/ miércoles 21 de julio de 2021

La nueva normalidad, ya no tan nueva

“Ver lo que está delante de nuestros ojos requiere un esfuerzo constante”

George Orwell

La llamada tercera ola de covid-19 ha puesto en jaque al mundo: la aplicación de vacunas aún insuficientes y su efectividad ante la aparición de las nuevas variantes, la opacidad en la información, la paranoia colectiva, la corrupción de los gobiernos… Podríamos seguir describiendo, pero lo único cierto es que la incertidumbre nos abraza mientras los sistemas de salud colapsan de nuevo ante nuestros ojos.

Es inevitable preguntarnos ¿qué aprendimos de las pasadas dos olas?, ¿cuán preparados estamos para el nuevo embate: física, mental, social y económicamente? Porque parece que nos tomó de sorpresa, y cómo es que perdimos de vista aquello que nos repetimos constantemente: se trataba de una realidad a la que llamamos “la nueva normalidad”, un antes y un después en nuestras dinámicas de vida y los modelos con que solíamos interpretar y medir la vida.

Ante la aplicación de las vacunas la expectativa hizo de las suyas, bajando la guardia, he hizo que escucháramos los cantos de sirenas de los domadores de la pandemia. Sin embargo, hay una perspectiva que no podemos perder de vista sobre las políticas que se están implementando: los gobiernos no relajaron medidas: compartieron responsabilidades; si no asumimos el autocuidado como parte ordinaria y esencial de vida, estaremos siempre vulnerables.

Este enfoque de la responsabilidad social, personal y familiar al que apelábamos desde el inicio de la pandemia vista como responsabilidad, no es nueva, mas sí lo es como irreductible de sobrevivencia en tiempos de Covid-19.

Conforme el tiempo transcurría, aprendimos a sortear privilegios que aumentaron las brechas de desigualdad entre unas y otras personas, manifiestas claramente en la transformación de los modelos laborales presenciales a virtuales, la movilidad segura entre el transporte público y el particular, así como los accesos a la salud y educación entre los sistemas públicos y la privados. Es esta realidad la que nos remite a lo innegable: hay personas más libres que otras, que sortean con una “dignidad distinta” los estragos de la pandemia.

Esta ineludible responsabilidad colectiva y de solidaridad no puede alejarnos de la exigencia a los gobiernos: la opacidad, ineficacia y corrupción han vuelto indolentes a gobernantes, directivos y voceros, incumpliendo con la función de corregir estas asimetrías a través de políticas públicas, evadiendo la esencia descrita desde el humanismo por Gómez Morin: la política como instrumento que busca evitar el dolor evitable. La dignidad no debe ser el costo en la búsqueda de la sobrevivencia.

El discurso ha sido errado por parte del gobierno, la esperanza no es un canto de sirenas y menos lo son los datos llenos de verdades a medias ante semáforos y medidas que, sin información técnica y oportuna, a parecen y desaparecen a contentillo de las administraciones de gobierno. Las y los ciudadanos merecemos un discurso de confianza, más allá de la esperanza.

Si aspiramos a compartir las responsabilidades, el Estado debe asumir la veracidad, la transparencia y la objetividad como principios en su comunicación, y dejar que las y los periodistas cumplan también con la propia, sin la usurpación de las funciones, democratizando la información y los medios para llegar a ella.

Mientras hacemos lo propio con el gobierno, hagamos un ejercicio de retrospectiva personal y familiar: ¿qué nos ha salvado de estragos mayores en la pandemia? A quienes han enfrentado perdidas, humanas, económicas y de todo tipo, ¿qué aprendimos y qué tenemos para salir adelante? Escucho a quienes hablan de la fe, el arte, el deporte, la familia, la actitud resiliente, de emprendimiento y de la solidaridad: sumemos todo ello y busquemos estar preparada/os.

