/ martes 4 de diciembre de 2018

Malecón

Una historia muy breve

“…entre gentes las más bárbaras y fieras del Nuevo Orbe.”

Andrés Pérez de Ribas, 1645.

Fiera la naturaleza, tacaña para otorgar sus frutos nomás porque sí, por más que los contenga en sus resquicios húmedos de cañadas y ríos, o prudentemente encubiertos bajo el manto marino de playas y marismas. Fiera la gente, que con determinación obtiene los frutos, hábil y entendida para lograr la presa y acopiar los productos.

La naturaleza y sus recursos por un lado, por el otro el hombre y su recurso, la cultura; frente a frente, relacionándose, demandándose, solicitándose; desafíos e historia.

Sinaloa, franja de tierra lamida por el mar en uno de sus costados, testigo continuo del tránsito de diversos grupos humanos hacia todos los puntos, corredor natural que permite el viaje de norte a sur, por el valle o la costa, cortado en franjas de oriente a occidente por sus ríos, arterias azules de su geografía que permiten la vida y las cosechas. La fauna tropical y su flora abundante, Mesopotamia del nuevo mundo, aquí también se originó la agricultura, agua en el agua, lugar de garzas, lugar donde domina la blancura.

Alguna vez en el tiempo estas tierras poseyeron la exuberancia de una vegetación lujuriosa, en cuyo paisaje pastaba una fauna prehistórica variada: mamuts, gliptodontes, megaterios y otras bestias de igual tamaño nos han dejado sus restos fosilizados como testimonio de su existencia. Sin embargo, no se ha podido encontrar ningún instrumento humano, ni siquiera una punta de proyectil que vislumbre al menos la posible presencia de seres humanos para esa época. Si acaso, se puede aventurar que los vestigios prehistóricos podrían corresponder a los encontrados en Sonora, en Arizona, donde penetra y termina el corredor sinaloense; sitios en donde los fósiles de las bestias fueran encontrados junto a huellas humanas, que datan de diez a doce mil años antes de Cristo.

De cualquier manera, podemos suponer que desde las primeras migraciones provenientes del estrecho de Bering, agrupaciones de cazadores recolectores llevaban a cabo incursiones de reconocimiento por estas latitudes, aprovechando frutos, semillas y raíces, presas de caza, crustáceos, moluscos y peces… y entonces: ¿Qué del paso, de la presencia del hombre por este corredor, y de su estancia? Los restos antiguos más importantes vendrían a ser algunos enterramientos diversos, ocasionales pinturas rupestres y una gran cantidad de petroglifos diseminados por todo el estado, en cuyos diseños podemos identificar animales acuáticos y terrestres, figuras geométricas, estrellas y astros celestes, plantas y seres humanos diversos. Las fechas giran entre el 600 A. C. y el 900 D. C.

En un esfuerzo por descorrer la cortina del pasado, tratando de encontrar al Sinaloa fundacional, se ha llegado hasta el mito y la leyenda, al estudio por analogía con algunas sociedades vecinas, que en su proceso cultural lograron expresar y dejar un patrimonio histórico comprobable.

A partir de los hallazgos realizados por arqueólogos, antropólogos e historiadores, es posible reconstruir hechos incuestionables del pasado sinaloense. Desde tiempo atrás, este corredor del Pacifico ha sido constante cruce de civilizaciones, culturas, grupos humanos en movimiento. Unos pasan nada más, otros se detienen temporalmente, otros se quedan para siempre.

En los valles y planicies aluviales de Sinaloa, hendidos por las fértiles aguas de sus ríos, se asentaron diferentes grupos humanos para reposar el cansancio del deambular nómada, y al final evolucionar hacia la vida sedentaria.

Ya desde aquel entonces, la obsesión vital era el agua. Cada río, era el medio para viajar de la costa a la sierra, para comerciar, para buscar alimento, para protegerse de las inclemencias del clima, para extender las relaciones grupales. Cada uno de estos ríos alberga un modo cultural diferente. Cada uno de ellos determinó la forma inicial de la agricultura. Cada una de estas corrientes generosas de comida y bebida, al generar un excedente en los satisfactores, dan cabida al surgimiento de otras actividades como la alfarería, y sobre todo al intercambio comercial. Junto con la agricultura, la caza y la pesca complementan las actividades de estas primeras sociedades que se adaptaban al territorio, cambiándolo muy poco. Según los productos en abundancia o a la mano, los grupos se especializaban, se quedaban, o iban y venían. La existencia de una pesca abundante determinaba que el grupo se hiciera pescador.

