/ domingo 22 de diciembre de 2019

Los cafés y la conversación

“El café es un lugar para la cita y la conspiración, para el debate intelectual y para el cotilleo, para el flâneur y para el poeta o el metafísico con su cuaderno”, apuntó George Steiner, con toda verdad, en una de sus conferencias. Si algo caracteriza a los cafés es la pluralidad, la constancia y la independencia de sus concurrentes habituales. Antes que atender una cita, en el café se coincide. No buscamos a nadie, simplemente nos encontramos, intercambiamos saludos y, a veces, compartimos una mesa. Aunque no faltan los impertinentes, “el Café es una sociedad de calores mutuos” (Ramón Gómez de la Serna).

Estos espacios de libertad nos permiten estar solos entre la multitud; en medio de la vorágine de la vida pero a cierta distancia de ella. Estos establecimientos hacen posible pensar y celebrar la vida suspendiéndola temporalmente bajo el hechizo de una taza de café. Por eso los escritores, los científicos, los filósofos, los bohemios, los poetas malditos, los conspiradores, los picapleitos, los errantes que buscan un refugio momentáneo, han hecho de los cafés su segundo hogar, su principal gabinete de trabajo y su mirador privilegiado.

Los antecedentes de los cafés fueron los Salones literarios. En el siglo XVII algunas damas aristócratas de Francia (Madame de Sevigné, Madame de Stäel…) organizaban exclusivas veladas literarias, practicaban la conversación y la critique parlée de libros. En esos Salones se podía ver con frecuencia a La Rochefoucauld. Eran verdaderas instituciones de la conversación, pero con sus reglas y jerarquías para la admisión. Más tarde, en el siglo XVIII comenzaron a proliferar los cafés en ese país y en el siglo XIX había ya toda una cartografía de cafés también en otras partes del continente (Lisboa, Viena, Génova, Barcelona, etc.). Los cafés tomaron “de los Salones el modelo de la tertulia […] como centro aglutinador de las novedades culturales y epicentro de la discusión política, pero el Café lo despoja de los mecanismos de inclusión o exclusión aristocratizantes; deselitiza la pertenencia a su ámbito, seculariza el diálogo, la creación, la política; suprime el protocolo, flexibiliza las costumbres y los modales, y, sobre todo, desjerarquiza la conversación" (Antoni Martí Monterde, Poética del Café, 2007). En el café todos son bienvenidos y todos pueden participar, con la condición de que paguen su consumo.

Baudelaire pasó su juventud en los cafés del legendario barrio latino. Rubén Darío encontró a Verlaine en un café de París. Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir se reunían todas las tardes con sus amigos en un café. Cioran dejó de ir al café para no ver más a “dos viejos patéticos” (Sartre y Beauvoir). Fernando Pessoa caminaba por Lisboa para tomar un café espresso. A Sigmund Freud había que buscarlo en los cafés. Lenin jugaba al ajedrez con Trotski en un café. Ramón Gómez de la Serna se autoproclamaba senador vitalicio del café. “Cuando las casas eran frías e inhóspitas, es natural que la gente corriera a reunirse en un café buscando otra temperatura física y moral”, escribió Francisco Umbral. Los cafés ofrecen calidez para nuestro cuerpo y consuelo para el individuo que escapa un rato de la multitud. El café es un lugar intermedio entre el silencio y el rumor de la calle, tiene su propia temperatura. Se le ha comparado con un sueño: "Salir del café y ver la luz del sol era como despertarse en medio de un sueño. Dentro se paraba el tiempo" (Joseph Roth); también con el viaje, pues estar en el café es una actitud, una acción de desplazamiento, una quietud pero que es al mismo tiempo una actividad. Apenas entramos a un café y ya estamos de viaje. Los aromas de la bebida y el murmullo de voces indescifrables nos transportan a otra dimensión. Salir de ahí puede demorar horas o un día entero, y nunca seremos los mismos después de esa experiencia plena de cafeína. Estar en el café, beber café, es un estado de ánimo.

