudad desechable y mutilada nos conduce a múltiples culpables...arquitectos hábilmente corruptos, funcionarios engañabobos, inversionistas especuladores, desarrolladores disfrazados de grandes urbanistas, ciudadanos sumisos, temerosos y complacientes y, roedores activos, termitas infatigables, que no paran su labor destructiva de comején constante, del torpe y ambicioso que corta, tumba y quema lo que otros construyeron.

Mi Tío Livais, que escucha hipnotizado por el sol, nos recuerda que las primeras banquetas fueron construidas con el objeto de que por ellas transitaran los peatones, pero en estos días posmodernos tienen otros usos, como: servir para estacionar los coches y las bicicletas, poner puestos de periódicos, de jugos y refrescos y de casinos maquinitas o lo que se te ocurra, venta de lentes y boletos de lotería, inciensos, pipas para hachís, camarones frescos y secos, tamales calientes y bebidas frías, pequeñas ferreterías, trozos de plantas desconocidas que curan casi todo y sacan pelo y otras parafernalias inverosímiles.

También sirven para que los que esperan el urbano estorben al que transita; sirven para insertar en ellas uno o varios postes de teléfonos, del alumbrado o de la electricidad y abrir zanjas y encajar tubos y mangueras, que el peatón debe sortear heroicamente, sin resbalón o caída ni pérdida del equilibrio, con el reto de conservar íntegros la nariz, los dientes o las espinillas.

Si se cae en desgracia, las banquetas sirven para atravesar al paso el cuerpo enfermo y vergonzante pidiendo una forzada y molesta limosna.

Como aventura, uno llega a encontrarse con mohosas y herrumbrosas vías puestas con todo y grava y durmientes, como históricos y vergonzosos estorbos a la vialidad civilizada…“por aquí pasaba el tren hace muchos años…” o el repentino encuentro en la oscuridad con el antiguo pero estorboso arbotante cuya lámpara siempre está fundida y la base atornillada es casi tan ancha como la banqueta. Hay banquetas oscuras en las que tropiezas con la muerte en forma de tornillos salientes del piso como flechas, clavos enormes y trozos de metal como cuchillos, o la acera del mercado, donde tropiezas con argollas fijas al piso para amarrar sus sucias y estorbosas lonas, ni que decir del eterno destrozo de los pasillos interiores.

Por otro lado, va mi aplauso para el Departamento de Banquetas que planta arbolitos con fosa tan ancha como la banqueta. El afortunado arbolito no dura mucho ni llega a crecer, pero siempre queda el hoyo, el hueco en el que cae el paseante, la rata muerta, el pañal con caca y a veces las heces en directo de algún trasnochado con prisas. Las plantitas en maceta aérea de a dos en cada arbotante histórico ya secaron y cuelgan sobre nosotros como se esperaba, feas y secas y mustias, con el mecanismo de irrigación descompuesto.

En cuanto a las banquetas de nuestras casas…cada quien hace la banqueta como le da la gana, con escalones de frente o de lado, con macetas o jardineras invasoras, con amplias cocheras de rampa inclinada y resbalosa por la que se pasa patinando o cogido de la reja, cayendo hacia la calle y con el perro casi mordiéndote los dedos.

Es deporte obligatorio patinar por las banquetas pulidas, inclinadas, saltar por entre las banquetas desiguales, derrapar entre el lodo de las banquetas inexistentes o inconclusas de los edificios abandonados o influyentes y, a veces aterrizar.

Toda esta fortuna siempre y cuando no uses silla de ruedas, muletas o bastón para caminar y sobre todo, que tengas una vista perfecta. De ser así, este rancho con mar no es para ti; tal vez el malecón - cuando lo terminen, pues sigue lleno de trampas sorpresivas y palmeras moribundas - usando un buen chaleco fosforescente y un perro guía que te ayude a sortear los huecos dejados, los estorbos plantados y evite el atropellamiento por los corredores, los patinadores y los ciclistas…tal vez.

Sudoroso, ya sin Mario Brothers, después de seguir al trote a mi Tío Livais en tricicleta, le agradezco el viaje mientras me siento en una silla del nuevo restaurante Playa Norte, él me dice…“recuerda que para viajar más lejos no hay mejor nave que un libro”…y se va haciendo pequeño en el paisaje, pedaleando su querida Tricicleta mientras el sol baja detrás de las nubes, yo extraigo del bolsillo El Libro de las cosas inútiles y leo; pues la educación ayuda a la persona a aprender a ser lo que es capaz de ser; y yo, todavía no termino de ser lo que deseo.

malecon@live.com.mx

“Me preocupa el futuro, es donde voy a pasar el resto de mi vida.” Woody Allen.