A las orillas de los ríos se practicaba la agricultura de riego, en pequeñas parcelas se cultivaba maíz, frijol, algodón, calabaza. En la desembocadura de los ríos y en el mar se pescaba mojarra, camarón, chigüil, ostión, almeja, pargo, tiburón, caguama, langostino, caracol, jaiba, callo de hacha, pata de mula, etc. La pesca permitía el uso múltiple de los productos, de tal manera que se aprovechaba no solo la carne, sino hasta el hueso: para agujas, anzuelos, cucharas, tenedores, cuchillos y platos. La tortuga ofrecía su concha como batea, cuna para el bebé, sonoro tambor de guerra o fina joyería de carey pulido; los dientes del tiburón eran útiles herramientas y ciertos estómagos de algunos pescados les servían de bolsas impermeables. La paloma, el pato y la codorniz, eran banquetes cotidianos a la mano de cualquier arquero eficiente. Todo se utilizaba. La carne, suculento platillo; los huesos, los picos y las garras, herramientas para el uso cotidiano; las plumas, adorno y ornamentos de algún bello tejido.

La cacería también les proveía de carne, vestidos e instrumentos; cazaban venado, liebre, conejo, zorra, berrendo, coyote, gato montés, puma, foca y lobo marino.

En el río, la laguna, el estanque, había carrizales para fabricar flechas, dardos, arpones, cuentas, collares, cestas, pilotes y recubrimientos para las casas. Las piedras de los ríos se convertían en morteros, raspadores, masas, metates, cuchillos, puntas de flecha, hachas, pedernales navajas y proyectiles. Del barro del río, cernido, amasado y cocido, surgían hermosas vasijas de formas de múltiple imaginación: anatómicas, zoomorfas, fitomorfas, cóncavas, policromadas, pintadas, esgrafiadas, pellizcadas, incisas, protuberantes, globulares, etc. De barro era pues también el malacate que se usaba para hilar el algodón, que terminaba como bello producto del telar de un artista prehispánico. Del mismo barro cantarín las vasijas-silbato que producían un silbido dulce y terroso. Del mismo barro los juguetes y miniaturas que se cocían para iniciar a los niños en las complejas técnicas de la cerámica.

Fiera pues la naturaleza, fiera la gente que poblaba el paisaje mesoamericano de valles y planicies, montañas y cañadas, lagunas y costas de nuestro actual estado de Sinaloa; pero no bárbaros, como algunos colonizadores de corta comprensión - y gran aspiración de empresas heroicas y temerarias - les llamaron en algún momento del contacto. Si no…¿Qué bárbaro profundiza en el conocimiento de la naturaleza de la manera en que lo hemos descrito? ¿Qué bárbaro mantiene con la tierra una relación siempre armónica, de respeto y comprensión y además, al final, se corona con el éxito de saber cultivarla y recoger sus productos? Con todo esto, en este malecón creemos que en la definición de la Sinaloa ancestral, no hay cabida para el calificativo de barbarie.

Una historia muy breve

“…entre gentes las más bárbaras y fieras del Nuevo Orbe.”

Andrés Pérez de Ribas, 1645.

Fiera la naturaleza, tacaña para otorgar sus frutos nomás porque sí, por más que los contenga en sus resquicios húmedos de cañadas y ríos, o prudentemente encubiertos bajo el manto marino de playas y marismas. Fiera la gente, que con determinación obtiene los frutos, hábil y entendida para lograr la presa y acopiar los productos.

La naturaleza y sus recursos por un lado, por el otro el hombre y su recurso, la cultura; frente a frente, relacionándose, demandándose, solicitándose; desafíos e historia.

Sinaloa, franja de tierra lamida por el mar en uno de sus costados, testigo continuo del tránsito de diversos grupos humanos hacia todos los puntos, corredor natural que permite el viaje de norte a sur, por el valle o la costa, cortado en franjas de oriente a occidente por sus ríos, arterias azules de su geografía que permiten la vida y las cosechas. La fauna tropical y su flora abundante, Mesopotamia del nuevo mundo, aquí también se originó la agricultura, agua en el agua, lugar de garzas, lugar donde domina la blancura.

Alguna vez en el tiempo estas tierras poseyeron la exuberancia de una vegetación lujuriosa, en cuyo paisaje pastaba una fauna prehistórica variada: mamuts, gliptodontes, megaterios y otras bestias de igual tamaño nos han dejado sus restos fosilizados como testimonio de su existencia. Sin embargo, no se ha podido encontrar ningún instrumento humano, ni siquiera una punta de proyectil que vislumbre al menos la posible presencia de seres humanos para esa época. Si acaso, se puede aventurar que los vestigios prehistóricos podrían corresponder a los encontrados en Sonora, en Arizona, donde penetra y termina el corredor sinaloense; sitios en donde los fósiles de las bestias fueran encontrados junto a huellas humanas, que datan de diez a doce mil años antes de Cristo.

De cualquier manera, podemos suponer que desde las primeras migraciones provenientes del estrecho de Bering, agrupaciones de cazadores recolectores llevaban a cabo incursiones de reconocimiento por estas latitudes, aprovechando frutos, semillas y raíces, presas de caza, crustáceos, moluscos y peces… y entonces: ¿Qué del paso, de la presencia del hombre por este corredor, y de su estancia? Los restos antiguos más importantes vendrían a ser algunos enterramientos diversos, ocasionales pinturas rupestres y una gran cantidad de petroglifos diseminados por todo el estado, en cuyos diseños podemos identificar animales acuáticos y terrestres, figuras geométricas, estrellas y astros celestes, plantas y seres humanos diversos. Las fechas giran entre el 600 A. C. y el 900 D. C.

