/ sábado 8 de febrero de 2020

La provocación de la palabra amor

“¿Amor? Vamos, la gente no quiere amar, la gente quiere triunfar, y una en las que puede hacerlo es el amor”

Charles Bukowski

La invasión de los corazones vestidos de rojo y diamantina hace su aparición desde finales del mes de enero. Las cajas de chocolates, los bombones, las flores, la lencería y los paquetes de cenas románticas se vuelven virales en las redes sociales. Arribó la temporada de San Valentín aflorando con una serie de cursilerías, algunas, no negaré, con un toque muy original (Guapo: si estás leyendo esta columna; quiero el ramo de cervezas y cacahuates). En los pasillos de las tiendas comerciales, el diseño de interiores de los negocios; los corazones aparecen en primer plano como protagonistas. Más allá del tono comercial que toma la fecha, la palabra “amor”, en especial el “amor pasional”, se vuelve narrativa en el marketing publicitario.

Después de sentir que los corazones inundaban la arquitectura urbana, empecé a realizarme una serie de cuestionamientos sobre los viajes amorosos que esta mujer ha experimentado. Enuncié las ocasiones en que según “yo” me había declarado en estado de enamoramiento, ¿Cuántas veces me he enamorado?, ¿por qué sentimos atracción hacia ciertas personas en específico?, ¿fue la química o el calentamiento hormonal?, ¿cuántas veces me autoengañé?, ¿cuántas me traicionaron?, ¿Cuántas veces mandé todo a la chingada?... ¿Qué demonios es el amor?.

Entonces, la memoria del cuerpo rescató los recuerdos, paisajes que tenía en la habitación del olvido. Reconozco, me he enamorado más de setenta veces. Lloré al cubo la culminación de esos amores inconclusos. Ahogué mis rupturas amorosas en vino tinto, en barriles de cerveza. Canté desafinadamente todas las rolitas de José Alfredo, José Ángel Ferrusquilla y Juan Gabriel. Contaminé el Océano Pacífico con mis lágrimas. Me deprimí, intenté suicidarme. En los desenlaces quedé viva de aquella enfermedad llamada: mal de amores.

La profesora Rozzana Sánchez de la Facultad de Psicología de la Universidad Autónoma de México nos dice que el amor “es un concepto complejo que ha sido objeto de atención, estudio y distinciones teórico-empíricas. Dentro de estas aproximaciones, se propone la existencia del amor pasional basado en la excitación y en una intensa emoción que tiene al menos dos matices: cuando la persona amada corresponde a nuestro amor provocando con ello un sentimiento de éxtasis (amor recíproco), y cuando nos rechaza, lo que favorece sentimientos de agonía y desesperanza (amor no correspondido)”. De cierta forma, la mayoría que decidimos en algún momento de nuestra vida entrar al juego del amor, hemos vivido en carne propia emociones antagónicas.

Escribiré sobre este último enamoramiento: del soldado, del veterano y de la sui generis profesora (Yo), una muy bohemia. En aquella época era consciente de los rotundos fracasos de los setenta y tantos intentos anteriores, llegué a un punto en la vida que me sentía incapacitada en los temas amorosos, más cuando crucé el umbral de los 35 años. Después de tanto tropiezo y de andar besando alguno que otro ‘bagre’, había perdido el ánimo, la motivación que otorga el amor.

Las tecnologías también están al servicio del amor (No existía Tinder). Las ilusiones se posaron frente a un ordenador, así que no quedó otra opción que intentar otras maneras de relacionarse o de tener una cita. Las tradicionales se habían agotado, con esas tres décadas y media en la espalda. Además, el interés se enfocaba en darle sanidad, placer al corpus; cualquier hombre que la abordaba era sólo para el sexo. Igual, entré sin remordimientos a ese role play.

Decidió un día la profesora modernizarse. A los 37 se inscribió en una página para buscar a su crush. En un año y medio ningún perfil le latía, ninguno agradaba, en ocasiones me sentía terriblemente estúpida por haber colgado fotos en un sitio para conseguir una cita con un hombre. A veces existía “alguien” en específico; sencillamente descubrí que los hombres de su edad no estaban interesados en entablar una relación amorosa, esos hombres pensaban en las falditas de cuadros de las colegialas, en las veinteañeras. Al final para ellos era una muñeca rota, una mujer reparada, que encontró su propia aguja para zurcirse, con el tiempo aprendió a amar sus propios remiendos. Una cosa sí tenía clara, debía encontrar una pareja que la amara con todo y su kit de costura emocional.

Pasado casi un año y medio después de cada mes verificar el sitio. Apareció un perfil nuevo: uno que gustaba de charlar, un hombre que amaba también el silencio. La cita se concretó frente a un bar de Olas Altas. Físicamente me impresionó, no negaré. Atractivo, musculoso, empecé amarlo a la media hora cuando me confesó: “Yo no soy un santo”, contó toda su historia, ejecutaba una batalla constante con sus demonios. La profesora sonrió, besó sus labios para contestar casi de inmediato “No te preocupes, yo no soy una monja, a veces puedo ser una bruja muy fastidiosa”. Fue así que basados en la honestidad de quiénes hemos sido y quiénes somos; me enamoré con los pies en la tierra, sin sentir mariposas en el estómago, ni construir castillos de arena, menos en el aire, me apasioné hace casi 6 años de quien el año pasado se convertiría en mi esposo.

