/ viernes 14 de junio de 2019

La valentía del final

Y aunque mi propio horizonte se estrecha,

el horizonte en que debo colocarme precisa ser amplio.

Aline Pettersson, A la intemperie, p. 15


Aline Pettersson es una escritora inteligente, cuestionadora y propositiva. Curiosamente, ella tiene ascendencia sinaloense, ya que su abuelo fue el destacado periodista mazatleco José Ferrel (liberal indomable), candidato a la gubernatura de Sinaloa y opositor a Diego Redo (porfirista), quien le robó la elección. Así que la sabiduría y maestría de Aline cuenta con un linaje de primera talla en la vida periodística y política de nuestro país. Ella, del mismo modo, posee el empeñado espíritu de abrirle paso a la verdad y revelarla sin rodeos. Nos pone, en su novela A la intemperie (México, Alfaguara, 2012) completamente de frente a la vejez, al final de la vida que obliga aencarar circunstancias inesperadas en razón del deterioro físico. Nos transmite una situación límite en la que, además de la vulnerabilidad, los caminos andados se van desdibujando. La escritora va directo a encontrarse sin preámbulos con el miedo a la pérdida de la plenitud de la vida, de aquello valioso que nos ofreció hasta el momento del precipitado declive. Parte del acto de la escritura, voluntario y explícito, de la creación de personajes que nos conducen a reflexionar muy de cerca en nuestra propia decadencia. Ella misma es el corazón de una matriushka-patriushka que va quitando poco a poco las figuras que conforman la vida del escritor Pedro de la Serna. Sin embargo, este proceso delata un sentir autobiográfico adherido a sus personajes, ¿cómo distinguirse de ellos?, ¿de verdad se puede hacer eso? Por supuesto este planteamiento la coloca, tanto a su protagonista como a ella misma, en la intemperie.

Estamos ante una experiencia que es como un fractal infinito, una condición desventajosa que va dominando la vida de Pedro silenciosa e intempestivamente, y que la autora y el personaje de la escritora que escribe esta novela comparten a momentos, estableciendo la sana distancia de la invención literaria. Es un ir y venir de hilos donde la escritora suelta la tensión para que el personaje se desarrolle en libertad y otros en los que lo retoma para urdir la trama que ella desea. En verdad esta novela tiene muchos niveles de comprensión, pues los personajes también dan pistas a su escritora. Ella se enfrenta a varios dilemas, como el de escoger entre el personaje de un arquitecto en la plenitud de su vida, Javier Acuña; o el de un escritor viejo, Pedro de la Serna. ¿Qué tan próximo debe ser éste para que ella se aventure en la cuestión? No obstante, la escritora da este gran paso de manera honesta, valiente y audaz, al decidirse por el segundo, tan cercano que incluso al novelista Pedro de la Serna le es inevitable incluir en su novela al personaje de Javier creado por ella, como si tuviera el mismo impulso. Todo se funde y confunde, pues ya no importa saltar de la realidad a la ficción, la escritora le cede sin chistar al novelista Pedro su autoría y entonces ya no queda tan claro de quién escribe esos momentos tan sublimes y lúcidos del arquitecto Javier, donde se expresa con tan excelsas palabras que son joyas destellantes engastadas en la obra.

En este devenir, surge la inquietante pérdida de memoria; la cual, como cualquier ser humano, es minimizada por Pedro. Su vitalidad y sabiduría pugna por seguir adelante y confiar en el restablecimiento de la normalidad. Se conoce bien a sí mismo e intenta compensar la intranquilidad con su talento intelectual y literario. Se levanta una y otra vez a dar la batalla. Los afectos de su vida son los pilares de su avance; y su amor a las mujeres, profunda fuente de felicidad e inspiración. A todo esto se enfrenta Pedro, un hombre que ha sido fiel a su brújula vital, a sus impulsos e intereses. Un espíritu abierto a su época, que ha probado el LSD, dispuesto a sentir la vida de otra manera con una prestancia desafiante y al mismo tiempo entregada. Un ser que se ha expresado como ha querido: rebelde, creativo e inteligente ante el inusitado transcurso de la existencia.

Nos encontramos así ante un espejo en el que todos nos vemos o nos veremos reflejados. En este reconocimiento, Pedro experimenta a la vez impiedad y benevolencia, aspectos que seguimos atentos ya que podemos verlos replicados en nosotros o en los demás. Pero también Aline Pettersson va tras la huella de tales acontecimientos, nos devela que ella está enlazada, asimismo, al personaje de la escritora de la novela de manera profunda e inevitable y que, en este caso, no hay fronteras claras entre ella y la escritora, y tampoco entre este personaje y los personajes de Pedro y de Javier. Es un encadenamiento, al igual que sucede con la vida de los demás. Los que estuvieron antes y los del presente, todos son importantes en el momento en que surgen o son recordados; también en el momento en que desaparecen y son olvidados, ya sea en la imaginación o en los hechos. ¿Pero qué digo? También el lector entra en este laberinto de meditaciones que nos señala a nosotros como protagonistas de nuestra vida finita de máximos y mínimos, un oleaje que sube y que baja, y que nos deja al final en una playa inhóspita para andar por una ruta desconocida, a tientas, a la intemperie. En verdad, es un viaje auténtico que vale la pena conocer, guiados por la inteligencia y maestría literaria de Aline Pettersson.


*Poeta y filósofa.



