/ domingo 5 de enero de 2020

Alfonso Reyes divulgador

En el ensayo La carretilla alfonsina, de Gabriel Zaid, nos enteramos de las molestias que Alfonso Reyes provocaba en los templos académicos cada vez que pasaba por ellos. Pronto los especialistas se percataron de que “sus conocimientos del griego eran limitados, que sus credenciales académicas (una simple licenciatura en Derecho) eran del todo insuficientes para los temas que trataba. Que, en muchos casos, manejaba fuentes de segunda mano. Peor aún: que, en tal o cual caso, no hizo más que poner en sus propias palabras materiales ajenos. Para decirlo soezmente: que sus ensayos eran divulgación. ¿Cuál es el campo de su autoridad? Escribe bien, pero de todo. No puede ser. Entra y sale por los dominios universitarios, sin respetar jurisdicciones”.

Alfonso Reyes solía acarrear montones y montones de datos de diversas disciplinas, pero sin ostentar los grados que le daban permiso para hacerlo. Sabían de su impostura y podían acusarlo, pero estaban muy distraídos con otra cosa: no se explicaban cómo lograba transformar esos datos segundones en experimentos extraordinarios: hacer de la cruda historia prehispánica una obra viva de poesía; fundar una nueva visión de Anáhuac, novedosa no por la información sino por el agasajo de las imágenes; manipular la frialdad de los detalles científicos para crear ensayos realmente amenos. El problema, es que se fijaron demasiado en los datos; no percibieron que lo importante era la carretilla que los transportaba, el “vehículo inesperado que les robó a los dioses”: su prosa.

¿Pero a qué se debe esa falta de seriedad tan rigurosa, tan metódica, de nuestro poeta? ¿Por qué esa soltura y esos asaltos a los condominios de las camarillas académicas? Porque don Alfonso vio en la cultura una oportunidad para enriquecerse de sabiduría, para comunicar y comunicarse. Su ínfimo grado escolar no sería suficiente para impedírselo: sabía que su carretilla era de lujo. La idea de la cultura como conversación le permitió ignorar la departamentalización del saber. Entendió que allí donde hay una radical especialización se acaban las humanidades, las ciencias, o su diálogo y sus enseñanzas. Apostó sin titubeos por la universalidad del conocimiento, a sabiendas de que sería recordado, y acaso ninguneado, como un mero divulgador.

Con lo anterior, admito que dentro de las humanidades es un lugar común hablar de la universalidad del saber; que incluso puede parecer ingenuo hacerlo en la era de la utopía técnica. Sin embargo, es uno de los lugares comunes que vale la pena defender aun con matices. Y digo esto, porque hoy más que nunca el conocimiento está amenazado por esa fragmentación atroz que propugnan con tanta vehemencia los técnicos altamente especializados. Ya Ortega y Gasset hablaba de un nuevo bárbaro: el profesional, más sabio que nunca (en su minúscula porción de materia), pero más inculto también –el ingeniero, el médico, el abogado, el científico.


No debe malinterpretarse lo escrito por el filósofo español; no fustiga la profesionalización del saber, sino el muro infranqueable que se erige irresponsablemente entre una disciplina y muchas otras, entre la mera preparación técnica y la cultura general. Los muros, todos, incomunican; a veces para bien, otras para mal. En el caso de la Universidad, siempre será para mal. Dice George Steiner que “el abismo entre los códigos verbal y matemático se abre cada día más. A ambas orillas hay hombres que, para los otros, son analfabetos”. Entre más prestigio alcanza el habla de la cifra, parecen encogerse las palabras. La charla entre un poeta y un matemático se ha vuelto hoy imposible. Dirán algunos: es normal por el progreso y complejidad mismos de la ciencia. Lo grave es que tampoco el abogado entiende al poeta, al artista, al sociólogo, al historiador. Su título académico valida una ciencia. Para qué perder el tiempo en otras cosas. Nuestro humanista -don Alfonso Reyes- sí lo hizo.

Antes, se valoró al autor de Palinodia del polvo por su inventiva, por la divulgación de sus impresiones estéticas, por la iluminación repentina que acontecía al chocar con un texto suyo y por su riguroso método en el divagar cultural. Hoy, se le pedirían tarjetas de presentación para poder leerlo.

