/ sábado 21 de marzo de 2020

Leer en tiempos del Coronavirus

“Entendemos de bacterias, virus y protozoos microscópicos. Podemos comprender cómo estos diminutos agentes se desplazan por nuestros cuerpos y dañan los órganos. Sabemos que el cuerpo tiene estrategias defensivas para luchar contra estos invasores y hemos creado productos químicos para atacar a estos biovillanos”. Dr. Peter Moore


El pánico a la invisibilidad de estos “biovillanos” como denomina el Doctor Moore en su texto “El libro de las pandemias. Las 50 plagas e infecciones más virulentas del mundo”. El miedo indudablemente se apodera del humano, de tal manera que logra dividirnos. O somos tan ególatras que pensamos que tenemos una coraza impenetrable o imaginamos que somos un avatar de algún video juego donde el Coronavirus no nos abatirá. Esta posición egoísta logra insensibilizarnos y pone en riesgo a los más vulnerables: a nuestros adultos de la tercera edad, a personas que padecen algún tipo de enfermedad, a las embarazadas o aquellos que tienen débil su sistema inmunológico.

Somos espectadores mediáticos, testigos de posturas que minimizan las consecuencias de un brote epidémico en nuestro país tan cercano a la pobreza y tan lejano a un sistema de salud público eficiente; con muchas carencias; con un retraso en el servicio de décadas, un sistema que trabaja rebasado, saturado. Expreso esta preocupación desde mi experiencia; desde la postura de una simple derechohabiente del ISSSTE, también considero que esta situación no es distinta en el IMSS, menos en otras dependencias encargadas del sector público de salud.

Debemos meter freno ante el cúmulo de bombardeo en las redes sociales. La catástrofe es estar rodeados de “pseudo expertos” en: economía, en contingencias de salud pública, epidemiólogos… Somos todo en las redes sociales menos en su mayoría ciudadanos responsables. La carencia de consciencia individual o colectiva, no del todo es culpa nuestra; el Estado tiene gran parte de responsabilidad. No tenemos una cultura formativa ante las contingencias en el tema de salud. El Estado y los gobiernos viven en una fase constante de negación ante problemas sociales o situaciones adversas. Hoy enfrentamos las consecuencias de enfermedades globales y la palabra pandemia toma mucha fuerza, más porque vivimos interconectados gracias a los medios de transporte: metro, autobuses, colectivos, vuelos comerciales, cruceros.

La historia de la humanidad debería de ser una gran maestra, un ente de aprendizaje constante; más de las situaciones que no deberíamos de replicar como la guerra, ni las pandemias; ni olvidar sobre los efectos que en su momento tuvieron: la peste negra, la fiebre amarilla, la viruela, la malaria, o el H1N1. Nuestro país no está aislado, tiene vínculos económicos internacionales. Los virus nos han enseñado algo: se mueven rápido, son los entes más adaptables, globales y escurridizos que pueden existir en el planeta.

La educación está regida por el Estado, determina los contenidos y aprendizajes esperados para cada asignatura del mapa curricular de la educación básica. En mis casi 21 años de profesora nunca se nos ha instruido para enfrentar o tomar acciones en común frente a este tipo de contingencias. Una gran iniciativa fue este Consejo Técnico Escolar Extraordinario del día jueves 19 de marzo, se estuvo leyendo información sobre cómo contener el COVID-19 en las escuelas, el día de ayer las escuelas citaron a los padres para dar a conocer las actividades académicas en este receso; así como los cuidados cercos o filtros que deben establecer desde el hogar. Jamás imaginé que los debates fueran más enfocados a una contingencia, nuestra preocupación es porque todos aquellos que laboramos en el sistema educativo, aquellos que conocemos; regresemos con bien sanos y salvos el próximo 20 de abril.

El sistema de salud tiene acercamientos con las comunidades escolares con programas que abordan temas sobre el consumo de drogas; métodos anticonceptivos, reproducción, embarazo en la adolescencia, enfermedades de transmisión sexual, obesidad infantil y juvenil, pero sobre contagios, epidemias o pandemias…no recuerdo alguna charla, ni cuando estuvo la gripe porcina. En esta puesta en escena del Coronavirus a nivel mundial, por más apocalíptico que se vislumbra; es también una oportunidad para empezar a generar otra visión: fomentar una cultura sobre la salud comunitaria y los beneficios en nuestra sociedad con acciones comunes. El gobierno que se ponga las pilas para generar verdaderos cercos sanitarios, cuando regresamos de algún país; porque la única preocupación que recuerdo cuando he viajado y regresado al país en los aeropuertos nacionales, la preocupación se enfocaba en no traer comida o fruta para evitar la propagación de la mosca de la fruta.