Mario canta bajito mientras afina la guitarra, el sol cae en el paisaje, brillando en la boca de la cerveza oculta en la bolsa de papel estraza, mientras Mazatlán pasa, una vez más, por un importante momento entre los creadores y los destructores...el otro Mario dice que el patrimonio cultural tiembla con los hombres y sus obras artísticas...los dos Marios saben que un mal poema por fuerza implica un mal poeta...un relato, una novela defectuosa nos hace suponer un escritor incompetente...un cuadro estúpido nos lleva a no olvidar al bobo autor...pero una ciudad desechable y mutilada nos conduce a múltiples culpables...arquitectos hábilmente corruptos, funcionarios engañabobos, inversionistas especuladores, desarrolladores disfrazados de grandes urbanistas, ciudadanos sumisos, temerosos y complacientes y, roedores activos, termitas infatigables, que no paran su labor destructiva de comején constante, del torpe y ambicioso que corta, tumba y quema lo que otros construyeron.

Mi Tío Livais, que escucha hipnotizado por el sol, nos recuerda que las primeras banquetas fueron construidas con el objeto de que por ellas transitaran los peatones, pero en estos días posmodernos tienen otros usos, como: servir para estacionar los coches y las bicicletas, poner puestos de periódicos, de jugos y refrescos y de casinos maquinitas o lo que se te ocurra, venta de lentes y boletos de lotería, inciensos, pipas para hachís, camarones frescos y secos, tamales calientes y bebidas frías, pequeñas ferreterías, trozos de plantas desconocidas que curan casi todo y sacan pelo y otras parafernalias inverosímiles.

También sirven para que los que esperan el urbano estorben al que transita; sirven para insertar en ellas uno o varios postes de teléfonos, del alumbrado o de la electricidad y abrir zanjas y encajar tubos y mangueras, que el peatón debe sortear heroicamente, sin resbalón o caída ni pérdida del equilibrio, con el reto de conservar íntegros la nariz, los dientes o las espinillas.

Si se cae en desgracia, las banquetas sirven para atravesar al paso el cuerpo enfermo y vergonzante pidiendo una forzada y molesta limosna.

Como aventura, uno llega a encontrarse con mohosas y herrumbrosas vías puestas con todo y grava y durmientes, como históricos y vergonzosos estorbos a la vialidad civilizada…“por aquí pasaba el tren hace muchos años…” o el repentino encuentro en la oscuridad con el antiguo pero estorboso arbotante cuya lámpara siempre está fundida y la base atornillada es casi tan ancha como la banqueta. Hay banquetas oscuras en las que tropiezas con la muerte en forma de tornillos salientes del piso como flechas, clavos enormes y trozos de metal como cuchillos, o la acera del mercado, donde tropiezas con argollas fijas al piso para amarrar sus sucias y estorbosas lonas, ni que decir del eterno destrozo de los pasillos interiores.

Por otro lado, va mi aplauso para el Departamento de Banquetas que planta arbolitos con fosa tan ancha como la banqueta. El afortunado arbolito no dura mucho ni llega a crecer, pero siempre queda el hoyo, el hueco en el que cae el paseante, la rata muerta, el pañal con caca y a veces las heces en directo de algún trasnochado con prisas. Las plantitas en maceta aérea de a dos en cada arbotante histórico ya secaron y cuelgan sobre nosotros como se esperaba, feas y secas y mustias, con el mecanismo de irrigación descompuesto.

En cuanto a las banquetas de nuestras casas…cada quien hace la banqueta como le da la gana, con escalones de frente o de lado, con macetas o jardineras invasoras, con amplias cocheras de rampa inclinada y resbalosa por la que se pasa patinando o cogido de la reja, cayendo hacia la calle y con el perro casi mordiéndote los dedos.

Es deporte obligatorio patinar por las banquetas pulidas, inclinadas, saltar por entre las banquetas desiguales, derrapar entre el lodo de las banquetas inexistentes o inconclusas de los edificios abandonados o influyentes y, a veces aterrizar.

Toda esta fortuna siempre y cuando no uses silla de ruedas, muletas o bastón para caminar y sobre todo, que tengas una vista perfecta. De ser así, este rancho con mar no es para ti; tal vez el malecón - cuando lo terminen, pues sigue lleno de trampas sorpresivas y palmeras moribundas - usando un buen chaleco fosforescente y un perro guía que te ayude a sortear los huecos dejados, los estorbos plantados y evite el atropellamiento por los corredores, los patinadores y los ciclistas…tal vez.

Sudoroso, ya sin Mario Brothers, después de seguir al trote a mi Tío Livais en tricicleta, le agradezco el viaje mientras me siento en una silla del nuevo restaurante Playa Norte, él me dice…“recuerda que para viajar más lejos no hay mejor nave que un libro”…y se va haciendo pequeño en el paisaje, pedaleando su querida Tricicleta mientras el sol baja detrás de las nubes, yo extraigo del bolsillo El Libro de las cosas inútiles y leo; pues la educación ayuda a la persona a aprender a ser lo que es capaz de ser; y yo, todavía no termino de ser lo que deseo.

malecon@live.com.mx