En el ensayo La carretilla alfonsina, de Gabriel Zaid, nos enteramos de las molestias que Alfonso Reyes provocaba en los templos académicos cada vez que pasaba por ellos. Pronto los especialistas se percataron de que “sus conocimientos del griego eran limitados, que sus credenciales académicas (una simple licenciatura en Derecho) eran del todo insuficientes para los temas que trataba. Que, en muchos casos, manejaba fuentes de segunda mano. Peor aún: que, en tal o cual caso, no hizo más que poner en sus propias palabras materiales ajenos. Para decirlo soezmente: que sus ensayos eran divulgación. ¿Cuál es el campo de su autoridad? Escribe bien, pero de todo. No puede ser. Entra y sale por los dominios universitarios, sin respetar jurisdicciones”.

Alfonso Reyes solía acarrear montones y montones de datos de diversas disciplinas, pero sin ostentar los grados que le daban permiso para hacerlo. Sabían de su impostura y podían acusarlo, pero estaban muy distraídos con otra cosa: no se explicaban cómo lograba transformar esos datos segundones en experimentos extraordinarios: hacer de la cruda historia prehispánica una obra viva de poesía; fundar una nueva visión de Anáhuac, novedosa no por la información sino por el agasajo de las imágenes; manipular la frialdad de los detalles científicos para crear ensayos realmente amenos. El problema, es que se fijaron demasiado en los datos; no percibieron que lo importante era la carretilla que los transportaba, el “vehículo inesperado que les robó a los dioses”: su prosa.

¿Pero a qué se debe esa falta de seriedad tan rigurosa, tan metódica, de nuestro poeta? ¿Por qué esa soltura y esos asaltos a los condominios de las camarillas académicas? Porque don Alfonso vio en la cultura una oportunidad para enriquecerse de sabiduría, para comunicar y comunicarse. Su ínfimo grado escolar no sería suficiente para impedírselo: sabía que su carretilla era de lujo. La idea de la cultura como conversación le permitió ignorar la departamentalización del saber. Entendió que allí donde hay una radical especialización se acaban las humanidades, las ciencias, o su diálogo y sus enseñanzas. Apostó sin titubeos por la universalidad del conocimiento, a sabiendas de que sería recordado, y acaso ninguneado, como un mero divulgador.

Con lo anterior, admito que dentro de las humanidades es un lugar común hablar de la universalidad del saber; que incluso puede parecer ingenuo hacerlo en la era de la utopía técnica. Sin embargo, es uno de los lugares comunes que vale la pena defender aun con matices. Y digo esto, porque hoy más que nunca el conocimiento está amenazado por esa fragmentación atroz que propugnan con tanta vehemencia los técnicos altamente especializados. Ya Ortega y Gasset hablaba de un nuevo bárbaro: el profesional, más sabio que nunca (en su minúscula porción de materia), pero más inculto también –el ingeniero, el médico, el abogado, el científico.


No debe malinterpretarse lo escrito por el filósofo español; no fustiga la profesionalización del saber, sino el muro infranqueable que se erige irresponsablemente entre una disciplina y muchas otras, entre la mera preparación técnica y la cultura general. Los muros, todos, incomunican; a veces para bien, otras para mal. En el caso de la Universidad, siempre será para mal. Dice George Steiner que “el abismo entre los códigos verbal y matemático se abre cada día más. A ambas orillas hay hombres que, para los otros, son analfabetos”. Entre más prestigio alcanza el habla de la cifra, parecen encogerse las palabras. La charla entre un poeta y un matemático se ha vuelto hoy imposible. Dirán algunos: es normal por el progreso y complejidad mismos de la ciencia. Lo grave es que tampoco el abogado entiende al poeta, al artista, al sociólogo, al historiador. Su título académico valida una ciencia. Para qué perder el tiempo en otras cosas. Nuestro humanista -don Alfonso Reyes- sí lo hizo.

Antes, se valoró al autor de Palinodia del polvo por su inventiva, por la divulgación de sus impresiones estéticas, por la iluminación repentina que acontecía al chocar con un texto suyo y por su riguroso método en el divagar cultural. Hoy, se le pedirían tarjetas de presentación para poder leerlo.

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