/ viernes 9 de agosto de 2019

En torno a una anécdota histórica y familiar

Así como el individuo es irrepetible, con los pueblos sucede algo parecido. Ninguno puede copiar la historia de los demás. Cada cual, por su propio camino, hace la suya. Del mismo modo, los individuos aislados no van a ninguna parte. Únicamente trascienden cuando se insertan en la historia, y ésta la hacen solamente los pueblos. Todo lo anterior viene al caso, porque la anécdota a la que nos referiremos, tiene que ver con un hombre excepcional suramericano: Salvador Allende.

Político chileno, nacido en 1908 en Valparaíso, médico de profesión, miembro fundador del partido socialista en 1933, diputado, senador y ministro de sanidad entre 1939 y 1942, trascendió universalmente cuando, postulado por la Unidad popular, fue elegido presidente de su país en 1970. El arribo por la vía electoral de un socialista por primera vez en el continente, aunque le privaba a la vía armada (guerrilla) de un triunfo inobjetable frente al dogma marxista de la lucha de clases, los Estados Unidos, que controlaban ideológicamente al ejército chileno, no lo toleraría, menos después de que nacionalizara el cobre, y usaría todos sus recursos de asedio para derrocarlo, como parte sangrienta de su anticomunista “guerra fría”.

En México, como en muchos países latinoamericanos, se admiraba el avance de la democracia en la tierra de O´Higgins. Y despertó enorme simpatía la visita oficial que el presidente chileno hizo a nuestro pueblo. La comunidad estudiantil de nuestras máximas casas de estudio (UNAM, IPN, Normales) movilizó grupos de alumnos que procuraron entrevistar y saludar personalmente al doctor Allende, tanto en la ciudad de México como en Guadalajara.

En ese ambiente, sucedió que en la Escuela Superior de Economía del Instituto Politécnico Nacional, un modesto grupo escolar se separó del resto de los grupos a graduarse, repudiando la propuesta del candidato a apadrinarlos que, como se acostumbraba, recaería en un funcionario del gobierno federal y decidieron que los apadrinara el presidente Salvador Allende, en la visita que se había anunciado haría a México. Con ese fin, se pusieron en contacto con la embajada chilena, redactaron y firmaron la solicitud al presidente chileno y la entregaron en propia mano al embajador. Éste les informó que en la República de Chile no existía esa costumbre mexicana de que en los actos académicos hubiera apadrinamientos de graduados por funcionarios de la administración pública. Pero que cumpliría con hacerle llegar al presidente la atenta solicitud de los politécnicos, no sin antes resaltar que apreciaba que entre los solicitantes estaba Florencio López Osuna, orador del mitin de Tlatelolco del 2 de octubre de 1968.

Así, haciendo un breve espacio en la intensa agenda de la visita presidencial, de manera austera, en un salón de la propia embajada, se realizó la ceremonia del apadrinamiento, reiterando el presidente Salvador Allende lo dicho por el embajador de lo inusual de un acto así en Chile, pero que él lo hacía con mucho gusto porque admiraba al pueblo mexicano en sus luchas sociales,agregando que estaba al tanto de que por haber escogido a un padrino socialista no les ofrecerían trabajo aquí, pero que en eso sí podía apoyarlos, asegurándoles que en cuanto lo decidieran, siempre tendrían empleo en la tierra de Gabriela Mistral y Pablo Neruda. Luego, con un efusivo abrazo, entregó a los apadrinados el documento oficial firmado por él. Mi hermano le entregó el suyo a mis padres, quienes orgullosamente lo conservaron hasta su muerte.

Salvador Allende enfrentó la política de EUA en Chile. Fue derrocado por el golpe militar de 1973, en Santiago, durante el cual se suicidó.

28 años después, en diciembre de 2001, mi hermano Florencio, tras aparecer en la portada de la revista Proceso que le fue tomada por agentes de gobernación el día de su detención en el edificio Chihuahua, fue encontrado muerto en un cuarto del hotel del Chopo en la ciudad de México, se dice que por quienes, con ello, quisieron evitar que se reviviera la memoria dela represiónsangrienta del movimiento estudiantil de 1968.