Una frase de George Orwell nos recuerda que, ante todo, “Lo importante no es mantenerse vivo, sino mantenerse humano”








“Ver lo que está delante de nuestros ojos requiere un esfuerzo constante”

George Orwell

La llamada tercera ola de covid-19 ha puesto en jaque al mundo: la aplicación de vacunas aún insuficientes y su efectividad ante la aparición de las nuevas variantes, la opacidad en la información, la paranoia colectiva, la corrupción de los gobiernos… Podríamos seguir describiendo, pero lo único cierto es que la incertidumbre nos abraza mientras los sistemas de salud colapsan de nuevo ante nuestros ojos.

Es inevitable preguntarnos ¿qué aprendimos de las pasadas dos olas?, ¿cuán preparados estamos para el nuevo embate: física, mental, social y económicamente? Porque parece que nos tomó de sorpresa, y cómo es que perdimos de vista aquello que nos repetimos constantemente: se trataba de una realidad a la que llamamos “la nueva normalidad”, un antes y un después en nuestras dinámicas de vida y los modelos con que solíamos interpretar y medir la vida.

Ante la aplicación de las vacunas la expectativa hizo de las suyas, bajando la guardia, he hizo que escucháramos los cantos de sirenas de los domadores de la pandemia. Sin embargo, hay una perspectiva que no podemos perder de vista sobre las políticas que se están implementando: los gobiernos no relajaron medidas: compartieron responsabilidades; si no asumimos el autocuidado como parte ordinaria y esencial de vida, estaremos siempre vulnerables.

Este enfoque de la responsabilidad social, personal y familiar al que apelábamos desde el inicio de la pandemia vista como responsabilidad, no es nueva, mas sí lo es como irreductible de sobrevivencia en tiempos de Covid-19.

Conforme el tiempo transcurría, aprendimos a sortear privilegios que aumentaron las brechas de desigualdad entre unas y otras personas, manifiestas claramente en la transformación de los modelos laborales presenciales a virtuales, la movilidad segura entre el transporte público y el particular, así como los accesos a la salud y educación entre los sistemas públicos y la privados. Es esta realidad la que nos remite a lo innegable: hay personas más libres que otras, que sortean con una “dignidad distinta” los estragos de la pandemia.

Esta ineludible responsabilidad colectiva y de solidaridad no puede alejarnos de la exigencia a los gobiernos: la opacidad, ineficacia y corrupción han vuelto indolentes a gobernantes, directivos y voceros, incumpliendo con la función de corregir estas asimetrías a través de políticas públicas, evadiendo la esencia descrita desde el humanismo por Gómez Morin: la política como instrumento que busca evitar el dolor evitable. La dignidad no debe ser el costo en la búsqueda de la sobrevivencia.

El discurso ha sido errado por parte del gobierno, la esperanza no es un canto de sirenas y menos lo son los datos llenos de verdades a medias ante semáforos y medidas que, sin información técnica y oportuna, a parecen y desaparecen a contentillo de las administraciones de gobierno. Las y los ciudadanos merecemos un discurso de confianza, más allá de la esperanza.

Si aspiramos a compartir las responsabilidades, el Estado debe asumir la veracidad, la transparencia y la objetividad como principios en su comunicación, y dejar que las y los periodistas cumplan también con la propia, sin la usurpación de las funciones, democratizando la información y los medios para llegar a ella.

Mientras hacemos lo propio con el gobierno, hagamos un ejercicio de retrospectiva personal y familiar: ¿qué nos ha salvado de estragos mayores en la pandemia? A quienes han enfrentado perdidas, humanas, económicas y de todo tipo, ¿qué aprendimos y qué tenemos para salir adelante? Escucho a quienes hablan de la fe, el arte, el deporte, la familia, la actitud resiliente, de emprendimiento y de la solidaridad: sumemos todo ello y busquemos estar preparada/os.

Una frase de George Orwell nos recuerda que, ante todo, “Lo importante no es mantenerse vivo, sino mantenerse humano”