En un esfuerzo por descorrer la cortina del pasado, tratando de encontrar al Sinaloa fundacional, se ha llegado hasta el mito y la leyenda, al estudio por analogía con algunas sociedades vecinas, que en su proceso cultural lograron expresar y dejar un patrimonio histórico comprobable.

A partir de los hallazgos realizados por arqueólogos, antropólogos e historiadores, es posible reconstruir hechos incuestionables del pasado sinaloense. Desde tiempo atrás, este corredor del Pacifico ha sido constante cruce de civilizaciones, culturas, grupos humanos en movimiento. Unos pasan nada más, otros se detienen temporalmente, otros se quedan para siempre.

En los valles y planicies aluviales de Sinaloa, hendidos por las fértiles aguas de sus ríos, se asentaron diferentes grupos humanos para reposar el cansancio del deambular nómada, y al final evolucionar hacia la vida sedentaria.

Ya desde aquel entonces, la obsesión vital era el agua. Cada río, era el medio para viajar de la costa a la sierra, para comerciar, para buscar alimento, para protegerse de las inclemencias del clima, para extender las relaciones grupales. Cada uno de estos ríos alberga un modo cultural diferente. Cada uno de ellos determinó la forma inicial de la agricultura. Cada una de estas corrientes generosas de comida y bebida, al generar un excedente en los satisfactores, dan cabida al surgimiento de otras actividades como la alfarería, y sobre todo al intercambio comercial. Junto con la agricultura, la caza y la pesca complementan las actividades de estas primeras sociedades que se adaptaban al territorio, cambiándolo muy poco. Según los productos en abundancia o a la mano, los grupos se especializaban, se quedaban, o iban y venían. La existencia de una pesca abundante determinaba que el grupo se hiciera pescador.

A las orillas de los ríos se practicaba la agricultura de riego, en pequeñas parcelas se cultivaba maíz, frijol, algodón, calabaza. En la desembocadura de los ríos y en el mar se pescaba mojarra, camarón, chigüil, ostión, almeja, pargo, tiburón, caguama, langostino, caracol, jaiba, callo de hacha, pata de mula, etc. La pesca permitía el uso múltiple de los productos, de tal manera que se aprovechaba no solo la carne, sino hasta el hueso: para agujas, anzuelos, cucharas, tenedores, cuchillos y platos. La tortuga ofrecía su concha como batea, cuna para el bebé, sonoro tambor de guerra o fina joyería de carey pulido; los dientes del tiburón eran útiles herramientas y ciertos estómagos de algunos pescados les servían de bolsas impermeables. La paloma, el pato y la codorniz, eran banquetes cotidianos a la mano de cualquier arquero eficiente. Todo se utilizaba. La carne, suculento platillo; los huesos, los picos y las garras, herramientas para el uso cotidiano; las plumas, adorno y ornamentos de algún bello tejido.

La cacería también les proveía de carne, vestidos e instrumentos; cazaban venado, liebre, conejo, zorra, berrendo, coyote, gato montés, puma, foca y lobo marino.

En el río, la laguna, el estanque, había carrizales para fabricar flechas, dardos, arpones, cuentas, collares, cestas, pilotes y recubrimientos para las casas. Las piedras de los ríos se convertían en morteros, raspadores, masas, metates, cuchillos, puntas de flecha, hachas, pedernales navajas y proyectiles. Del barro del río, cernido, amasado y cocido, surgían hermosas vasijas de formas de múltiple imaginación: anatómicas, zoomorfas, fitomorfas, cóncavas, policromadas, pintadas, esgrafiadas, pellizcadas, incisas, protuberantes, globulares, etc. De barro era pues también el malacate que se usaba para hilar el algodón, que terminaba como bello producto del telar de un artista prehispánico. Del mismo barro cantarín las vasijas-silbato que producían un silbido dulce y terroso. Del mismo barro los juguetes y miniaturas que se cocían para iniciar a los niños en las complejas técnicas de la cerámica.

Fiera pues la naturaleza, fiera la gente que poblaba el paisaje mesoamericano de valles y planicies, montañas y cañadas, lagunas y costas de nuestro actual estado de Sinaloa; pero no bárbaros, como algunos colonizadores de corta comprensión - y gran aspiración de empresas heroicas y temerarias - les llamaron en algún momento del contacto. Si no…¿Qué bárbaro profundiza en el conocimiento de la naturaleza de la manera en que lo hemos descrito? ¿Qué bárbaro mantiene con la tierra una relación siempre armónica, de respeto y comprensión y además, al final, se corona con el éxito de saber cultivarla y recoger sus productos? Con todo esto, en este malecón creemos que en la definición de la Sinaloa ancestral, no hay cabida para el calificativo de barbarie.