“¿Amor? Vamos, la gente no quiere amar, la gente quiere triunfar, y una en las que puede hacerlo es el amor”

Charles Bukowski

La invasión de los corazones vestidos de rojo y diamantina hace su aparición desde finales del mes de enero. Las cajas de chocolates, los bombones, las flores, la lencería y los paquetes de cenas románticas se vuelven virales en las redes sociales. Arribó la temporada de San Valentín aflorando con una serie de cursilerías, algunas, no negaré, con un toque muy original (Guapo: si estás leyendo esta columna; quiero el ramo de cervezas y cacahuates). En los pasillos de las tiendas comerciales, el diseño de interiores de los negocios; los corazones aparecen en primer plano como protagonistas. Más allá del tono comercial que toma la fecha, la palabra “amor”, en especial el “amor pasional”, se vuelve narrativa en el marketing publicitario.

Después de sentir que los corazones inundaban la arquitectura urbana, empecé a realizarme una serie de cuestionamientos sobre los viajes amorosos que esta mujer ha experimentado. Enuncié las ocasiones en que según “yo” me había declarado en estado de enamoramiento, ¿Cuántas veces me he enamorado?, ¿por qué sentimos atracción hacia ciertas personas en específico?, ¿fue la química o el calentamiento hormonal?, ¿cuántas veces me autoengañé?, ¿cuántas me traicionaron?, ¿Cuántas veces mandé todo a la chingada?... ¿Qué demonios es el amor?.

Entonces, la memoria del cuerpo rescató los recuerdos, paisajes que tenía en la habitación del olvido. Reconozco, me he enamorado más de setenta veces. Lloré al cubo la culminación de esos amores inconclusos. Ahogué mis rupturas amorosas en vino tinto, en barriles de cerveza. Canté desafinadamente todas las rolitas de José Alfredo, José Ángel Ferrusquilla y Juan Gabriel. Contaminé el Océano Pacífico con mis lágrimas. Me deprimí, intenté suicidarme. En los desenlaces quedé viva de aquella enfermedad llamada: mal de amores.

La profesora Rozzana Sánchez de la Facultad de Psicología de la Universidad Autónoma de México nos dice que el amor “es un concepto complejo que ha sido objeto de atención, estudio y distinciones teórico-empíricas. Dentro de estas aproximaciones, se propone la existencia del amor pasional basado en la excitación y en una intensa emoción que tiene al menos dos matices: cuando la persona amada corresponde a nuestro amor provocando con ello un sentimiento de éxtasis (amor recíproco), y cuando nos rechaza, lo que favorece sentimientos de agonía y desesperanza (amor no correspondido)”. De cierta forma, la mayoría que decidimos en algún momento de nuestra vida entrar al juego del amor, hemos vivido en carne propia emociones antagónicas.

Escribiré sobre este último enamoramiento: del soldado, del veterano y de la sui generis profesora (Yo), una muy bohemia. En aquella época era consciente de los rotundos fracasos de los setenta y tantos intentos anteriores, llegué a un punto en la vida que me sentía incapacitada en los temas amorosos, más cuando crucé el umbral de los 35 años. Después de tanto tropiezo y de andar besando alguno que otro ‘bagre’, había perdido el ánimo, la motivación que otorga el amor.

Las tecnologías también están al servicio del amor (No existía Tinder). Las ilusiones se posaron frente a un ordenador, así que no quedó otra opción que intentar otras maneras de relacionarse o de tener una cita. Las tradicionales se habían agotado, con esas tres décadas y media en la espalda. Además, el interés se enfocaba en darle sanidad, placer al corpus; cualquier hombre que la abordaba era sólo para el sexo. Igual, entré sin remordimientos a ese role play.

Decidió un día la profesora modernizarse. A los 37 se inscribió en una página para buscar a su crush. En un año y medio ningún perfil le latía, ninguno agradaba, en ocasiones me sentía terriblemente estúpida por haber colgado fotos en un sitio para conseguir una cita con un hombre. A veces existía “alguien” en específico; sencillamente descubrí que los hombres de su edad no estaban interesados en entablar una relación amorosa, esos hombres pensaban en las falditas de cuadros de las colegialas, en las veinteañeras. Al final para ellos era una muñeca rota, una mujer reparada, que encontró su propia aguja para zurcirse, con el tiempo aprendió a amar sus propios remiendos. Una cosa sí tenía clara, debía encontrar una pareja que la amara con todo y su kit de costura emocional.

Pasado casi un año y medio después de cada mes verificar el sitio. Apareció un perfil nuevo: uno que gustaba de charlar, un hombre que amaba también el silencio. La cita se concretó frente a un bar de Olas Altas. Físicamente me impresionó, no negaré. Atractivo, musculoso, empecé amarlo a la media hora cuando me confesó: “Yo no soy un santo”, contó toda su historia, ejecutaba una batalla constante con sus demonios. La profesora sonrió, besó sus labios para contestar casi de inmediato “No te preocupes, yo no soy una monja, a veces puedo ser una bruja muy fastidiosa”. Fue así que basados en la honestidad de quiénes hemos sido y quiénes somos; me enamoré con los pies en la tierra, sin sentir mariposas en el estómago, ni construir castillos de arena, menos en el aire, me apasioné hace casi 6 años de quien el año pasado se convertiría en mi esposo.