Como espacios, los cafés son esenciales para la palabra, para la conversación apasionada pero civilizada. Templos laicos donde cada día y a toda hora se practica el rito del café. Alrededor de una taza de café se discrepa y se discute, en ocasiones hasta se generan acuerdos y treguas. El café activa el diálogo y el ingenio. Josep Pla, refiriéndose a la Barcelona del último tercio del siglo XIX, escribió: “Todo sucedía, en aquel entonces, en los cafés y lo que no sucedía en los cafés no existía. El café aguza la inteligencia y aviva la sociabilidad. La decadencia del café implica la decadencia de una civilización entera." Por lo menos desde el siglo XVI se conocían los efectos de esta bebida oscura respecto a la inteligencia, la agudeza y la vigilia. "En París se estima mucho el café y hay una muchedumbre de sitios públicos donde lo despachan […] Una de estas casas hay en que hacen el café de manera que cuantos lo toman adquieren agudeza de ingenio; a lo menos nadie al salir deja de tenerse por mucho más hábil que cuando entró" (Montesquieu). Si la nuestra es una civilización fundada en la inteligencia y la luz de las palabras, los cafés contribuyen a afirmarla. Cuando desaparece un café se hace de noche así sea de mañana. Es un día triste.

Hay otra forma de la conversación que se realiza en los cafés desde siempre: la lectura. Leemos en la soledad de una mesa rodeados de miradas mudas. El habitual del café lee vorazmente la prensa, así toma el pulso de la ciudad y del mundo, para luego salir informado a su encuentro. También lee libros, muchos libros. La conjunción de la imprenta y el café son una revolución en sí misma. La entrada en el café, el consumo de la bebida, nos hace volcarnos a la lectura; y la lectura compulsiva nos obliga a pedir más tazas de café, olvidándonos del tiempo. Como muchos otros que me antecedieron y que me sucederán, debo a los cafés, mucho más que a la escuela, mi educación libresca, libre y omnívora. No recuerdo ni siquiera el intento de alguna institución escolar por contagiarme el hábito de la lectura; la letra con sangre entraba. Es en los cafés, en sus mesas y en sus tertulias, donde verdaderamente aprendí a leer de la única forma en que vale la pena: por placer. Sin más credenciales que la curiosidad, sin más pertrechos que una taza de café y un buen libro, en esos lugares leí, como un diletante, a las mentes brillantes de la literatura, la filosofía, la psicología, la sociología, la historia, la música, el Derecho, etc. Mis recuerdos de Shakespeare, de Molière, de Montaigne, de García Lorca, de Lope de Vega, de Flaubert, de Sartre, de Platón, de Aristóteles, de Paulo Freire, de Freud, de Hans Kelsen, de Norberto Bobbio, por mencionar algunos al azar, están asociados con el café y algunas taquicardias, no con la academia. Me sigue pareciendo cierto lo que decía Thomas Carlyle: “La verdadera universidad de hoy en día es una colección de libros.” Una colección de libros acompañada de café, agregaría yo.

Los cafés son un permanente centro de aprendizaje y de debate, más cerca de la tertulia democrática que de las universidades con sus conocimientos jerarquizados y credencializados. En el café el sociólogo puede hablar libremente de literatura y el literato comentar sobre política; el abogado puede recitar versos y el poeta reflexionar acerca de la filosofía. En la academia del café “no se enseña nada, pero se aprende la sociabilidad y el desencanto. Se puede charlar, contar, pero no es posible predicar, dar mítines ni clase" (Claudio Magris). Los cafés son ágoras, no púlpitos para el sermón ni cátedras para los argumentos de autoridad. Hace quizás veinte años, en un café llamado “El Tabachín”, leyendo a E.M. Cioran me encontré con este aforismo suyo: “El café es el secreto de todo.” Desde entonces me hago cargo de estas palabras.