Descansen en paz los dos.

Así como el individuo es irrepetible, con los pueblos sucede algo parecido. Ninguno puede copiar la historia de los demás. Cada cual, por su propio camino, hace la suya. Del mismo modo, los individuos aislados no van a ninguna parte. Únicamente trascienden cuando se insertan en la historia, y ésta la hacen solamente los pueblos. Todo lo anterior viene al caso, porque la anécdota a la que nos referiremos, tiene que ver con un hombre excepcional suramericano: Salvador Allende.

Político chileno, nacido en 1908 en Valparaíso, médico de profesión, miembro fundador del partido socialista en 1933, diputado, senador y ministro de sanidad entre 1939 y 1942, trascendió universalmente cuando, postulado por la Unidad popular, fue elegido presidente de su país en 1970. El arribo por la vía electoral de un socialista por primera vez en el continente, aunque le privaba a la vía armada (guerrilla) de un triunfo inobjetable frente al dogma marxista de la lucha de clases, los Estados Unidos, que controlaban ideológicamente al ejército chileno, no lo toleraría, menos después de que nacionalizara el cobre, y usaría todos sus recursos de asedio para derrocarlo, como parte sangrienta de su anticomunista “guerra fría”.

En México, como en muchos países latinoamericanos, se admiraba el avance de la democracia en la tierra de O´Higgins. Y despertó enorme simpatía la visita oficial que el presidente chileno hizo a nuestro pueblo. La comunidad estudiantil de nuestras máximas casas de estudio (UNAM, IPN, Normales) movilizó grupos de alumnos que procuraron entrevistar y saludar personalmente al doctor Allende, tanto en la ciudad de México como en Guadalajara.

En ese ambiente, sucedió que en la Escuela Superior de Economía del Instituto Politécnico Nacional, un modesto grupo escolar se separó del resto de los grupos a graduarse, repudiando la propuesta del candidato a apadrinarlos que, como se acostumbraba, recaería en un funcionario del gobierno federal y decidieron que los apadrinara el presidente Salvador Allende, en la visita que se había anunciado haría a México. Con ese fin, se pusieron en contacto con la embajada chilena, redactaron y firmaron la solicitud al presidente chileno y la entregaron en propia mano al embajador. Éste les informó que en la República de Chile no existía esa costumbre mexicana de que en los actos académicos hubiera apadrinamientos de graduados por funcionarios de la administración pública. Pero que cumpliría con hacerle llegar al presidente la atenta solicitud de los politécnicos, no sin antes resaltar que apreciaba que entre los solicitantes estaba Florencio López Osuna, orador del mitin de Tlatelolco del 2 de octubre de 1968.

Así, haciendo un breve espacio en la intensa agenda de la visita presidencial, de manera austera, en un salón de la propia embajada, se realizó la ceremonia del apadrinamiento, reiterando el presidente Salvador Allende lo dicho por el embajador de lo inusual de un acto así en Chile, pero que él lo hacía con mucho gusto porque admiraba al pueblo mexicano en sus luchas sociales,agregando que estaba al tanto de que por haber escogido a un padrino socialista no les ofrecerían trabajo aquí, pero que en eso sí podía apoyarlos, asegurándoles que en cuanto lo decidieran, siempre tendrían empleo en la tierra de Gabriela Mistral y Pablo Neruda. Luego, con un efusivo abrazo, entregó a los apadrinados el documento oficial firmado por él. Mi hermano le entregó el suyo a mis padres, quienes orgullosamente lo conservaron hasta su muerte.

Salvador Allende enfrentó la política de EUA en Chile. Fue derrocado por el golpe militar de 1973, en Santiago, durante el cual se suicidó.

28 años después, en diciembre de 2001, mi hermano Florencio, tras aparecer en la portada de la revista Proceso que le fue tomada por agentes de gobernación el día de su detención en el edificio Chihuahua, fue encontrado muerto en un cuarto del hotel del Chopo en la ciudad de México, se dice que por quienes, con ello, quisieron evitar que se reviviera la memoria dela represiónsangrienta del movimiento estudiantil de 1968.

Descansen en paz los dos.