Y aunque mi propio horizonte se estrecha,

el horizonte en que debo colocarme precisa ser amplio.

Aline Pettersson, A la intemperie, p. 15


Aline Pettersson es una escritora inteligente, cuestionadora y propositiva. Curiosamente, ella tiene ascendencia sinaloense, ya que su abuelo fue el destacado periodista mazatleco José Ferrel (liberal indomable), candidato a la gubernatura de Sinaloa y opositor a Diego Redo (porfirista), quien le robó la elección. Así que la sabiduría y maestría de Aline cuenta con un linaje de primera talla en la vida periodística y política de nuestro país. Ella, del mismo modo, posee el empeñado espíritu de abrirle paso a la verdad y revelarla sin rodeos. Nos pone, en su novela A la intemperie (México, Alfaguara, 2012) completamente de frente a la vejez, al final de la vida que obliga aencarar circunstancias inesperadas en razón del deterioro físico. Nos transmite una situación límite en la que, además de la vulnerabilidad, los caminos andados se van desdibujando. La escritora va directo a encontrarse sin preámbulos con el miedo a la pérdida de la plenitud de la vida, de aquello valioso que nos ofreció hasta el momento del precipitado declive. Parte del acto de la escritura, voluntario y explícito, de la creación de personajes que nos conducen a reflexionar muy de cerca en nuestra propia decadencia. Ella misma es el corazón de una matriushka-patriushka que va quitando poco a poco las figuras que conforman la vida del escritor Pedro de la Serna. Sin embargo, este proceso delata un sentir autobiográfico adherido a sus personajes, ¿cómo distinguirse de ellos?, ¿de verdad se puede hacer eso? Por supuesto este planteamiento la coloca, tanto a su protagonista como a ella misma, en la intemperie.

Estamos ante una experiencia que es como un fractal infinito, una condición desventajosa que va dominando la vida de Pedro silenciosa e intempestivamente, y que la autora y el personaje de la escritora que escribe esta novela comparten a momentos, estableciendo la sana distancia de la invención literaria. Es un ir y venir de hilos donde la escritora suelta la tensión para que el personaje se desarrolle en libertad y otros en los que lo retoma para urdir la trama que ella desea. En verdad esta novela tiene muchos niveles de comprensión, pues los personajes también dan pistas a su escritora. Ella se enfrenta a varios dilemas, como el de escoger entre el personaje de un arquitecto en la plenitud de su vida, Javier Acuña; o el de un escritor viejo, Pedro de la Serna. ¿Qué tan próximo debe ser éste para que ella se aventure en la cuestión? No obstante, la escritora da este gran paso de manera honesta, valiente y audaz, al decidirse por el segundo, tan cercano que incluso al novelista Pedro de la Serna le es inevitable incluir en su novela al personaje de Javier creado por ella, como si tuviera el mismo impulso. Todo se funde y confunde, pues ya no importa saltar de la realidad a la ficción, la escritora le cede sin chistar al novelista Pedro su autoría y entonces ya no queda tan claro de quién escribe esos momentos tan sublimes y lúcidos del arquitecto Javier, donde se expresa con tan excelsas palabras que son joyas destellantes engastadas en la obra.

En este devenir, surge la inquietante pérdida de memoria; la cual, como cualquier ser humano, es minimizada por Pedro. Su vitalidad y sabiduría pugna por seguir adelante y confiar en el restablecimiento de la normalidad. Se conoce bien a sí mismo e intenta compensar la intranquilidad con su talento intelectual y literario. Se levanta una y otra vez a dar la batalla. Los afectos de su vida son los pilares de su avance; y su amor a las mujeres, profunda fuente de felicidad e inspiración. A todo esto se enfrenta Pedro, un hombre que ha sido fiel a su brújula vital, a sus impulsos e intereses. Un espíritu abierto a su época, que ha probado el LSD, dispuesto a sentir la vida de otra manera con una prestancia desafiante y al mismo tiempo entregada. Un ser que se ha expresado como ha querido: rebelde, creativo e inteligente ante el inusitado transcurso de la existencia.

Nos encontramos así ante un espejo en el que todos nos vemos o nos veremos reflejados. En este reconocimiento, Pedro experimenta a la vez impiedad y benevolencia, aspectos que seguimos atentos ya que podemos verlos replicados en nosotros o en los demás. Pero también Aline Pettersson va tras la huella de tales acontecimientos, nos devela que ella está enlazada, asimismo, al personaje de la escritora de la novela de manera profunda e inevitable y que, en este caso, no hay fronteras claras entre ella y la escritora, y tampoco entre este personaje y los personajes de Pedro y de Javier. Es un encadenamiento, al igual que sucede con la vida de los demás. Los que estuvieron antes y los del presente, todos son importantes en el momento en que surgen o son recordados; también en el momento en que desaparecen y son olvidados, ya sea en la imaginación o en los hechos. ¿Pero qué digo? También el lector entra en este laberinto de meditaciones que nos señala a nosotros como protagonistas de nuestra vida finita de máximos y mínimos, un oleaje que sube y que baja, y que nos deja al final en una playa inhóspita para andar por una ruta desconocida, a tientas, a la intemperie. En verdad, es un viaje auténtico que vale la pena conocer, guiados por la inteligencia y maestría literaria de Aline Pettersson.


*Poeta y filósofa.



viernes 14 de junio de 2019

La valentía del final