“El café es un lugar para la cita y la conspiración, para el debate intelectual y para el cotilleo, para el flâneur y para el poeta o el metafísico con su cuaderno”, apuntó George Steiner, con toda verdad, en una de sus conferencias. Si algo caracteriza a los cafés es la pluralidad, la constancia y la independencia de sus concurrentes habituales. Antes que atender una cita, en el café se coincide. No buscamos a nadie, simplemente nos encontramos, intercambiamos saludos y, a veces, compartimos una mesa. Aunque no faltan los impertinentes, “el Café es una sociedad de calores mutuos” (Ramón Gómez de la Serna).

Estos espacios de libertad nos permiten estar solos entre la multitud; en medio de la vorágine de la vida pero a cierta distancia de ella. Estos establecimientos hacen posible pensar y celebrar la vida suspendiéndola temporalmente bajo el hechizo de una taza de café. Por eso los escritores, los científicos, los filósofos, los bohemios, los poetas malditos, los conspiradores, los picapleitos, los errantes que buscan un refugio momentáneo, han hecho de los cafés su segundo hogar, su principal gabinete de trabajo y su mirador privilegiado.

Los antecedentes de los cafés fueron los Salones literarios. En el siglo XVII algunas damas aristócratas de Francia (Madame de Sevigné, Madame de Stäel…) organizaban exclusivas veladas literarias, practicaban la conversación y la critique parlée de libros. En esos Salones se podía ver con frecuencia a La Rochefoucauld. Eran verdaderas instituciones de la conversación, pero con sus reglas y jerarquías para la admisión. Más tarde, en el siglo XVIII comenzaron a proliferar los cafés en ese país y en el siglo XIX había ya toda una cartografía de cafés también en otras partes del continente (Lisboa, Viena, Génova, Barcelona, etc.). Los cafés tomaron “de los Salones el modelo de la tertulia […] como centro aglutinador de las novedades culturales y epicentro de la discusión política, pero el Café lo despoja de los mecanismos de inclusión o exclusión aristocratizantes; deselitiza la pertenencia a su ámbito, seculariza el diálogo, la creación, la política; suprime el protocolo, flexibiliza las costumbres y los modales, y, sobre todo, desjerarquiza la conversación" (Antoni Martí Monterde, Poética del Café, 2007). En el café todos son bienvenidos y todos pueden participar, con la condición de que paguen su consumo.

Baudelaire pasó su juventud en los cafés del legendario barrio latino. Rubén Darío encontró a Verlaine en un café de París. Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir se reunían todas las tardes con sus amigos en un café. Cioran dejó de ir al café para no ver más a “dos viejos patéticos” (Sartre y Beauvoir). Fernando Pessoa caminaba por Lisboa para tomar un café espresso. A Sigmund Freud había que buscarlo en los cafés. Lenin jugaba al ajedrez con Trotski en un café. Ramón Gómez de la Serna se autoproclamaba senador vitalicio del café. “Cuando las casas eran frías e inhóspitas, es natural que la gente corriera a reunirse en un café buscando otra temperatura física y moral”, escribió Francisco Umbral. Los cafés ofrecen calidez para nuestro cuerpo y consuelo para el individuo que escapa un rato de la multitud. El café es un lugar intermedio entre el silencio y el rumor de la calle, tiene su propia temperatura. Se le ha comparado con un sueño: "Salir del café y ver la luz del sol era como despertarse en medio de un sueño. Dentro se paraba el tiempo" (Joseph Roth); también con el viaje, pues estar en el café es una actitud, una acción de desplazamiento, una quietud pero que es al mismo tiempo una actividad. Apenas entramos a un café y ya estamos de viaje. Los aromas de la bebida y el murmullo de voces indescifrables nos transportan a otra dimensión. Salir de ahí puede demorar horas o un día entero, y nunca seremos los mismos después de esa experiencia plena de cafeína. Estar en el café, beber café, es un estado de ánimo.