Este virus debe ayudarnos a reflexionar, a educarnos, a humanizarnos, a pensar profundamente sobre las cosas básicas que tenemos que realizar para nuestra salud personal y comunitaria. Es lamentable que algunos sacan provecho de este virus: la oposición politiza el asunto, la fabricación de memes que rayan en lo patético. He leído una cantidad de críticas sobre la postura del gobierno federal por mantener sus aeropuertos abiertos en esta pandemia. Olvidamos a los más desprotegidos; los que viven de su trabajo, del día a día para llevar comida a su familia, un gran sector donde es un hábito pensar en la sobrevivencia económica como un acto cotidiano. Entonces, intento meditar en medio de este cúmulo de informaciones y desinformaciones.

¿Cómo es la situación de un viajero, de un enfermo, de un ciudadano que gana el mínimo? Bombardean una serie de preguntas al cerebro, ¿qué sentirían todos aquellos turistas que han sido aislados en cuarentena?, ¿qué reacciones tendrá una persona cuando le digan que no puede tomar o bajarse de un avión porque los embarques al país de destino no lo permite o no hay salidas para regresar con su familia? Pienso también en los enfermos por coronavirus. Más allá de las dolencias; en su alma, qué sentirá al no poder abrazar a sus seres queridos. Probablemente, en cualquiera de estos escenarios debe ser de la chingada. No encuentro otro adjetivo. Me preocupa que el pánico esté generando actitudes egoístas, hasta cierto punto discriminatorias.

Dentro de este mar de cuestionamientos, también recuerdo a los mexicanos en tiempos de crisis. Las tragedias de los terremotos del 85 y del 2017 han sido lecciones de solidaridad, cooperación y empatía para el mundo. Se vienen a la cabeza las acciones proactivas de algunos ciudadanos europeos en el encierro obligatorio del cómo comparten con sus vecinos un poquito de las actividades que más disfrutan desde el balcón, las azoteas en las redes sociales. En tiempos de coronavirus es momento de abrazarnos con las palabras, elaborar proyectos en familia, accionar en pro de los más vulnerables, pero sobre todo informarnos de fuentes fidedignas.


OK LUIS

“Entendemos de bacterias, virus y protozoos microscópicos. Podemos comprender cómo estos diminutos agentes se desplazan por nuestros cuerpos y dañan los órganos. Sabemos que el cuerpo tiene estrategias defensivas para luchar contra estos invasores y hemos creado productos químicos para atacar a estos biovillanos”. Dr. Peter Moore


El pánico a la invisibilidad de estos “biovillanos” como denomina el Doctor Moore en su texto “El libro de las pandemias. Las 50 plagas e infecciones más virulentas del mundo”. El miedo indudablemente se apodera del humano, de tal manera que logra dividirnos. O somos tan ególatras que pensamos que tenemos una coraza impenetrable o imaginamos que somos un avatar de algún video juego donde el Coronavirus no nos abatirá. Esta posición egoísta logra insensibilizarnos y pone en riesgo a los más vulnerables: a nuestros adultos de la tercera edad, a personas que padecen algún tipo de enfermedad, a las embarazadas o aquellos que tienen débil su sistema inmunológico.

Somos espectadores mediáticos, testigos de posturas que minimizan las consecuencias de un brote epidémico en nuestro país tan cercano a la pobreza y tan lejano a un sistema de salud público eficiente; con muchas carencias; con un retraso en el servicio de décadas, un sistema que trabaja rebasado, saturado. Expreso esta preocupación desde mi experiencia; desde la postura de una simple derechohabiente del ISSSTE, también considero que esta situación no es distinta en el IMSS, menos en otras dependencias encargadas del sector público de salud.

Debemos meter freno ante el cúmulo de bombardeo en las redes sociales. La catástrofe es estar rodeados de “pseudo expertos” en: economía, en contingencias de salud pública, epidemiólogos… Somos todo en las redes sociales menos en su mayoría ciudadanos responsables. La carencia de consciencia individual o colectiva, no del todo es culpa nuestra; el Estado tiene gran parte de responsabilidad. No tenemos una cultura formativa ante las contingencias en el tema de salud. El Estado y los gobiernos viven en una fase constante de negación ante problemas sociales o situaciones adversas. Hoy enfrentamos las consecuencias de enfermedades globales y la palabra pandemia toma mucha fuerza, más porque vivimos interconectados gracias a los medios de transporte: metro, autobuses, colectivos, vuelos comerciales, cruceros.

