/ lunes 2 de septiembre de 2019

Irregularidades Regulares

Anoche, para ir a la cama, leí con indignación y tristeza que hubo otra matanza en El Paso, Texas, ahora de cinco muertos y nueve heridos. No alcancé a saber si de nueva cuenta se trató de terrorismo o crimen de odio contra mexicanos, lo que no remediaría el espanto y el insoportable sentimiento de ser víctimas inocentes expuestas al asesinato sin apelación a justicia alguna. ¿Qué pasa con el pueblo norteamericano? ¿Por qué no reacciona para parar eso pese a saber lo que está pasando?


Hace cosa de un mes, todos los pueblos de la tierra han sido testigos de la destrucción, por incendio, de cientos de miles y miles de hectáreas de selva amazónica, lo que repercutirá para mal al planeta. Simultáneamente, se presentó el mismo fenómeno en Perú y Bolivia. Y la humanidad, engarrotada, sufre pasivamente del holocausto. Resulta conmovedor ver al presidente boliviano, Evo Morales, sumado personalmente al combate del fuego con un mini aspersor al hombro. Y resulta no menos patético que cuando el presidente de Francia ofreció ayuda para sofocar el fuego en Brasil, el presidente de este país condicionó recibirla si antes no se disculpaba el francés de dichos que anteriormente emitió ofendiendo al presidente brasileño. Y los pueblos de Francia y de Brasil, junto con la ONU, bien, gracias.


La última semana de agosto, ocurrió que colombianos miembros de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) anunciaron que rompían los acuerdos de paz a los que habían llegado con el anterior presidente de la república, por su incumplimiento por la parte del gobierno colombiano y volvían, con la guerrilla, a la selva. El nuevo, actual, presidente, anunció que se ofrecían tres mil millones de pesos por cada uno de los que aparecían en el video de los rebeldes, vivos o muertos o denunciados, acusándolos de estar aliados con el narcotráfico de aquel país. Para ello, en ningún momento se ha hecho una consulta nacional al pueblo que dio al mundo el buen café y la cumbia, como que otros son los dueños de su destino.


Por venir el tema al caso, recuerdo aquí que en la Escuela Superior de Economía, del IPN, toda la carrera tuve de compañero a un buen amigo colombiano, de Medellín, con el que triangulábamos nuestras cartas mi hermano Florencio y yo en los aciagos días del 68, yo en Sofía, Bulgaria, y él en Lecumberri, pues tanto allá como aquí nos abrían la correspondencia. Dicho compañero se apellida Ospina, mismo apellido de pintores, militares y presidentes de la república de su tierra. Él me contaba cómo andaban entonces las cosas allá con las FARC. Ojalá se alcance un nuevo acuerdo, que se respete por las partes, que le ahorre sufrimientos al pueblo, que es el que paga los platos rotos de los pleitos de las élites del poder, aquí y en China.


En estas tierras de la Tambora (que los banderos han aceptado calladitos que los llamen música grupera, traicionando el origen de nuestra música tradicional), resulta por demás extraño que no haya aparecido públicamente el gobernador en el evento en el que estuvo Rigoberta Menchú, Premio Nobel de la Paz y Premio Cervantes, como si se hubiera tratado de cualquier turista de visita en el puerto. ¿Qué pasa? ¿Por qué tampoco se hizo notar nadie del Instituto Sinaloense de Cultura? ¿O sí se cubrió todo, pero evitando que se hiciera público? ¿O será que a veces aflora nuestra idiosincrasia contra el indio, como en los norteamericanos la idiosincrasia contra los mexicanos?


¿Alguien considera regulares tantas irregularidades?


Anoche, para ir a la cama, leí con indignación y tristeza que hubo otra matanza en El Paso, Texas, ahora de cinco muertos y nueve heridos. No alcancé a saber si de nueva cuenta se trató de terrorismo o crimen de odio contra mexicanos, lo que no remediaría el espanto y el insoportable sentimiento de ser víctimas inocentes expuestas al asesinato sin apelación a justicia alguna. ¿Qué pasa con el pueblo norteamericano? ¿Por qué no reacciona para parar eso pese a saber lo que está pasando?


Hace cosa de un mes, todos los pueblos de la tierra han sido testigos de la destrucción, por incendio, de cientos de miles y miles de hectáreas de selva amazónica, lo que repercutirá para mal al planeta. Simultáneamente, se presentó el mismo fenómeno en Perú y Bolivia. Y la humanidad, engarrotada, sufre pasivamente del holocausto. Resulta conmovedor ver al presidente boliviano, Evo Morales, sumado personalmente al combate del fuego con un mini aspersor al hombro. Y resulta no menos patético que cuando el presidente de Francia ofreció ayuda para sofocar el fuego en Brasil, el presidente de este país condicionó recibirla si antes no se disculpaba el francés de dichos que anteriormente emitió ofendiendo al presidente brasileño. Y los pueblos de Francia y de Brasil, junto con la ONU, bien, gracias.


La última semana de agosto, ocurrió que colombianos miembros de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) anunciaron que rompían los acuerdos de paz a los que habían llegado con el anterior presidente de la república, por su incumplimiento por la parte del gobierno colombiano y volvían, con la guerrilla, a la selva. El nuevo, actual, presidente, anunció que se ofrecían tres mil millones de pesos por cada uno de los que aparecían en el video de los rebeldes, vivos o muertos o denunciados, acusándolos de estar aliados con el narcotráfico de aquel país. Para ello, en ningún momento se ha hecho una consulta nacional al pueblo que dio al mundo el buen café y la cumbia, como que otros son los dueños de su destino.


Por venir el tema al caso, recuerdo aquí que en la Escuela Superior de Economía, del IPN, toda la carrera tuve de compañero a un buen amigo colombiano, de Medellín, con el que triangulábamos nuestras cartas mi hermano Florencio y yo en los aciagos días del 68, yo en Sofía, Bulgaria, y él en Lecumberri, pues tanto allá como aquí nos abrían la correspondencia. Dicho compañero se apellida Ospina, mismo apellido de pintores, militares y presidentes de la república de su tierra. Él me contaba cómo andaban entonces las cosas allá con las FARC. Ojalá se alcance un nuevo acuerdo, que se respete por las partes, que le ahorre sufrimientos al pueblo, que es el que paga los platos rotos de los pleitos de las élites del poder, aquí y en China.


En estas tierras de la Tambora (que los banderos han aceptado calladitos que los llamen música grupera, traicionando el origen de nuestra música tradicional), resulta por demás extraño que no haya aparecido públicamente el gobernador en el evento en el que estuvo Rigoberta Menchú, Premio Nobel de la Paz y Premio Cervantes, como si se hubiera tratado de cualquier turista de visita en el puerto. ¿Qué pasa? ¿Por qué tampoco se hizo notar nadie del Instituto Sinaloense de Cultura? ¿O sí se cubrió todo, pero evitando que se hiciera público? ¿O será que a veces aflora nuestra idiosincrasia contra el indio, como en los norteamericanos la idiosincrasia contra los mexicanos?


¿Alguien considera regulares tantas irregularidades?