Como espacios, los cafés son esenciales para la palabra, para la conversación apasionada pero civilizada. Templos laicos donde cada día y a toda hora se practica el rito del café. Alrededor de una taza de café se discrepa y se discute, en ocasiones hasta se generan acuerdos y treguas. El café activa el diálogo y el ingenio. Josep Pla, refiriéndose a la Barcelona del último tercio del siglo XIX, escribió: “Todo sucedía, en aquel entonces, en los cafés y lo que no sucedía en los cafés no existía. El café aguza la inteligencia y aviva la sociabilidad. La decadencia del café implica la decadencia de una civilización entera." Por lo menos desde el siglo XVI se conocían los efectos de esta bebida oscura respecto a la inteligencia, la agudeza y la vigilia. "En París se estima mucho el café y hay una muchedumbre de sitios públicos donde lo despachan […] Una de estas casas hay en que hacen el café de manera que cuantos lo toman adquieren agudeza de ingenio; a lo menos nadie al salir deja de tenerse por mucho más hábil que cuando entró" (Montesquieu). Si la nuestra es una civilización fundada en la inteligencia y la luz de las palabras, los cafés contribuyen a afirmarla. Cuando desaparece un café se hace de noche así sea de mañana. Es un día triste.

Hay otra forma de la conversación que se realiza en los cafés desde siempre: la lectura. Leemos en la soledad de una mesa rodeados de miradas mudas. El habitual del café lee vorazmente la prensa, así toma el pulso de la ciudad y del mundo, para luego salir informado a su encuentro. También lee libros, muchos libros. La conjunción de la imprenta y el café son una revolución en sí misma. La entrada en el café, el consumo de la bebida, nos hace volcarnos a la lectura; y la lectura compulsiva nos obliga a pedir más tazas de café, olvidándonos del tiempo. Como muchos otros que me antecedieron y que me sucederán, debo a los cafés, mucho más que a la escuela, mi educación libresca, libre y omnívora. No recuerdo ni siquiera el intento de alguna institución escolar por contagiarme el hábito de la lectura; la letra con sangre entraba. Es en los cafés, en sus mesas y en sus tertulias, donde verdaderamente aprendí a leer de la única forma en que vale la pena: por placer. Sin más credenciales que la curiosidad, sin más pertrechos que una taza de café y un buen libro, en esos lugares leí, como un diletante, a las mentes brillantes de la literatura, la filosofía, la psicología, la sociología, la historia, la música, el Derecho, etc. Mis recuerdos de Shakespeare, de Molière, de Montaigne, de García Lorca, de Lope de Vega, de Flaubert, de Sartre, de Platón, de Aristóteles, de Paulo Freire, de Freud, de Hans Kelsen, de Norberto Bobbio, por mencionar algunos al azar, están asociados con el café y algunas taquicardias, no con la academia. Me sigue pareciendo cierto lo que decía Thomas Carlyle: “La verdadera universidad de hoy en día es una colección de libros.” Una colección de libros acompañada de café, agregaría yo.

Los cafés son un permanente centro de aprendizaje y de debate, más cerca de la tertulia democrática que de las universidades con sus conocimientos jerarquizados y credencializados. En el café el sociólogo puede hablar libremente de literatura y el literato comentar sobre política; el abogado puede recitar versos y el poeta reflexionar acerca de la filosofía. En la academia del café “no se enseña nada, pero se aprende la sociabilidad y el desencanto. Se puede charlar, contar, pero no es posible predicar, dar mítines ni clase" (Claudio Magris). Los cafés son ágoras, no púlpitos para el sermón ni cátedras para los argumentos de autoridad. Hace quizás veinte años, en un café llamado “El Tabachín”, leyendo a E.M. Cioran me encontré con este aforismo suyo: “El café es el secreto de todo.” Desde entonces me hago cargo de estas palabras.




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