La historia de la humanidad debería de ser una gran maestra, un ente de aprendizaje constante; más de las situaciones que no deberíamos de replicar como la guerra, ni las pandemias; ni olvidar sobre los efectos que en su momento tuvieron: la peste negra, la fiebre amarilla, la viruela, la malaria, o el H1N1. Nuestro país no está aislado, tiene vínculos económicos internacionales. Los virus nos han enseñado algo: se mueven rápido, son los entes más adaptables, globales y escurridizos que pueden existir en el planeta.

La educación está regida por el Estado, determina los contenidos y aprendizajes esperados para cada asignatura del mapa curricular de la educación básica. En mis casi 21 años de profesora nunca se nos ha instruido para enfrentar o tomar acciones en común frente a este tipo de contingencias. Una gran iniciativa fue este Consejo Técnico Escolar Extraordinario del día jueves 19 de marzo, se estuvo leyendo información sobre cómo contener el COVID-19 en las escuelas, el día de ayer las escuelas citaron a los padres para dar a conocer las actividades académicas en este receso; así como los cuidados cercos o filtros que deben establecer desde el hogar. Jamás imaginé que los debates fueran más enfocados a una contingencia, nuestra preocupación es porque todos aquellos que laboramos en el sistema educativo, aquellos que conocemos; regresemos con bien sanos y salvos el próximo 20 de abril.

El sistema de salud tiene acercamientos con las comunidades escolares con programas que abordan temas sobre el consumo de drogas; métodos anticonceptivos, reproducción, embarazo en la adolescencia, enfermedades de transmisión sexual, obesidad infantil y juvenil, pero sobre contagios, epidemias o pandemias…no recuerdo alguna charla, ni cuando estuvo la gripe porcina. En esta puesta en escena del Coronavirus a nivel mundial, por más apocalíptico que se vislumbra; es también una oportunidad para empezar a generar otra visión: fomentar una cultura sobre la salud comunitaria y los beneficios en nuestra sociedad con acciones comunes. El gobierno que se ponga las pilas para generar verdaderos cercos sanitarios, cuando regresamos de algún país; porque la única preocupación que recuerdo cuando he viajado y regresado al país en los aeropuertos nacionales, la preocupación se enfocaba en no traer comida o fruta para evitar la propagación de la mosca de la fruta.

Este virus debe ayudarnos a reflexionar, a educarnos, a humanizarnos, a pensar profundamente sobre las cosas básicas que tenemos que realizar para nuestra salud personal y comunitaria. Es lamentable que algunos sacan provecho de este virus: la oposición politiza el asunto, la fabricación de memes que rayan en lo patético. He leído una cantidad de críticas sobre la postura del gobierno federal por mantener sus aeropuertos abiertos en esta pandemia. Olvidamos a los más desprotegidos; los que viven de su trabajo, del día a día para llevar comida a su familia, un gran sector donde es un hábito pensar en la sobrevivencia económica como un acto cotidiano. Entonces, intento meditar en medio de este cúmulo de informaciones y desinformaciones.

¿Cómo es la situación de un viajero, de un enfermo, de un ciudadano que gana el mínimo? Bombardean una serie de preguntas al cerebro, ¿qué sentirían todos aquellos turistas que han sido aislados en cuarentena?, ¿qué reacciones tendrá una persona cuando le digan que no puede tomar o bajarse de un avión porque los embarques al país de destino no lo permite o no hay salidas para regresar con su familia? Pienso también en los enfermos por coronavirus. Más allá de las dolencias; en su alma, qué sentirá al no poder abrazar a sus seres queridos. Probablemente, en cualquiera de estos escenarios debe ser de la chingada. No encuentro otro adjetivo. Me preocupa que el pánico esté generando actitudes egoístas, hasta cierto punto discriminatorias.

Dentro de este mar de cuestionamientos, también recuerdo a los mexicanos en tiempos de crisis. Las tragedias de los terremotos del 85 y del 2017 han sido lecciones de solidaridad, cooperación y empatía para el mundo. Se vienen a la cabeza las acciones proactivas de algunos ciudadanos europeos en el encierro obligatorio del cómo comparten con sus vecinos un poquito de las actividades que más disfrutan desde el balcón, las azoteas en las redes sociales. En tiempos de coronavirus es momento de abrazarnos con las palabras, elaborar proyectos en familia, accionar en pro de los más vulnerables, pero sobre todo informarnos de fuentes fidedignas.


OK LUIS